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Bélgica 2, Inglaterra 0: Prometimos no llorar

Sábado 14 de julio de 2018, por Sergio J Monreal

No pude seguir las incidencias del encuentro contra los ingleses, que ha pasado a cristalizar tu más destacada participación mundialista ya no sólo en el rendimiento y el estilo, sino también en los resultados.

No pude, de verdad. Las ocupaciones, las responsabilidades, la vida; ya tú sabes. Cuando la marítima cresta de la pasión, del cariño y de la libido marcha en sentido ascendente, todo personaje con alguna expectativa de acceder a la categoría de novio, amante o amigo con derechos, se muestra por completo audaz y flexible a los mayores malabares logísticos, a los mayores sacrificios con la agenda, a las más arriesgadas improvisaciones con el horario. Pero apenas esa misma cresta va a romperse contra la playa, y principia a recogerse resaca de mansa espuma sobre sí misma, descubrimos sin sorpresa, ni pudor, ni casi tristeza, que los tiempos ya no coinciden, que las rutinas no cuadran, que resulta imposible materializar una cita. Todo acaba resuelto a partir de los consabidos seguimos en contacto, tenemos nuestros números, ahí nos ponemos de acuerdo para vernos; como dos comerciantes sin ya nada que venderse el uno al otro.

(“Que otra vez será, que otra vez será, tierno amanecer, sé que nunca más” está cantando ahora mismo Leonardo Favio aquí al lado mío, en la rockola a la que alguien decidió echarle unas monedas).

Así que no, no pude ir a verte. Alguien se enteró del resultado a través de su teléfono celular, y me informó. Bélgica 2, Inglaterra 0. Felicidades. Te lo mereces. Bien ganado el tercer lugar. En ciertos aspectos, y sabes perfectamente que mis palabras no esconden ninguna segunda intención (ya para qué), has sido la más bonita de todo el verano. Así que no importaría si hoy no hubieras jugado bien; se comprende; a fin de cuentas, por más maduros que queramos mostrarnos, alguna ilusión hubo, algún alocado plan admitimos los dos alborotándonos el ensueño, alguna temblona humedad de nostalgia se nos insinúa todavía de pronto en los ojos, pensando en lo que pudo ser y no fue.

Siempre lleva su desangelada dosis de tristeza este partido, esta fiesta de la consolación previa al verdadero festín, al encuentro más esperado, a la cita que por sí sola tiene ya, desde antes de cumplirse, garantizado sitio en la leyenda y la epopeya. Durante largo tiempo se ha propuesto incluso que el juego por el tercer lugar desaparezca. Pero por una o por otra razón se sigue conservando. Para algunos no está mal; de hecho, y perdona si te ofendo, para ti no está nada mal. Era necesaria la fiesta de la consolación para darte tu sitio, para señalar cuán especial fuiste. Como si te hubieran galardonado con la banda de “Señorita Fotogenia” durante el concurso de belleza que alguna otra ganó en lugar tuyo (y ahora quien canta en la rockola es la Rocío Durcal de los años 60: “más bonita que ninguna”).

No, Señorita Simpatía no. Ese título ya lo habías ganado en 1986, cuando te quedaste con el cuarto puesto en el Mundial de México. Seguro no me recuerdas, pero yo estaba ahí ese día, frente a la pantalla en blanco y negro de la televisión de mi tía, la de Puebla. Perdón una vez más, si sueno descortés e impertinente, pero no eras nada bonita; la belleza estaba toda del otro lado, con grado superlativo, en la Francia de Platini, Girese, Tigana, Genghini, Rocheteau, quienes por cierto no disputaron el partido por el tercer lugar, pues estaban muy decepcionados tras caer con Alemania, y su entrenador decidió alinear a los suplentes. Así que disculpa la sinceridad: no eras nada bonita. Aunque eso sí, nadie resultaba más simpática que tú. A tu mítico portero Jean-Marie Pfaff le dieron el título de mejor guardameta de aquel torneo justo por su sangre ligera, por su buena onda, porque era divertidísimo y fácil de querer, no tanto en razón de su por lo demás indebatible talento bajo los tres palos ; la verdad es que se la pasó recibiendo goles todo el Mundial (trece en siete partidos), pero conquistó el corazón de muchos porque aceptaba posar para que los fotógrafos lo retrataran con el balón en juego, y sobre todo porque en las semifinales, cuando Maradona le anotó un inolvidable golazo de antología, el primero en ir a felicitarlo fue él.

A pesar de que perdiste, la fiesta de consolación del verano 1986 fue toda tuya. Hasta a los alicaídos franceses conseguiste de últimas arrancarles alguna fatigada sonrisa, tras mandar el partido a inesperados tiempos extras y obligarlos a tomarse el baile aunque fuera un poco en serio. 4-2 fue el marcador final. Y pese a que no eras nada bonita (¿estoy reiterándolo de más?) a todos nos terminaste por caer bien (en la rockola es el turno de Julissa: “quiero ser, la consentida de mi profesor”).

Hoy ya no eres cuarta. Hoy eres ya tercera. Justicia estadística, porque eres mucho mejor, mucho más bonita, mucho más buena que entonces; y espero que la palabra “buena” puesta aquí no adquiera ningún equívoco sentido capaz de molestarte. Si así fuera, dispénsame (ya perdí la cuenta de cuántas disculpas llevo). Sé que este tercer lugar no palia ni restaña lo que sea que hayamos perdido con tu no llegada a la final, pero lo cierto es que a ti te hacía más falta que a Inglaterra. Ella, pese a haber acumulado un desalentador capítulo más dentro de su dilatada telenovela privada, a fin de cuentas inventó el futbol, y a fin de cuentas ya se coronó campeona del mundo, sin importar que desde entonces haya pasado una eternidad. Pero además casi todos coincidimos en que dentro de cuatro años Inglaterra estará de regreso, que esta es una generación harto promisoria y que, dada la juventud de su plantel, Rusia 2014 contaba antes que nada como plataforma preparatoria para presentarse en Qatar como uno de los principales aspirantes al título.

En cuanto a ti, seamos honestos: nadie tiene la menor idea de en donde estarás dentro de cuatro años (“vendrán otros veranos, vendrán otros amores” canta ahora en la rockola Roberto Jordán). Hay varios entusiastas proclamando que debemos contemplarte desde ya como candidata número uno para la Eurocopa 2020; y yo ni lo niego, ni lo dudo, ni lo menosprecio. Pero los Mundiales son otra cosa. La Euro la han ganado antaño hasta tu prima la danesa y tu prima la griega, por no hablar de tu bastante poco agraciada prima portuguesa de la actualidad; así que, por mucho que se diga, hay que contabilizarla en una repisa distinta.

Si me lo preguntan (si me lo preguntas), puedo por supuesto imaginar que el siguiente verano mundialista volveré a encontrarte, más madura, más asentada, más plena, más propicia a hacer de las promesas perdurable carne, imborrable aliento y beso definitivo. Pero puedo imaginar con mucha más verosímil nitidez que se llega la cita y no te reconozco, no me reconoces: que el momento pasó. Como pasó aquella simpatía de 1986, volviéndote tan fea como poco agradable entre 1990 y 2002, hasta que de plano tuviste que dejar pasar completos dos veranos mundialistas en ausencia para renacer, para reinventarte, para venir a dar con este rostro: este rostro que tanto nos ha gustado a todos, pero al que nadie se atrevería a proclamarle garantía de perdurabilidad (si se extravió tu histórica hermana naranja, que no vayas a extraviarte tú, pequeña y recientísima diablilla roja).

Por eso, mejor despedirnos. Por eso, mejor quedar como amigos. Me llevo tus mentirosas promesas y tus ya no tan mentirosos coqueteos. Te llevas mis permanentes dudas y mi tardía credulidad. Nos llevamos los dos, como un secreto compartido ya imborrable, aquella noche de entrega y de delirio ante Brasil, aquel arranque impetuoso contra Francia (aquellos eternos minutos de mirarte y creer que todo era verdad). No seas tonta, toma el pañuelo y límpiate los ojos. ¿No ves que hasta Palito Ortega lo está diciendo en la rockola? Prometimos no llorar.

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