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Divagares del último asueto: El reality tricolor

Viernes 13 de julio de 2018, por Sergio J Monreal

Hace un par de semanas, en plena ascendente efervescencia la primera ronda del Mundial, me topé por azar en la televisión uno de los programas vespertinos implementados por Televisa para acompañar el evento. No una de esas atiborradas revistas misceláneas de dos horas o más, con la que ellos y TvAzteca sobre-explotan hasta la náusea el exitoso formato creado por José Ramón Fernández con Los Protagonistas durante la segunda mitad de los años ochenta. Se trataba de un programa de sólo treinta minutos, concebido sobre todo para ofrecer un breve resumen de los encuentros de la jornada a la hora de la comida.

No obstante, entre resumen y resumen, entre nota informativa y nota informativa, venían por supuesto los infaltables e inefables segmentos de puro entretenimiento: ni cómicos ni musicales, aunque con hipotética intención de ser una o ambas cosas a la vez. Lo que llamó mi atención, es que el infumable reality-sketch que estaba yo viendo lo protagonizara uno de los jugadores de la selección mexicana; no semanas atrás, sino hacía apenas unas horas. Es decir, con el equipo ya concentrado, entrenando, evaluando el partido previo y preparando el siguiente.

Por masoquista morbo, al día siguiente volví a sintonizar el televisor a la misma hora en el mismo canal. El segmento de reality-sketch se repetía, ahora con otro par de jugadores, pero siempre haciendo énfasis en el mismo sentido de actualidad y de exclusiva (“nosotros, acompañando al Tri día tras día desde su intimidad, durante toda su estancia en Rusia” o algo por el estilo). Y lo mismo la siguiente tarde, y la siguiente. Día tras día, desde el interior de sus habitaciones, desde el comedor, antes o después de un entrenamiento, o paseando durante algún asueto, los jugadores mexicanos y hasta el entrenador Juan Carlos Osorio, atendían diligentes a la juvenil y más bien elemental conductora, ya fuera in situ o por vía virtual, para cantar, contar chistes, relatar anécdotas: para certificar, en fin, en cadena nacional, cómo ellos y la empresa monopólica que ha usufructuado mayoritariamente los derechos de explotación del representativo tricolor durante medio siglo, forman parte de un único equipo, de un mismo proyecto, de una sola familia.

No dio mi morbo para ponerme a indagar el cariz que adquiría el asunto en los programas estelares de formato largo, concebidos para romper records de rating. Tal vez Televisa, empresa responsable y consciente de lo perjudiciales que pueden resultar las distracciones inútiles para un conjunto deportivo de alto rendimiento estando en curso su más importante desafío competitivo, había decidido utilizar las mismas cápsulas vespertinas para su programa nocturno; sin ceder a la tentación de agregar interacciones extra entre la Selección y su propio repertorio de estrellas principales (entre comentaristas, conductores, cómicos, reporteros, merolicos). ¿O no?

Por esos mismos días, un anuncio de Banamex, protagonizado por varios de los hombres y nombres más emblemáticos del actual seleccionado nacional, llamó mi atención lo suficiente como para ponerme a rastrear en la web la campaña publicitaria completa. Un par de cosas cabía deducir bien a las claras a partir de cápsulas, slogans, audios y fotografías: uno, que por eficiente que hubiera sido el equipo de producción y dirección a cargo, y por diestros que se hubieran mostrado los futbolistas ante la cámara y ante el micrófono, de ninguna manera cabía garantizar que las sesiones de grabación hubieran sido sencillas y breves; dos, que puesto que varias imágenes y secuencias (por muchos recursos de copy-paste que ofrezcan los avances de la tecnología digital) mostraban inequívocamente reunidas a varias de las principales figuras que el Tricolor tiene diseminadas por el extranjero, y puesto que el sostenido bombardeo de varias campañas de ese mismo género había dado inicio antes de que sus respectivos clubes de Holanda, España, Alemania, Portugal o Bélgica los liberaran para el Mundial, era obvio que tales sesiones habían tenido lugar en ocasión de alguna fecha FIFA previa: sí, una de esas mismas fechas donde todo el mundo se queja de que apenas si hay el tiempo justo para realizar un mínimo trabajo de acoplamiento grupal y de orquestación táctica.

En esos días a los que me estoy refiriendo, el equipo mexicano, su afición y sus siempre atingentes patrocinadores, transitaban aún las ebrias secuelas del inesperado triunfo contra Alemania. De modo que bastaba cualquier corte comercial en cualquiera de los canales pertenecientes al duopolio televisivo dominante dentro de la señal abierta nacional, para hacerse una idea de la exorbitante suma de sesiones a que los integrantes del Tri tuvieron que concurrir —ya fuera individual o colectivamente— con el fin de atender a cada una de las empresas con suficientes recursos para sufragárselos en calidad de lucrativa imagen de temporada. Y preguntarse si cualquiera de tales empresas habría estado dispuesta a que, por razones deportivas, alguno de los rostros clave de tan planificadas y costosas campañas de marketing no apareciera en el último momento integrado a la lista definitiva de convocados del entrenador para Rusia 2018.

Cada que alguien se atreve a insinuar que la alineación de la Selección Nacional no está determinada por razones futbolísticas, sino por intereses de patrocinio, saltan indignados a desgarrarse las vestiduras tanto federativos como sponsors, jugadores, cuerpo técnico y dueños de equipos. Parecieran ampararse por acto reflejo bajo el resguardo de un supuesto código de honor empresarial, que en los hechos simple y llanamente no existe ni ha existido jamás. En términos empresariales lo que existen son cláusulas de obligatoriedad y de silencio, compromisos y sanciones por contrato: hipócritas coerciones y cínicos robos en despoblado que se enmascaran de legalidad al amparo de la letra chiquita. Bien lo demostró en toda su amplitud, hace apenas unos meses, la cláusula de renovación automática de derechos televisivos, invocada por la Federación Mexicana de Futbol como elemento clave para mantener durante ocho años más (de aquí a la próxima añagaza del “haiga sido como haiga sido”) el control del seleccionado tricolor en manos de Televisa y TvAzteca.

Algún alma cándida podrá aseverar que no se trata del control del Tricolor, sino sólo de los derechos exclusivos de transmisión de sus partidos, sean amistosos o en torneos oficiales; sin advertir todavía que esta última es la medida definitoria del control económico, empresarial, político (y hasta social y cultural) del Tricolor.

La Selección Mexicana de Futbol no es un negocio deportivo, que por razones de contexto, fortalecimiento, desarrollo y marketing, diversifique determinados contenidos de su perfil circunscribiéndolos a la lógica de diversos shows televisivos, incluido el reality. La Selección Méxicana es un negocio televisivo (a estas alturas ya íntegramente circunscrito a la lógica del reality), cuyos contenidos y objetivos correspondientes al estricto orden deportivo quedan subordinados y condicionados, de forma por completo discrecional, a dicha lógica.

Palmarias prendas de evidencia al respecto: de manera indirecta, la renuncia a la Copa Libertadores y la eliminación del descenso en el torneo de primera división; de manera directa, el abandono de la Copa América, la prolongación de la supremacía para el duopolio televisivo, y la interesada sumisión a Concacaf (mejor dicho, a los cómodos y abundantes dólares que proporciona jugar, sin grandes exigencias competitivas, en territorio estadunidense).

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