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Divagares del segundo asueto: una autobiografía mundialista (I)

Jueves 5 de julio de 2018, por Sergio J Monreal

Nací justo un año después del partido del siglo. El 17 de junio de 1971 se cumplía el primer aniversario de aquel épico, estrambótico encuentro de semifinales, disputado entre Italia y Alemania en el Estadio Azteca, y que alcanzó inmortal memoria eternizado por la imagen de Franz Beckenbauer con el brazo en cabestrillo.

Me gusta pensar que algo de augural oráculo hubo de por medio en la coincidencia, predisponiéndome ya desde ahí a la devoción futbolera que hasta hoy sigo cultivando y ejerciendo.

Durante el Mundial de Alemania 1974 era yo demasiado pequeño para que la efeméride dejara algún tipo de huella en mí, como no fuese un bello futbolín dispuesto junto a mi zapato la madrugada de algún posterior Día de Reyes, y cuyos jugadores vestían respectivamente los colores de la Naranja holandesa y la Mannschaft germana.

En 1978, a mis siete años, vivía en un edificio repleto de argentinos a los que la dictadura de Videla había orillado al exilio, que entendían el Mundial de ese año como grotesca estratagema política y publicitaria de la junta militar, y que por tanto se mantuvieron indiferentes a las incidencias del torneo en general, y a los progresos específicos (fueran a la buena o a la mala) de la albiceleste dirigida por César Luis Menotti. La única excepción, curiosamente, la aportaba el espigado marido de una de nuestras vecinas sudamericanas, que aunque yugoslavo era quien más pinta de argentino tenía, y cuyos estentóreos gritos de gol estremecieron el edificio aquel día en que Mario Kempes y un poste le concedieron a los anfitriones su primera Copa del Mundo. Recuerdo el álbum conmemorativo que mi papá compró, y que no terminamos nunca de llenar; la estampa que más veces nos salió repetida fue la de la estrella peruana Teófilo Cubillas. Recuerdo unas enormes calcomanías que pegamos en la puerta de la recámara, y que luego ya no hubo modo de remover; como salían no sé en qué producto, sin opción de escogerlas, una era de Túnez, otra de Hungría, otra de Escocia, y otra de Gauchito (la mascota del campeonato). Recuerdo lo extraña que me pareció la playera de la selección mexicana el día de su primer papelón, justo ante Túnez. Recuerdo como entre brumas los otros dos papelones, ante polacos y alemanes. Recuerdo un juego de mesa lanzado por Coca-Cola, que se jugaba con corcholatas, y que hacía nuestras delicias cuando me reunía con mis primos. Recuerdo el cabello al viento de Dirceu cuando Brasil, único cuadro invicto de la competición, le ganó Italia el juego por el tercer lugar; en ese mundial nació mi eterno (si bien no acrítico, ni exento de vicisitudes) amor por Brasil. Pero la verdad es que a esa edad todavía me costaba aguantar completos frente a la televisión los noventa minutos de un partido; el día de la final, a la hora de los tiempos extras (con mi vecino yugoslavo desgañitándose de felicidad desde el departamento cinco) yo deambulaba solitario por el patio del edificio, pedaleando en mi siempre fiel triciclo Apache.

El Mundial de España 1982 fue sin duda el primero que viví ya a plenitud. Guardo con especial nitidez en el recuerdo numerosos pasajes de la segunda ronda, vivida en su inmensa mayoría hombro a hombro junto a mi papá. Por algún peculiar azar, el episodio más significativo lo afronté no obstante sin él, a solas; convertido (sí, no estoy exagerando) en un mar de lágrimas. El Brasil más hermoso que jamás me haya tocado ver, el de (y hay que ponerse de pie para recordar esa galería de nombres inolvidables) Zico, Sócrates, Falcao, Eder, Junior, Toninho Cerezo, acababa de ser eliminado por la azzurra de Paolo Rossi, a la postre campeona. Y yo, muchos años antes de conocer a Esquilo, a Shakespeare y a García Lorca, estaba descubriendo y entendiendo por vez primera en toda su amplitud de qué sutiles, elevados e implacables designios está hecha la tragedia.

La anécdota más bonita del Mundial México 1986 no es mía, sino de la abuela de mi mejor amigo, que casi se desmaya el día que vio pasar, ahí nada más afuera de su negocio frente a la Plaza de San Francisco, al mismísimo Franz Beckenbauer, a la sazón entrenador de la escuadra teutona. Faltaban pocos días para el inicio del torneo, y Alemania había venido a prepararse a Morelia, disputando incluso un amistoso con los míticos, sufridísimos e inolvidables Canarios de la Tota, Tapia, Osorio, Roon, el Mudo, Macario. El Mundial de México fue el de mi salida de la secundaria, el de mi primer álbum personal armado con recortes de periódico, el de mis pleitos a palmada limpia con un televisor en blanco y negro (al cual se le ocurría de pronto perder la imagen durante los partidos más cruciales). Tenía roto el corazón, un cuerpo y una cara que no soportaba, y ningún amigo: esto último básicamente porque era difícil soportarme. Como cualquier adolescente mexicano promedio de aquellos días, más de una noche consagré mi febril duermevela previa al sueño, en ceremonial ofrenda para la Chiquitibum; la mano de Dios, que le llaman.

Por accidentadas razones académicas de las cuales no quiero acordarme, el Mundial de Italia 1990 coincidió, en geométrica correspondencia respecto al previo, con mi salida de la preparatoria. Pero a diferencia de mi sufrida condición monacal de cuatro años antes, a los 19 era yo todo un ejecutivo, con la agenda por demás ocupada, y el futbol transitoriamente relegado a la repisa de las debilidades vergonzosas en nombre de la Historia, el Arte, el Pensamiento, las Humanidades, la Literatura, el Teatro. Había decidido no ver un solo encuentro, por aquello de no seguir haciéndole el juego al capitalismo y a la idiotizante cultura de masas, pero el día del partido inaugural abandoné corriendo a la hora señalada mi salón de clase, y fui a unirme a la multitud que contemplaba la televisión en una tienda de aparatos electrónicos ya hace tiempo desaparecida, frente al templo de Las Monjas. Durante la definición de la primera ronda mundialista andaba haciendo yo el ridículo en el puerto de Veracruz, integrado a un foro denominado “Hacia una política cultural para los jóvenes”, que convocaba el entonces flamante Conaculta de Tovar y de Salinas; mi chafísima ponencia de bachiller provinciano ni la quise leer, de pura pena luego de escuchar la de varios de los otros participantes; el mítico gol de Freddy Rincón a Alemania lo vi a hurtadillas, escapándome de una mesa de trabajo para encender a toda prisa el televisor de mi cuarto de hotel. Durante la ronda de eliminación directa andaba yo por la Ciudad de México, en un movido encuentro nacional de los Bachilleratos de Arte del INBA; el histórico partido resuelto hasta los tiempos extras, donde Camerún estuvo a nada de eliminar a Inglaterra para instalarse en semifinales, ni lo vi ni lo oí. Pero la cardiaca definición napolitana desde los once pasos, donde Maradona y Goycochea echaron a los italianos para instalarse en la final, casi me cuesta el infarto, pues me tocó seguirla en una casa donde no había televisión. Pude así dimensionar las pasiones futboleras de generaciones a las que tocó seguir las incidencias de las más cruciales batallas a través de las ondas de radio. Poética e ilustrativa la experiencia, pero no se lo deseo a nadie (“Baggio se perfila, disparaaaaa…” y medio minuto de espera entre el indescifrable clamor de la tribuna, para que el narrador se decidiera a aclararte si el balón había entrado o no).

Durante significativa parte del Mundial de Estados Unidos 1994 anduve de gira, como parte del elenco de una obra de teatro para niños. Cambiábamos de ciudad todos los días, y aunque iba a haber veces en que podríamos hacer coincidir determinados partidos con paradas a comer o algún asueto, la verdad es que numerosos juegos nos iban a pescar a media carretera, en quién sabe cuál rincón de la patria geografía del centro-occidente. Así que mi mejor amigo (el de la abuela y Beckenbauer) y yo, conseguimos una televisión portátil en blanco y negro, que con un cable especial podía conectarse al lado del volante de la camioneta donde nos trasladábamos. Un absoluto fiasco. La señal se iba casi todo el tiempo, sin importar los malabares que hiciéramos con la antena. Recuerdo que vimos México-Noruega en Tepatitlán, Argentina-Nigeria en Tequisquiapan, México-Irlanda en Querétaro. Por fortuna, la gira terminó antes de las semifinales. El día que aquel histórico Tricolor dirigido por Miguel Mejía Barón se jugaba el pase a la siguiente ronda frente a Italia, la hora del partido nos agarró en algún tramo carretero de San Luis Potosí; hicimos todo lo humana e inhumanamente posible para que la malhadada televisión nos brindara aunque fuera el más pálido informe a propósito de cuanto estaba sucediendo en el Memorial Stadium de Washington, hasta resignarnos con el consuelo de que, apenas llegáramos al siguiente punto habitado, la disposición de la gente revelaría por sí sola la verdad; no recuerdo cuál fue el siguiente pueblo, pero sí que al entrar en él nos acogió una fantasmal desolación, una desierta polvareda enseñoreada de las calles; “perdimos” fue la automática conclusión que brotó de nuestros labios, segundos antes de que un impresionante clamor viniera a disiparla: todos los habitantes estaban reunidos en la plaza principal, celebrando todavía el gol de Marcelino Bernal contra los italianos, que había proyectado a México hasta los octavos de final.

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