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Mujer, urbanismo y ecología

Lunes 9 de julio de 2018, por Admin2

Foto: Koldo Telleria Andueza

Hace poco escuché a la escritora Laura Freixas esta afirmación de Simone de Beauvoire: “la sociedad ha decidido dar prioridad al sexo que mata por encima del sexo que da vida”.
Como tan bien apunta Freixas en esa misma entrevista, “el problema fundamental para que las mujeres nos integremos en la cultura, de igual a igual, que evidentemente no lo estamos desde ningún punto de vista, es la identificación en la cultura patriarcal en la que vivimos entre el varón y el ser humano. Es decir, lo masculino se considera humano y lo humano se confunde con lo masculino, mientras que lo femenino no es visto como realmente humano, sino como algo parcial, la desviación de la norma, lo distinto, o lo que solo es para mujeres y solo interesa a mujeres. Mientras, las experiencias masculinas representadas en la cultura, incluso, las más exclusivamente masculinas como el hacer la guerra, son vistas como experiencias universales.”
Me parece oportuno empezar con estas palabras una reflexión en torno al urbanismo, la ecología y la lucha de las mujeres, (que a mi entender es, en esencia, la lucha por la vida).

La posición de las mujeres en los debates públicos
Como resultado de una de las síntesis analíticas del patriarcado (enfoque parcial e interesado de la realidad, aunque a veces no sea explícito) las propuestas que provienen de mujeres son entendidas como parciales, y las que provienen de hombres, como universales. Así, en la esfera pública (política) del urbanismo actual es hegemónico el proyecto patriarcal y capitalista, pero con la perversión de ser urbanismo universalizable.
Las arquitectas con conciencia feminista conformamos una voz y un dique de defensa de la ciudad igualitaria. La propuesta feminista a la ciudad no es parcial, no habla de la ciudad de las mujeres, sino de una transformación radical de la estructura de pueblos y ciudades. El proyecto de ciudad feminista es, sobre todo, una invitación a construir una nueva urbanidad fundamentada en un pacto social.
La ciudad feminista plantea conflictos relacionados con la violencia (que tiene vertientes machistas, de clase, racistas, etc.), con las condiciones de salubridad, con la protección y los derechos de la infancia, con los cuidados y las dependencias, con la mezcla de usos y ritmos, con la protección de quien vive y convive, con el derecho a la ciudad y al acceso a la participación urbana (no como consumidoras, si no como sujetos activos). Un ejemplo de esta forma de entender el urbanismo es el trabajo de Franziska Ullmann en Viena, donde introduce parámetros comunitarios en el diseño de un barrio. Ella llama “los ojos de la ciudad” a conectar espacios de trabajo (cocina) con parques y patios de juego para fomentar autonomía de la infancia. También introduce la mezcla de perfiles y los apartamentos para personas mayores dependientes junto a estudios de jóvenes para fomentar el cuidado y las sinergias informales.
Se nos vende el urbanismo hegemónico como único posible: se nos comunica que todo planteamiento, fuera de sus parámetros mercantiles y especulativos, simplemente no es viable.

Urbanismo como pacto social.
Bien, pues nosotras negamos la mayor: no solo lo que se materializa en el contexto urbano es ciudad. La ciudad es un constructo cambiante, es fruto de una urbanidad que se constituye como pacto social. Afirmamos que en esta evolución permanente, queremos ser sujeto protagónico, y que basta ya de decidir en despachos cerrados llenos de señores el devenir de nuestras vidas.
La praxis urbana que defendemos, de la que habitualmente solo se ve la cara activista-feminista, es la única respuesta posible al contexto de declive en torno al proyecto de ciudad. Porque, a pesar de la violencia y desprecio de la administración, escuelas de arquitectura y sobre todo de la empresa privada, nosotras sabemos mirar y ver, sabemos que la vida asoma.
La soberbia de los habituales “gestores de la ciudad”, de la gerontocracia instaurada en la profesión, se nutre de falsos debates. Es el caso, por ejemplo, de todo el desarrollo de las “smart cities”. Un debate hueco para vender una ciudad más tecnológica, más demandante de energía. Un modelo que fomenta mayor división de clases y mayor individualismo. Se considera más “eficiente”… pero no en clave de resiliencia o de adaptación a los retos de la crisis ecológica y climática. No: se trata de hacer mejores “coches”, para no dejar de usarlos.
Pese a todo, o precisamente por lo nítido de la ausencia de propuestas para resolver las cuestiones trascendentales de nuestro tiempo, ante este aburrimiento y somnolencia que parece azotar a la disciplina urbana, resistimos abriendo brechas que nos permiten determinar escenarios de esperanza y transformación. Nosotras, por ejemplo, hicimos el inventario de vivienda vacía en Larrabetzu, Bizkaia, que sirvió, entre otras cosas, para que dichas viviendas computaran como “oferta de nueva vivienda” en el nuevo Plan General del municipio. Este inventario se realizó en “auzolan” (trabajo colectivo), entre mujeres del pueblo y estudiantes de arquitectura. Nosotras creamos espacios comunes, plazas, patios, recorridos urbanos, equipamientos… trabajando con la infancia, con mayores, comerciantes, asociaciones… generando mapas de voces, relatos, vivencias y necesidades. Trabajando los conflictos, rescatando las bellezas y emociones vividas por cada comunidad.
En las últimas décadas hemos dedicado miles de horas a explicar en foros amplios nuestro enfoque feminista, y sin embargo, no puedo decir que este recorrido haya sido del todo satisfactorio. Hemos “conseguido” que normativamente se establezca la necesidad de redactar Informes de Impacto Ambiental e Informes de Impacto de Género. Y aunque haya casuísticas que instrumentalmente hayan tenido un impacto muy llamativo, desde un enfoque radical (de raíz), el incluir la “parcialidad de las mujeres” no solventa el problema de fondo. No está sirviendo para cuestionar la estructura patriarcal intrínseca del planeamiento y los debates urbanos: esta situación de “mirada a posteriori” o “correctora” nos sitúa en esa parcialidad, marginalidad y particularidad de la que hablaba Freixas.

Transformar la ciudad para enfrentar el futuro.
El derecho a la ciudad, recordando al geógrafo marxista David Harvey, no es solo la posibilidad de adquirir mayores cuotas de soberanía en la ciudad actual, lo que hoy vemos como ciudad, sino el derecho a transformar la ciudad en algo radicalmente distinto.
Tal vez sea oportuno empezar a preguntar a responsables y técnicos del “urbanismo neutro”; en foros de reflexión de urbanismo, bienales y congresos repletos de varones, ¿cuáles son los proyectos de referencia que les permiten mantener y/o defender sus privilegios en este contexto de relativa ofensiva feminista? o, ¿cuáles son las claves para mantener al arquitecto en la élite profesional? Desde 1932 solo se ha premiado a una mujer con el premio Nacional de Arquitectura. y en los premios de Arquitectura Española del Consejo Superior de Colegios de Arquitectura de España solo a dos mujeres ex-equo con sus parejas (y socios).
Ser urbanista feminista es ser urbanista activista, y defender un proyecto ideológico o político claro. Igual que quien blinda el urbanismo capitalista y/o patriarcal, defiende un proyecto claro que apuesta por mantener privilegios de clase, raza y género.
Una de las claves que tendremos que aprender lo más rápido posible es la de reconocer el conflicto ideológicos (proyecto social), para generar una resistencia clara a las propuestas urbanas segregadoras y elitistas, propuesta urbanas que yo vinculó a la “cultura de la muerte”.
Hemos aprendido que solo desde la emoción podremos trasformar, hemos vivido procesos en los que lo que ganamos se queda en cada cuerpo, en comunidades y relatos, ampliando horizontes de posibilidad. Estamos armando una ideología por la vida, nuestra vida, y en ese nuestra incluirnos, sumarnos, contextualizarnos, medirnos, y, defender y fortalecer nuestras interdependencias.
Sabemos que la ciudad es probablemente principio y fin de nuestra capacidad de articulación de una propuesta que plantee los problemas adecuados para generar la suficiente tensión como para invertir los procesos de acumulación, artificialización, segregación, expulsión, contaminación, etc. Todo esto, será o no será, y probablemente este dilema se resuelva en la ciudad.
Sabemos que hay urbanidad, vida urbana, a pesar de su ciudad. Hemos aprendido de Lefebvre y Jane Jacobs que el derecho a la ciudad se conquista y se defiende construyendo un proyecto y una praxis común. Y en esto, ponemos en el centro nuestro derecho a la vida: pactando y constituyendo un nuestro más allá de – y tal vez precisamente, desde- los sistemas de opresión que nos atraviesan.

 

Este material se comparte con autorización de El Salto

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