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Qué significa la irrupción pública de Vox

Miércoles 10 de octubre de 2018, por Alberto Garzón

Publicado en eldiario.es

Uno de los riesgos colaterales que tiene la irrupción pública de un partido de extrema derecha en nuestro país es que puede llevar a las izquierdas a enfrentamientos poco fructíferos. Presenciamos estos días un reguero de acusaciones acerca de qué corriente teórica u organización política tiene más la culpa del crecimiento de la extrema derecha, y la verdad es que creo que esto no sirve de mucho. Más conveniente sería, en todo caso, que estemos dispuestos a abandonar aquellas ideas preconcebidas que carezcan de respaldo empírico y tratar, entre todas, de articular una ofensiva que sea, al mismo tiempo, un muro de contención frente a esta noche oscura.

1.  No es fascismo, o no sólo

El fascismo es un producto histórico que no se ajusta del todo bien al fenómeno actual de irrupción de la extrema derecha. Tras la derrota del eje germano-italiano en la II Guerra Mundial y la construcción de las democracias europeas a partir de un espíritu antifascista, los partidos que se declaraban herederos de los regímenes fascistas del período de entreguerras nunca tuvieron una gran presencia electoral. La excepción fue el Movimiento Social Italiano (MSI), que se declaraba neofascista y que llegó a recibir hasta tres millones de votos –un 9%- en los setenta. Pero en la década de los ochenta empezaron a surgir nuevos partidos que se cuidaron mucho de no emplear las simbologías y terminologías fascistas. Estas nuevas organizaciones asumían parte de la ideología y programa de sus competidores directos, pero con nuevas tácticas para evitar la estigmatización pública. Gracias a ello, fueron desplazándolos de la arena política. En Alemania fue sintomática la irrupción de Die Republicaner en 1983 y de Alternative für Deutschland en 2013, mientras que en Italia la fundación de la Liga Norte en 1989 terminó por hundir al MSI. También paradigmática fue la fundación en los setenta del Frente Nacional en Francia, constituida a partir de pequeñas organizaciones fascistas, y su conversión ideológica y generacional en 2011 con la llegada al liderazgo de Marine Le Pen.

Uno de los rasgos clave de esta «nueva extrema derecha», y que lo diferencia de sus antecesores, es que son capaces de llegar a una base social mucho más amplia, menos ideologizada y, en consecuencia, más «normal». Los estereotipos y caricaturas no suelen funcionar con estos productos políticos, tampoco para estigmatizarlos, debido a que su apoyo no es ya en clave nostálgico-ideológica sino por motivaciones políticas presentes. Digamos que el «tapón antisfascista» de 1945 se ha desgastado.

2. Son, sobre todo, reaccionarios

De la misma forma que puede entenderse el fascismo como una reacción a la modernidad, y en especial al desafío que ésta suponía para los valores tradicionales, la nueva extrema derecha es también una reacción a elementos de la llamada posmodernidad. En gran medida estos movimientos reaccionan frente al auge de los nuevos movimientos sociales que, surgidos a partir de los setenta y ochenta, proclaman pacifismo, libertad sexual, igualdad de género, ecologismo radical, políticas de identidad, democracia radical, multiculturalismo, integración étnica, etc. Los nuevos partidos de extrema derecha son autoritarios, nacionalistas y reaccionarios, si bien sus formas concretas dependen de sus contextos específicos (así, el Frente Nacional en Francia es un nacionalismo centralista mientras que Vlaams Belang en Bélgica es un nacionalismo independentista).

Como se puede observar en el gráfico anterior, lo que une a los partidos de extrema derecha no es su proyecto económico, en el que van desde el estatismo de Amanecer Dorado en Grecia hasta el neoliberalismo de Alternativa para Alemania. La unión, el rasgo común, es su componente de reacción cultural y política.

3. ¿Quién vota a la extrema derecha?

Mientras algunos análisis subrayan que la globalización y la crisis económica se encuentra detrás del crecimiento de la extrema derecha -tesis económica-, otros análisis apuntan a que es la capacidad de articular a los descontentos por la inmigración y a las personas más conservadoras -tesis política-. El debate es enconado y creo que bastante forzado. Creo que ambos planteamientos tienen elementos ciertos que se interrelacionan.

Por un lado, los grupos sociales más desfavorecidos por la globalización y por la crisis perciben un mayor nivel de desprotección ante el desmantelamiento del Estado Social y el avance del libre mercado, al tiempo que son los que más sufren la competencia de nuevos grupos de trabajadores (a través de la inmigración o de los tratados de libre comercio). Esto dibuja un esquema anti-establishment, anti-liberal y estatista/nacionalista. Por otro lado, los grupos sociales tradicionalistas pueden aprovechar la coyuntura actual de crisis económica para radicalizar sus posiciones culturales e identitarias, culpando a la posmodernidad de todos los males que asolan el país para atraer a otros sectores sociales. Esto, en cambio, dibuja un esquema anti-establishment, reaccionario, nacionalista, autoritario pero no necesariamente anti-liberal. El que ambas explicaciones contengan elementos ciertos explica la diversidad de pruebas a favor y en contra de cada una de estas posiciones, lo que invita a abandonar cualquier caricatura o simplificación del proceso en cuestión.

Lo mismo sucede con el tipo de votante de la extrema derecha, que está lejos de ser algo evidente. Sin embargo, se ha instalado en la opinión pública la percepción de que la responsabilidad del crecimiento de la extrema derecha está en la clase trabajadora. Esto no es nuevo, ya que el relato dominante sobre el ascenso de Hitler al poder ha sido tradicionalmente explicado por el supuesto papel de la clase obrera alemana. Lamentablemente esto es algo que incluso una parte de la izquierda ha asumido, aunque sea con desgana. Y, sin embargo, las cosas han sido y son bastante más complejas.

Para empezar, los estudios que se elaboran dependen mucho de la metodología. Un caso famoso sobre el NSDAP, el partido nazi alemán, demuestra este punto. Al trabajar con datos agregados por regiones se encontró una relación entre el voto al NSDAP y el alto nivel de desempleo, lo que sugería que los desempleados habían sido los que empujaron a la victoria al nazismo. Sin embargo, al trabajar con datos individuales se encontró que los ciudadanos que aún tenían trabajo fueron los que votaron al partido nazi, mientras que los desempleados no tuvieron esa responsabilidad.

Los estudios de las últimas décadas señalan que entre los rasgos comunes del voto de extrema derecha está que es más probable en hombres que en mujeres, entre los estratos sociales con menor educación formal, entre la juventud y sobre todo entre aquellos sectores con actitudes y moral conservadoras. Pero no hay relación entre ser de clase trabajadora y votar a la extrema derecha, como también puso de relieve el hecho de que en ninguna de las grandes ciudades francesas tuviese Le Pen sus mejores resultados. El mayor voto al Frente Nacional se dio en las ciudades pequeñas y medianas y en las regiones desindustrializadas, dando la razón a quienes como Andrés Rodríguez-Pose consideran que una parte de la explicación del voto a estos partidos reside en los lugares que se quedaron atrás en el desarrollo económico. El voto a favor del Brexit tuvo un comportamiento similar. E igualmente, la victoria de Trump no parece haber estado motivada por una cuestión de clase –los que perdieron trabajos o ingresos no se hicieron republicanos en 2016- sino por un sentimiento de amenaza a su estatus –hombres, blancos y nacionalistas que sienten su hegemonía en cuestión.

En términos de clase, no obstante, el caso del Frente Nacional es paradigmático. Sus primeras propuestas se dirigieron a la llamada pequeña burguesía (artesanos, tenderos, ganaderos, agricultores y otras personas autónomas, etc.), para lo que articulaba un programa liberal con algún contenido proteccionista hacia lo exterior. Pero poco a poco fue adaptándose a los cambios sociales y en los años noventa buscó la movilización de los sectores más afectados por la desindustrialización y las transformaciones económicas, hasta el punto de convertir lo «social» y la crítica a la globalización –y la inserción europea- en un eje central. Además, el Frente Nacional fue desligándose de los sectores más extremistas –la férrea dirección de Marine Le Pen a partir de 2011 expulsó a miles de militantes- y cuidando mucho más el discurso. Tal y como ya hacían los neofascistas italianos, incluso abordaron la cuestión de la inmigración como un problema provocado por las grandes multinacionales que buscaban mano de obra barata y en el que los migrantes eran las víctimas. La organización interna del partido, disciplinada y jerárquica, facilitó la cohesión del discurso y el cuidado de los símbolos y discursos. La «normalización» de la extrema derecha era el objetivo a conseguir.

4. El caso de Vox

Para muchos analistas la irrupción de Vox plantea una paradoja relacionada con los espacios políticos. Suele decirse que cuando un partido gira a hacia un extremo del eje izquierdas-derecha, se arriesga a que otro partido ocupe el espacio abandonado –el centro- al tiempo que se considera ineficaz concentrarse en un nicho mucho más pequeño –los extremos-. Por eso que Vox emerja justo cuando Ciudadanos y PP se han escorado tan a la derecha resulta aparentemente difícil de explicar. Pero esto se plantea así porque se parte de que los partidos actúan como una oferta que simplemente se adapta a las demandas de los ciudadanos, las cuales se suponen estables en el tiempo.

Sin embargo, la realidad es las demandas ciudadanas cambian y lo hacen además al calor de las prácticas de los partidos. Dicho de otra forma: los partidos también configuran el terreno en el que juegan. Así, la competición por la derecha extrema entre PP y Ciudadanos, que básicamente ha consistido en ver quién decía la mayor barbaridad, ha legitimado los discursos ultras en ámbitos como la inmigración y nacionalismo. Han «normalizado» lo anormal. Y eso ha permitido una oportunidad a un partido sin historia, sin el lastre de la gestión política y sin el peso de ser mínimamente responsable, por lo que tiene más ventajas en ese campo. Así, esta segunda vida de Vox es el resultado de la política competitiva entre PP y CS. Para muchos otros analistas, esto es precisamente lo que explicó el surgimiento de nuevos partidos de extrema derecha en los años ochenta, algo que coincidió con la ola neoconservadora de los partidos tradicionales de derecha.

Pero Vox es ante todo un producto reaccionario. Sus discursos así lo constatan. Reaccionan contra todo lo que supone la izquierda y la (pos)modernidad. Su ola viene empujada por la reacción contra el independentismo, contra la inmigración, contra el feminismo, contra la memoria histórica y contra el gobierno social-comunista que, parece ser, se habría instalado en Moncloa. Es más, la retórica de sus dirigentes alude a esta actitud -«somos la resistencia» decían el otro día-. Vox no tiene otra cosa que políticas de la identidad, pero reaccionarias. En este sentido, encaja perfectamente en el esquema de las extremas derechas europeas.

Todavía es pronto para tener datos rigurosos sobre el tipo de votante de Vox, pero podemos aproximarnos a esa información utilizando los resultados electorales de 2016. En la siguiente gráfica se recoge la relación entre el voto a Vox y la riqueza de los distritos, para el caso de la ciudad de Madrid. Como se puede comprobar, es perfectamente posible descartar que se trate de un producto de la clase obrera. Al contrario, su mayor nivel de voto está en los distritos más ricos al tiempo que su nivel de voto más reducido está en los distritos más pobres. Vox, de momento, carece de base popular.

5. Las especificidades de España

Así como las extremas derechas europeas son nacionalistas y euroescépticas, lo que les ha llevado a convertir a las instituciones europeas en el objeto de sus críticas más duras, en España es improbable de momento que veamos algo parecido. Sólo a raíz de las decisiones judiciales en Bélgica sobre Carles Puigdemont se ha elevado un poco la voz desde la extrema derecha española contra las instituciones europeas, pero no parece haber mucha base material para que proliferen estos intentos de sumarse a la ola euroescéptica.

La Unión Europea ha sido para el imaginario mayoritario español equivalente a democracia y a desarrollo económico. La inmensa mayoría de las variables económicas han mejorado respecto a 1986, incluyendo los salarios reales, y en términos políticos Europa ha sido vista como espacio de modernidad y democracia desde antes de la Transición. De hecho, España es uno de los países donde es mayor el sentimiento europeísta. Actualmente el 82% de los españoles se considera ciudadano europeo, frente al 61% de Francia o el 56% de Italia. Por el contrario, sólo el 19% de los españoles dice no considerarse ciudadano europeo frente al 38% de Francia y el 43% de Italia.

Ahora bien, la reciente crisis, y en especial la gestión que de la misma han hecho las instituciones europeas, ha afectado negativamente a su imagen y legitimidad. En efecto, la imagen de la UE en España es actualmente positiva solo para un 33% de los españoles y negativa para un 15%, mientras hace diez años era positiva para un 59% de los españoles y negativa para un 6%. Al mismo tiempo, los procesos de desindustrialización en España en las últimas décadas han tenido un impacto duro que ha dejado regiones enteras abandonadas económicamente o merced a las transferencias estatales. Según la OIT, desde los años noventa España ha perdido 785.000 empleos industriales, frente a los 1.797.000 empleos perdidos en Italia y los 1.300.000 empleos perdidos en Francia. Pero esas cifras esconden que el empleo industrial en España ha pasado de representar el 33,4% del total en 1991 hasta el 19,5% de la actualidad.

No obstante, explotar esta situación exige probablemente un proyecto que cuestione de lleno las políticas de austeridad, cosa que parece lejana en la derecha española. Una encuesta de 2015 de Metroscopia señalaba que pertenecer a la UE había sido beneficioso para España para el 90% de los votantes del PP, el 79% de los de Ciudadanos, el 69% de los del PSOE y el 58% de los de Podemos, lo que parece reflejar que en España el euroescepticismo es débil, viene por la izquierda y tiene razones económicas.

El otro punto de consenso de las extremas derechas europeas es la inmigración, algo que también tiene una dinámica distinta en España. Tanto según las Naciones Unidas como Eurostat, España tiene una proporción de inmigrantes sobre el total de población mayor a Francia, Italia o Grecia, pero menor al de Alemania, Bélgica u Holanda. Sin embargo, hay dos factores distintivos. Por un lado, en España las principales olas de inmigración procedían de América Latina, con una cultura similar a la nuestra, y la falta de una política de vivienda social tuvo como efecto colateral positivo que no creó guetos para los recién llegados –como claramente sucedió en Francia. Ambas razones pueden explicar en parte la ausencia de un sentimiento xenófobo hasta ahora en nuestro país.

No obstante, la inmigración es un fenómeno creciente entre las principales preocupaciones autopercibidas por la población, probablemente por el discurso radical que tanto Ciudadanos como el PP han enarbolado este pasado verano. Hoy un 15% de los españoles señala a la inmigración como uno de los principales problemas, frente al 3% de hace un año.

Otra serie de oportunidades que han aprovechado los partidos de extrema derecha tienen que ver con el carisma de sus líderes, el sistema electoral y la presencia territorial. Ninguna de esas variables parecen de momento inclinarse a favor de Vox, pero en momentos de alta volatilidad como los actuales eso puede cambiar rápidamente.

6. La idea de España

Con estos elementos, parece que el elemento vehicular de la extrema derecha es su tradicionalista visión de España. Esa noción señala un «nosotros» que se cimenta sobre la identidad españolista, asociada a valores morales conservadores y nacionalistas, frente a un «ellos» que prácticamente recoge todo lo demás, desde republicanos hasta independentistas pasando por comunistas, socialistas, regionalistas y hasta masones. Se notan aún los cuarenta años de dictadura que consolidaron en las instituciones e imaginarios sociales aquella vieja idea de España construida sobre la mítica de los visigodos, la reconquista, la unidad sacrosanta y otras construcciones sociales parecidas.

Frente a este monstruo que ahora vuelve a levantarse creo que no nos valen ni el hiperracionalismo propio de las tradiciones ilustradas que niegan cualquier existencia de las identidades –y por lo tanto de la idea de España-, como tampoco la huida hacia delante que supone construir otras identidades en oposición a la española. Lo que necesitamos, a mi juicio, es defender otra noción de España que puede recuperarse de la propia historia de nuestro país: la idea de una España plural, abierta, ilustrada, social, republicana y federalista. En suma: un proyecto alternativo al de la derecha radical no puede prescindir de este bagaje acumulado, por más que suponga poner en tela de juicio los relatos históricos construidos, precisamente, por los vencedores. Y, sin embargo, esta noción alternativa no está construida desde el simple idealismo sino que debe imbricarse en las transformaciones materiales de nuestro país. Dicho de otra forma: la idea de otra España debe suponer no sólo otro modelo territorial o de gestión de las identidades sino sobre todo una alternativa al modelo neoliberal europeo, es decir, una ruptura profunda con el establishment y el capital financiero.

7. Un muro de contención

El historiador italiano Sergio Bologna cuenta en su libro Nazismo y clase obrera que antes de la IIGM hubo una batalla crucial en Berlín, una especie de guerra civil previa. El movimiento nazi sabía que Berlín era el corazón del movimiento comunista, y que éste controlaba la mayoría de los barrios de la ciudad. Para acabar con esa hegemonía, el NSDAP ideó una estrategia de conquista paulatina de los lugares de socialización obrera, en particular de las tabernas. Utilizando su mayor capacidad económica, los nazis compraron las tabernas de los barrios obreros y consiguieron que sus militantes las llenaran. Poco a poco se hicieron con el control de los barrios, en un proceso acompañado también de mucha violencia, con lo que superaron a la oposición obrera comunista, que era mucho más débil económicamente y llevaba a sus espaldas largos años de recesión. El resto de la historia es bien conocido.

Lo que creo que expresa bien este ejemplo es que la batalla entre proyectos políticos se da siempre en los espacios de socialización, que lógicamente no son los mismos ahora que en el período de entreguerras, y que ello expresa la necesidad de tener una estrategia adecuada de inserción en esos espacios. Hoy se trata de barrios, centros de trabajo, bares, pero también de medios de comunicación, redes sociales digitales y otros espacios. No por casualidad los estudios sobre la extrema derecha han subrayado la dificultad que tiene este movimiento en penetrar en el mundo sindical: allí donde hay organización y cuadros es mucho más difícil que la extrema derecha se asiente.

Hace menos de un mes Alejo Beltrán, un compañero que era corresponsable de Acción Política de IU Exterior y vivía en Montpellier (Francia), fue noticia en los medios de comunicación locales de Sevilla porque tuvo la valentía de bajar a una asamblea de barrio en la que los vecinos protestaban contra un proyecto de Cruz Roja para albergar inmigrantes en un edificio. Alejo defendió en completa minoría que el problema no eran los inmigrantes, entre abucheos de sus conciudadanos. El caldo de cultivo está ahí, y los muros de contención no son suficientes de momento. Nuestro compañero, que sabe perfectamente qué es el Frente Nacional, sabía dónde había que estar en ese momento.

Quizás esta sea la mejor lección que podamos aprender las distintas izquierdas: la necesidad de unirnos y tomarnos en serio amenazas reales, sin simplificarlas ni trivializarlas. Mi mujer, Anna, que es médica, me lo expresó metafóricamente muy bien: el fascismo es como un cáncer, que cuando está poco evolucionado es muy fácil tratarlo pero muy difícil diagnosticarlo y cuando ha evolucionado es muy fácil diagnosticarlo y muy difícil tratarlo.

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