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Francia 2, Uruguay 0: Niños, tormentas y piratas

Sábado 7 de julio de 2018, por Sergio J Monreal

Las mejores novelas de aventuras son todas novelas de iniciación. Tránsitos donde lo que es arriba es como lo que está abajo, y a través de los cuales el alma joven va gradualmente templándose cual fruto en la rama, madurándose cual espada en la fragua. Cuanto acontece en la peripecia y el paisaje acontece también en el espíritu. Al final de la inolvidable jornada, el adolescente que se levantó todavía con corazón de niño se va a dormir ya con un corazón de hombre: ganado bien a pulso, pese al momentáneo retraso que el vértigo de lo aprendido provocará por fuerza en los calendarios y los papeles del registro civil (porque el cuerpo seguirá siendo de muchacho un rato aún, aunque la hondura del mirar certifique otra cosa; un calculador de edades se las habría visto negras si le hubiesen encargado establecer cuántos años tenía Rimbaud a los diecisiete, mirando nada más que sus ojos).

Tratándose de Francia, la saga de iniciación de su juvenil seleccionado durante el presente Mundial habría probablemente que atribuírsela a Julio Verne. Pero la verdad es que, aun cuando pudiera parecer un sacrilegio, a mí me remite más bien a un escritor nativo de Inglaterra (histórico rival de los galos en tantos rubros a lo largo de los siglos). El seleccionado francés en tierras rusas cada vez me hace pensar más en Jim Hawkins y “La isla del tesoro”, de Robert Louis Stevenson.

La torpe petulancia valentona de Mbappé durante uno de los episodios de la segunda parte, cuando tumbado sobre el césped pretendió humillar primero con jugada de taquito a un Uruguay ya herido de muerte, y luego exagerar con cinismo propio de viejo lobo de mar un mínimo contacto del Cebolla Rodríguez (él sí con siete mares en las espaldas), bien puede servir de punto de partida para introducirnos en la bonita novela de aventuras que los franceses continúan prolongando capítulo a capítulo, partido tras partido, ronda tras ronda. Porque ahí la joven estrella francesa de diecinueve años era el pequeño Jim pretendiendo pasar como uno más entre los veteranos piratas de John Silver, poniéndose en el ojo un parche que no necesitaba, echándose al gaznate un trago de aguardiente que seguro lo habría hecho toser, diciendo palabrotas, eructando y tratando de improvisar alguna patosa trampa con los naipes. Pero para semejantes alturas del partido el joven héroe, el iniciático novicio, el aventajado aprendiz en trance de maestría, susceptible de llamarse lo mismo Kylian Hawkins que Jim Mbappé, ya había mostrado su capacidad para —cuando fuera preciso— tomar él solo al abordaje la más temible nave corsaria, dar sin mapa con el escondrijo del tesoro perdido más inaccesible; y llenar, si no de supersticioso pánico, sí de alarmada atención a la más experta tropa filibustera.

El temple, la personalidad, la entereza y el descaro de este bisoño jugador, de esta novísima joya, impresionan por sí solos. Pero la verdad es que hay que reconocer todos esos rasgos como una especie de resumen quintaesenciado de todos los méritos individuales y colectivos que Didier Deschamps ha ido bruñendo y pulimentando desde la dirección técnica (desde una banca que más parece taller de orfebre) sin prisa pero sin pausa, con esmero y con sabiduría infinitas. He tenido oportunidad de ver cada uno de los partidos de Francia en la Copa. Y por arrimar algún ejemplo complementario al quizá demasiado obvio de Mbappé, señalaría el impresionante crecimiento que el lateral Benjamin Pavard, de veintidós años, ha experimentado desde su titubeante debut contra Australia, hasta el día de hoy, donde arrostró, soportó y superó, durante buena parte del trámite, una ardua, ruda y para nada sencilla contingencia de combate: se ha hecho adulto en cosa de veinte días. El talento letal, la frescura ofensiva y la punzante creatividad de Antoine Grieszman los conocemos de sobra: los prodiga cada semana en el Atlético de Madrid; pero lo que ha hecho hoy durante el segundo tiempo, convirtiéndose en el director de orquesta de su equipo, bajando el ritmo, presidiendo la pausa, apoderándose del balón, conjurando con sereno oficio cualquier riesgoso atisbo de heroica rebeldía o pendenciera impotencia charrúa, ha sido sin lugar a dudas de gente grande, de jefe, de realidad plenamente consumada. Incluso el hasta ahora único silencioso semiausente dentro de este afinado coro de niños cantores, Mbapé, tuvo sus mejores minutos del torneo.

Didier Deschamps, quien siendo jugador fue siempre sobre todo un disciplinado trabajador, un aplicado operario de soporte para que las piezas de privilegio del seleccionado francés hicieran magia, en el banquillo de entrenador se ha convertido en un viejo sabio. Y con sabiduría ha sabido apuntalar y arropar desde la experiencia a sus niños prodigio. Los veteranos, ubicados en puestos clave, se han mandado un partidazo ante Uruguay. Lloris supervisa desde el arco no sólo al aparato defensivo, sino el dispositivo completo de salida y repliegue; Kanté imparte cátedra (qué juego, el suyo de hoy) en la contención y en la recuperación; Giroud sacrifica todo protagonismo como delantero en aras de otros, chocando una y otra vez, abriendo espacios, dando a veces la impresión de que es malísimo, pero con una sabiduría física y posicional de muchísimas millas recorridas.

En las iniciáticas novelas juveniles de aventuras, la buena estrella y la diosa fortuna acuden siempre en determinado momento para echarle una manita al héroe en su camino. El paisaje hostil condesciende benignos augurios propicios para que el joven que va rumbo de sí mismo llegue a la hora de la verdad en plenitud de condiciones. Hoy Francia ya era favorita de antemano por la ausencia de Cavani; una ausencia que se notó sobre el terreno de juego durante los noventa minutos. Pero el juego no fue sencillo, el partido no lo jugaron a modo (sino hasta que la insólita pifia de Muslera provocó el segundo gol). Hoy el joven equipo francés tuvo que echar mano de lo mejor de sí mismo para despachar a un Uruguay que procuró primero vivir, luego sobrevivir, y por último morirse, siendo siempre Uruguay.

En lo que a mí respecta, estos jóvenes franceses me inspiran toda la simpatía que nomás no puedo sentir por los jóvenes ingleses de la otra llave. No veo a Jim Hawkins en ninguno de ellos. En cambio estoy seguro que, desde su impotente papel de testigo, hasta Edinson Cavani, ese John Silver al que hoy la pata de palo dejó en la banca, se permitió alguna paternal sonrisa para el genio, el arrojo, la alegría y la fallida petulancia (el deficiente oficio marrullero) del joven pirata Mbappé.

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