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Inglaterra 2, Suecia 0: ¿Déjalo ser?

Domingo 8 de julio de 2018, por Sergio J Monreal

Paul McCartney no me ha inspirado jamás el menor género de simpatía. Pero soy perfectamente capaz de reconocer su talento musical, admirar su obra, y hasta experimentar franca devoción por alguna significativa parte de su legado.

Buen pie, creo, para tratar de expresar mis sentimientos hacia la selección inglesa de futbol que se encuentra ya instalada, con franca y ventajosa condición de favorita, en las semifinales.

Hay un hecho a este último respecto que no deja de resultar llamativo. Y es que existe consenso más o menos pleno de que esta Inglaterra lleva ya varios años (al menos desde el Mundial anterior) procurando incorporar inéditas modificaciones a su tradicional estilo de juego: privilegiar talentos individuales más técnicos y menos físicos, apostar por un futbol más elaborado en la construcción, no ser tan esquemática en el desarrollo táctico, darle prioridad a la pausa y el toque. Pero tan novedosa Inglaterra ha no obstante marcado prácticamente todos los goles que lleva en la Copa desde el ortodoxo apego a su más añeja estirpe: remates de cabeza propiciados a partir de la táctica fija. Y el personaje individual que mejor la expresa no es en absoluto el talentoso delantero Harry Kane (a la vez definidor temible y colaborador de amplios recursos para la elaboración creativa) sino antes bien el temperamental defensa Harry Maguire.

Será que la sangre llama. Del mismo modo en que Uruguay no puede jugar más que a la uruguaya (aunque siempre con la fecunda opción de enriquecer esa dominante identidad desde el matiz, como no se ha cansado de ejemplificar torneo tras torneo el Maestro Óscar Tavarez), Inglaterra termina siempre, tarde o temprano, de uno o de otro modo, jugando a la inglesa.

Ello de ninguna manera significa que su pretendida renovación constituya una engañifa. Esta parece de verdad una Inglaterra nueva, justo acaso por lo que tiene de vieja. La última vez que los representantes británicos habían alcanzado la instancia de semifinales, fue en Italia 90. Es decir, en el último Mundial previo a la irrupción de su generación dorada, dado que el equipo de la rosa no asistió a Estados Unidos 94. Lo cual significa que el período que va de 1998 a 2014, tan pródigo en estelares nombres propios (Beckham, Scholes, Owen, Cole, Gerard, Terry, Lampard, Rooney), quedará en lo sucesivo como un paréntesis medio tétrico en la ya de suyo penumbrosa, gótica y friolenta historia del balompié inglés a nivel de selección mayor. Fue necesario que hasta los últimos veteranos de aquel malogrado dream team acabaran de jubilarse, para que Inglaterra volviera a verse instalada en la antesala de una final mundialista.

¿Que por qué no me simpatiza esta Inglaterra? Ya lo dije de entrada: porque se parece a Paul McCartney. Es más, observen alternativamente con atención una foto de Paul y otra del zaguero Maguire; y van a sentir en un momento dado cómo se mimetizan: no tanto por los rasgos, como por la actitud. Hay en ambos todo el tiempo una suerte de remilgoso arrugamiento de nariz; una suerte de imperial altivez, tan presta a indignarse hasta la declaración de guerra por el codo de un rival en la nuca (en nombre del sacrosanto fair play), como de mantener con absoluto cinismo la más cándida de las expresiones en el rostro al demorarse en la realización de un cambio.

El desgarramiento de ropas posterior a su enfrentamiento con Colombia (donde algún jugador llegó incluso a aseverar que nunca en la vida había enfrentado a un equipo tan sucio), a despecho de los hipócritas protocolos antirracismo o anti-grito mexicano de la FIFA, tiene un tufillo desagradablemente próximo al que en 1966 llevó al entrenador Alf Ramsey a prohibir que sus hombres intercambiaran camisetas con los argentinos, porque ellos “no intercambiaban camisetas con animales”. Ningún interés tengo en magnificar el desliz, pero considero que se trata de apenas de uno entre otros muchos síntomas. Esta Inglaterra ha aceptado el papel de villano, como lo aceptara en su momento Paul frente a la casi arcangélica profesión de virtud de John. Nadie puede, por ejemplo, probar que se haya dejado ganar por Bélgica en el último partido de la primera ronda, para evitar la llave más ardua y conflictiva; y sin embargo todo el mundo se la pasa diciendo todo el tiempo que se dejó ganar por Bélgica en el último partido de la primera ronda, para evitar la llave más ardua y conflictiva; y hay quien le elogia tan visionaria picardía, desestimando la verosímil hipótesis de que, perpetrada por una selección sudamericana, africana o asiática, hubiera dado pie en una de esas a la irritada protesta de alguno de sus mismos integrantes (“nunca habíamos enfrentado a un equipo tan desleal y contrario al espíritu del juego”).

Sin embargo, como en el caso de Paul, ahí está la música. Una cosa era elegir la ruta que cruzaba con colombianos y suecos por relativamente más sencilla, y otra ya muy distinta exhibir de qué argumentos ibas a echar mano para solventarla, con qué semblante ibas a arrostrar llegado el momento las instancias definitivas. Si no que se lo pregunten a Croacia, a la que sus campales, inesperadas batallas contra Dinamarca y Rusia, en teoría rivales a modo, parecen haberle socavado gravemente cuanto de promisorio cosechara tras su triunfo sobre Argentina.

Inglaterra derrotó con justicia a Colombia, sobreponiéndose tanto a las virtudes que los cafetaleros le pusieron delante (aunque fuera de modo tardío), como a sus propias desidias y soberbias. Y sacó provecho de la lección. Hoy, ante Suecia, asumió de principio a fin, sin sacarle la vuelta, el rol de favorito, de equipo grande, de obligado propositor del encuentro. Y su juego de conjunto lució aceitado, sólido, potente, como flamante locomotora del siglo XIX que hiciera su entrada triunfal en el andén. Y, con excepción de Sterling, dotado de un exasperante tino para equivocar siempre la última jugada, sus individualidades se mostraron a punto. Hasta el saldamiento de un pendiente legado por la generación dorada, con su eterna carencia de un gran arquero en la meta, pareció aventajar hoy a través de la impresionante, monumental actuación de Pickford (y le bastaron sólo tres atajadas).

Aunque nadie puede asegurar que Inglaterra vaya a ser campeona del mundo, creo que hoy, por primera vez, vale decir que a nadie le extrañaría si así fuera.

Ignoro cómo sería una Inglaterra John, una Inglaterra George, una Inglaterra Ringo. Ignoro si le alcanzaría para aspirar a la Copa tanto desgarrado sentido de utopía, tanto problemático misticismo, tanta feliz inocencia. Hoy, nos guste o no nos guste (nos guste lo que nos guste, y no nos guste lo que no nos guste) tenemos sin duda una Inglaterra Paul. Tan genial como poco simpática. Tan competente para el calculador marketing como para el prodigio lírico. Tan propicia para la impostada nostalgia como para la legítima fiesta.

Y la mera verdad es que, si se da, tampoco es que vaya a estar tan mal. A quién no le gusta rematar tres horas de concierto, en una inmensa plaza a reventar, coreando a voz en cuello junto a miles de desconocidos “Hey Jude”.

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