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¡Abrazos y no balazos!

Viernes 19 de octubre de 2018, por Rosario Herrera

En paz, la hostilidad de los hombres entre sí,

se muestra a través de creaciones

en vez de destrucciones,

como en la guerra.

 

Paul Valéry

 

No cabe duda que el tema de la seguridad interior es tan complejo que debe consultar, interpretar y resolver la Cuarta Transformación de la Nación, que encabeza el presidente electo, Andrés Manuel López Obrador.

En un momento histórico en el que ya la patria, saturada de fosas, carga con la herencia errática de la seguridad interior militarizada de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Dos sexenios de militarización del país, fuera de los límites constitucionales, con la indiferencia o complicidad de las dos cámaras, con la ya eterna promesa de que cuando la policía ya no esté infiltrada por el crimen organizado y esté certificada, la milicia y la marina regresarán a sus cuarteles.

Todo este horizonte, en un tiempo en el que el dilema continúa: que si el ejército no; que siempre sí. En el discurso de campaña, todo parecía muy claro. “la violencia no se resuelve con violencia”; “el fuego no se apaga con fuego”, “becarios y no sicarios”; “abrazos y no balazos”. Pero durante la transición el desiderátum, no sin la previa reunión con los generales, terminó con que siempre sí, mientras se depuran y capacitan a las policías estatales y municipales ¿más de lo mismo?

El reciente plus a la seguridad y la pacificación nacional, resulta un alarmante mensaje de AMLO, a voz en cuello y en plaza pública: “Voy a convocar a 50. 000 jóvenes para que se integren al ejército, la marina o la policía federal preventiva, para serenar al país”.

Que en los foros de pacificación nacional, con la dolorosa experiencia de las víctimas (sus búsquedas y sugerencias), la ciudadanía, las autoridades civiles, las eclesiásticas y l@s académic@s, se iban a reunir los insumos suficientes para una política pública homogénea, salidos del diálogo democrático, para resolver un problema capital de la patria. Pero ¡oh preocupante sorpresa!, sin esperar los resultados de los esperanzadores y democráticos foros, el presidente electo, anuncia engrosar las filas de la milicia con miles de jóvenes, sin consulta ciudadana para una medida tan extrema de militarización de la nación y su permanencia sexenal ¿“para serenar al país”? Una declaración de pasmo y polémica, por la gran contradicción en la que entra y la incongruencia que introduce, sobre todo por el discurso previo que lo lleva a posicionarse como el candidato de los pobres, la mermada clase media, los universitarios y no pocos intelectuales y artistas.

Tanta crítica a Calderón y a Peña Nieto, por sacar al ejército a tareas de seguridad interior, impropia para la milicia, con sus daños colaterales, sus grades faltas a los derechos humanos, sus engañosos encarcelamientos a los capos, que antes de capturarlos ya tienen quién los sustituya, además de la ausencia de servicios de inteligencia que vayan tras las redes financieras y las complicidades gubernamentales que sostienen a los cárteles, que hace de este dizque combate al crimen organizado el cuento de nunca acabar.

En materia de seguridad, hasta el momento, se nos han dado muchas pistas: primero que una Guardia Nacional, después que una Guardia Civil para la Paz sin armas, luego la Secretaría de Seguridad Pública, que por fin ayer se delimitan sus funciones en la cámara baja. Pero, ¿dónde quedó una de las primeras declaraciones de Alfonso Durazo, el futuro Secretario de Seguridad, en la que afirmaba que una parte crucial e indispensable de la pacificación era que el crimen organizado no se resolvía sólo con la fuerza, yendo tras los capos, sino tras los dineros?

La suma de 50,000 jóvenes a las filas del ejército, marina o policía federal preventiva no tiene nada qué ver con los estribillos “Becarios sí, sicarios no”, “Abrazos y no balazos”. Tampoco con la “Constitución Moral”, que AMLO está escribiendo en compañía de algunos intelectuales. Mucho menos con la regulación o legalización de las drogas, abanderada por la cara más liberal de Morena, Olga Sánchez Cordero, que haría de entrada la ley menos severa, y con ello, derrocaría el reino de la transgresión, el encarecimiento de las drogas y la guerra a muerte por ellas, y hasta el gran negocio para perseguirlas y controlarlas. Como dice Pablo de Tarso a los Corintios: “Yo no conocí el deseo hasta que conocí la ley”. Y Georges Bataille, el filósofo francés lo refuerza: “La ley va de la mano de la trasgresión” (Bataille, El erotismo, Tusquets, 1985).

Pues no se trata sólo de regular las drogas porque es una tendencia mundial, sino porque su criminalización ha dejado ver al mundo, con claridad meridiana, lo que Freud critica, justo en 1929, a propósito de la prohibición del vino en los Estados Unidos, que gestó el tráfico mundial del vino y la primera mafia, Al Capone y su padilla en Chicago, además de muertes sin fin hasta en los océanos (Freud, “El porvenir de una ilusión” (1927), Obras Completas, Amorrortu, 1979). Como dice la sabiduría popular: “No hay nada más codiciado que lo prohibido”. 

¿Por qué no hay ninguna declaración reciente en contra de la tan rechazada (también por los morenistas), Ley de Seguridad Interior (ya aprobada), por sus graves faltas a los derechos humanos? ¿Cuál va a ser la ley que no viole los derechos humanos (en un país, como en realidad se anuncia, ad eternum militarizado), que no atente contra ningún tipo de garantía individual?

La Cuarta Transformación, pensando en verdad en una cultura de paz, debería estar preparando la desaparición del ejército, como en Costa Rica, “la Atenas de América”, cuyo pueblo decidió dedicar toda la fortuna para mantener un ejército nacional (que no puede enfrentar a ninguna potencia mundial y cuya utilidad sirve para mantener el statu quo o el Plan DN III), a la educación y la cultura ¡¡¡ Libros sí, armas no!!!

 

 

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