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Don Miguel, una historia que inspira: ciego y vendedor de escobas

Jueves 26 de julio de 2018, por Iván Sanchez

José Miguel Arredondo Vieyra, de 65 años, quedó ciego a los 24 debido a un problema genético que también le afectó el oído, pero que no lo ha detenido para ganarse la vida día con día.

Oriundo de la comunidad del Arúmbaro, municipio de Charo, adelante del kilómetro 23 por La Escalera, vive solo en La Charca, colonia Loma Larga, en Morelia. Lleva 10 años vendiendo escobas y traperos de puerta en puerta por las colonias céntricas de la capital michoacana.

Su jornada laboral la inicia desde las 11:00 horas, recorre tres rutas, preferiblemente del centro porque en otras zonas está “carajo”, señala, pues ya lo han intentado asaltar varias veces.

“En una ocasión allá por la colonia Vasco de Quiroga, a una cuadra de Bucareli, un joven me preguntó por el costo de los jaladores, según me los iba a comprar, pero le dije que ya los tenía vendidos, me insistió que los compraba, que lo acompañara a una tiendita. Recordé que ahí no hay tiendas, y pensé: solo que ya hayan puesto una nueva o que sea la tortillería donde una señora ya me había comprado antes”.

“Fui confiado, al llegar a la esquina me dijo, -¿Sabes qué? aquí vas a pagar por cuota o los pinches putazos te van a llover-. Le dije no me chingues cabrón, a penas voy a empezar. De inmediato comenzó a esculcarme, pero no halló nada pues apenas me había bajado del camión (suelta una carcajada), no traía dinero”.

“Me quedé pensando, este cabrón… Si pido ayuda, no me van a ayudar y de todos modos me va a chingar, y en ese momento que grito. Nunca me acuerdo de mi hermana, pero que me acuerdo ¡Socorro! (suelta otra carcajada más fuerte). Entonces se acercaron un señor y una señora viejita a ver qué pasaba, aquel se fue corriendo”.

Con voz baja y aproximándose un poco a mí, agrega pícaramente que también las damas le han metido mano, “las damas que trabajan por ahí en la calle me han querido fregar, pero como ya sé no las dejo, no más siento que quieren meter su mano y se las agarro”.

José Miguel, cuenta que después de perder la vista, durante los primeros ocho años no hacía nada productivo, se la pasaba en su casa, no salía por miedo, pero por el hambre tuvo que hacerlo. Así comenzó a salir y poco a poco fue perdiendo miedo, sin embargo aún siente un poco.

Aunque le resulta cansado caminar bajo el sol con 20 piezas, Miguel no tiene otra opción para ganarse la vida, alegre señala que donde más le compran escobas y traperos es sobre la Avenida Morelos Norte. Este día vendió al menos siete traperos y dos escobas.

Hoy llegó al centro en la combi ruta guinda, se bajó afuera del Museo del Estado, frente al Jardín de las Rosas, a partir de ahí comenzó un largo recorrido hasta llegar la calle Volcán del Paricutín, en la colonia Santiaguito.

La ruta que Don Miguel recorre es un camino que está plagado de escalones, desniveles, rampas, postes, automóviles, anuncios y motocicletas estacionadas sobre las banquetas. Cuenta que él conocía muy bien esos rumbos, pues antes de perder la vista trabajó como jardinero en el Tecnológico de Morelia y orgulloso afirma que el plantó todos los arboles que existen en sus jardínes.

Entre los obstáculos y peligros que ha vivido se encuentran caídas, unas más riesgosas que otras.

“Fue en la esquina de la Nocupétaro y la Michoacán (ríe), iba caminando y como vendí tres trapeadores, lo que nunca, iba bien a gusto, pero no tomé la experiencia de esas que ya me habían pasado, levanté el bastón caminando para tentar la puerta, ¡no! de pronto ya sentía que volaba en los aires, era un pozo más o menos así (abre sus brazos indicando el ancho) y de dos metros pa’bajo”.

“Ahí había escarbado los de OOAPAS, yo creo. Instintivamente junté los pies al caer, cuando sentí que toqué el agua doblé tantito los pies, fíjese que amortiguó el golpe al doblar las piernas, el agua, me llegó arriba de la cintura, y dije –¡uuh! ‘ora pa’ salirme.

“Tenté con el bastón arriba, aventé los trapeadores, estuve brincando hasta que agarré el borde de la banqueta y ya me jalé para arriba, nadie me ayudó, yo solito salí”.

Cuenta que ahí andaba una señora que regañó a las personas que no le advirtieron ni le ayudaron a salir. “Esa fue la más peligrosa”, recuerda.

La esposa de Don Miguel lo abandonó 10 años después de que perdió la vista, posteriormente se fueron su hijo e hija, no supo nada de ellos hasta varios años después, ahora tienen sus propias familias.

Ante esa situación tan compleja, comenta que salió adelante gracias a la filosofía del doctor Leonel Ayala Acevedo. Afirma que le gusta la vida, que se siente bien a gusto de estar vivo y que mientras pueda moverse, a “¡echarle ganas!”. La combi ruta guinda viene hacia nosotros, le hago la parada, nos despedimos y la aborda.

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