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Capitales en fuga: el modelo M y los sospechosos de siempre

Miércoles 11 de julio de 2018, por Letra P, Tomás Lukin

No se robaron un PBI, pero están cerca. A finales de marzo, los capitales fugados por los argentinos ascendían hasta los 280.600 millones de dólares, una cifra equivalente al 46% del producto. Los datos del INDEC ofrecen una medición conservadora. Estimaciones elaboradas por el equipo de investigación que funcionaba en el Centro de Economía y Finanzas para el Desarrollo de la Argentina (Cefid-Ar) elevan el stock fugado del país hasta los 500.000 millones de dólares, alrededor del 80% del PBI. Depósitos en dólares, cuentas en bancos extranjeros, colocaciones financieras, propiedades en el exterior y cajas de seguridad son algunos de los alojamientos elegidos por los argentinos para resguardar sus patrimonios fugados. Las megafiltraciones como los Panamá Papers y Swiss Leaks expusieron, además, cómo una porción significativa de esos fondos se canaliza de manera anónima y secreta a través de los centros financieros offshore.

La pulsión a dolarizar excedentes se convirtió en una característica estructural de la economía argentina a partir de la irrupción del neoliberalismo en 1976. La fuga de capitales es, desde entonces, un atributo permanente de la economía argentina. El fenómeno involucra a los fondos de residentes locales, tanto de origen ilícito como legal, ubicados en el exterior, esto sumado a las divisas que circulan en el país fuera del circuito formal. Hubo fuga en períodos de crecimiento y en etapas recesivas; con gobiernos populistas y con gobiernos neoliberales; con dictadura y con democracia; en episodios de crisis internacional y en los momentos de estabilidad global; con alivio por el desendeudamiento y abundantes reservas y con inestabilidad en el frente externo; con restricciones para el acceso al mercado cambiario o con un escenario de liberalización absoluta; con superávit fiscal o con programas de ajuste del gasto; con el precio del dólar planchado o con volatilidad cambiaria.

Abastecida por el nuevo ciclo de endeudamiento externo y facilitada por el profundo proceso de desregulación financiera, cambiaria y de la cuenta capital dispuesto por el Gobierno a partir de diciembre de 2015, la fuga de capitales fue el catalizador para la reciente corrida cambiaria. La persistente turbulencia condujo a una devaluación y expuso la creciente vulnerabilidad de la economía argentina bajo la gestión de Cambiemos. Las estadísticas del BCRA permiten calcular que, desde la llegada del presidente Mauricio Macri a la Casa Rosada, se fugaron 47.274 millones de dólares. La cifra acumulada en menos de tres años representa cerca de la mitad de la sangría experimentada durante los trece años de gobiernos kirchneristas. Entre mayo de 2003 y diciembre de 2015, la fuga alcanzó hasta los 98.176 millones de dólares.

Los economistas Eduardo Basualdo y Matías Kulfas explican que “la fuga de capitales, lejos de representar un fenómeno aislado y vinculado a una ‘diversificación de inversiones’ inherente a la generalidad de agentes económicos o a coyunturas adversas, forma parte de una lógica de acumulación cuyo origen se asocia a las transformaciones estructurales resultantes de la política económica implementada por la dictadura militar a partir de 1976”.

En Fuga de capitales y endeudamiento externo en la Argentina, los autores sostienen que “la fuga de capitales locales tiene lugar cuando los residentes de una economía remiten fondos al exterior para realizar diversas inversiones y adquirir activos que pueden ser físicos o financieros. No se trata de una operatoria necesariamente ilegal (aunque, presumiblemente, una parte significativa podría considerarse como tal), sino de la transferencia de capital líquido hacia el exterior para realizar inversiones directas o adquirir títulos, acciones, inmuebles o efectuar depósitos bancarios. A esta forma de fuga de capitales se le agrega la salida de capitales mediante los denominados ‘precios de transferencia’ y de los ‘créditos intrafirma’”.

LA CORRIDA. A lo largo de los primeros cinco meses de 2018, la pulsión dolarizadora alcanzó niveles inéditos. Durante la corrida, los dólares adquiridos por individuos y empresas alcanzaron un valor bruto superior a los 24.000 millones de dólares, un 47% más que en el mismo período del año pasado. El fenómeno superó en un 67% los registros observados entre enero y mayo de 2011, apenas cinco meses antes de que el Gobierno anterior decidiera instalar su resistido esquema de regulaciones del mercado cambiario.

Las cifras brutas publicadas en el anexo estadístico del Balance Cambiario del Banco Central permiten caracterizar la intensidad de la corrida, pero, a la hora de dimensionar la fuga de capitales, es preciso recurrir a los valores netos que contemplan, además, la desdolarización de tenencias en moneda extranjera.

En ese caso, la formación neta de activos externos del sector privado no financiero, la denominación técnica que recibe la porción mensurable de la fuga de capitales, alcanzó los 13.601 millones de dólares en los primeros cinco meses del año. La sangría de divisas duplicó, así, a la registrada en 2017, cuando llegó a los 6.661 millones de dólares. Y, siguiendo la comparación realizada en el párrafo anterior, la fuga superó en un 81% a la computada durante el mismo período de 2011, cuando se fueron 7.523 millones de dólares.

Aunque el Banco Central consumió más de 10.000 millones de dólares de las reservas internacionales, su errática estrategia no logró contener la disparada en la cotización del dólar, que escaló más de 50% para rozar los 30 pesos. Pero la intensificación de la fuga de capitales fue todavía más onerosa para el Gobierno. La crisis cuya génesis debe buscarse en las raíces liberalizadoras del esquema macroeconómico instalado en diciembre de 2015 eyectó al presidente del BCRA, intensificó las disputas al interior del gabinete económico, colocó las tasas de interés en niveles exhorbitantes y aceleró la inflación. Condicionado al cumplimiento de reformas estructurales y un programa de ajuste, el acuerdo stand-by con el FMI no pretende solucionar los problemas estructurales de la economía argentina, sino garantizar que los acreedores cobren sus vencimientos en tiempo y forma.

Como reveló la celebrada decisión de la empresa MSCI al recategorizar a la Argentina como mercado emergente, la inclusión de algunas acciones de empresas argentinas en el índice seguido por los fondos de inversión para definir dónde colocan sus recursos está condicionada a que el país no establezca ningún tipo de control cambiario o de capital. Por eso, las pruebas de amor que exigen los acreedores para continuar financiando al Gobierno no están vinculadas a mejorar la estabilidad o la competitividad, sino con el compromiso de liberar dólares mediante recesión económica y desregulación del sistema financiero.

La fuga de capitales no es la única fuente que presiona en la actualidad hacia una mayor devaluación. Junto con la salida de inversores especulativos de sus posiciones en pesos, el déficit en la cuenta corriente ofrece un frente adicional: el déficit comercial, los viajes al exterior, la remisión de utilidades de las firmas multinacionales y el pago de los intereses de la deuda externa exacerban la escasez de dólares. En la antesala de las próximas elecciones presidenciales, la devaluación y el ajuste fiscal serán “exitosos” si, recesión mediante, logran reducir la demanda de divisas para importaciones, turismo y atesoramiento.

CON NOMBRE Y APELLIDO. Contrario a la idea difundida por la mayoría de los medios de comunicación, que asocia las maniobras de fuga, evasión, ocultamiento y lavado con la corrupción gubernamental y otras actividades criminales, la fuente principal para las operaciones de fuga de capitales son las grandes corporaciones y sus directivos, los dueños de las pymes, profesionales muy exitosos, celebridades y herederos de grandes fortunas.

Si el Balance Cambiario del Banco Central ofrece la posibilidad de dimensionar el fenómeno, los distintos registros y filtraciones conocidos a lo largo de las últimas dos décadas permiten identificar a los protagonistas de la fuga de capitales.

El recorrido comienza con el informe de la Comisión Especial de la Cámara de Diputados sobre la Fuga de Divisas en el año 2001, pero existen, al menos, otros cinco listados donde se repiten los nombres de las empresas más importantes del país y sus propietarios.

El repaso contempla la denuncia del ex ejecutivo del banco JP Morgan Hernán Arbizu, presentada en 2008, y la lista provista por el ex presidente del Banco Central Martín Redrado, sobre las personas físicas y jurídicas que compraron moneda extranjera en 2008 y 2009.

Los individuos y empresas apasionadas con el dólar se repiten en el registro publicado por el periodista Alfredo Zaiat de los principales 100 compradores de divisas en 2011, antes de la instalación de las medidas de control conocidas como “cepo cambiario”. Los apellidos vuelven a figurar en la denuncia presentada por la AFIP en el marco de la filtración de las cuentas bancarias a nombre de argentinos abiertas en el HSBC Private Bank de Ginebra conocida en el mundo como los Swiss Leaks.

Finalmente, los Panamá Papers, Bahamas Leaks y Paradise Papers dejaron al descubierto la plataforma de servicios utilizada por los principales grupos económicos para canalizar la fuga de capitales.

En definitiva, la escasez de divisas exacerbada por la fuga de capitales que lidera la elite económica argentina es el principal limitante para un proceso de crecimiento económico sostenido que sea acompañado por mejoras en la distribución del ingreso.


Ver en línea : http://argentina.indymedia.org/news...

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