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Suecia 1, Suiza 0: Los remeros Vikingos

Martes 3 de julio de 2018, por Sergio J Monreal

Para la historia de la navegación en general, y de la ingeniería naval en específico, un punto de inflexión decisivo pasa por los aportes que realizaron árabes y chinos hacia la última parte del Medievo. Desde la incorporación de la brújula, hasta la sofisticada combinación de diferentes velas para aprovechar todo tipo de vientos, las revolucionarias innovaciones en materia de construcción y manejo de barcos durante dicho período abrieron la puerta para convertir la navegación transoceánica en una opción normal para cualquier potencia marítima, y ya no en la excepción delirante y medio suicida que había representado hasta entonces.

Ninguno de esos privilegiados adelantos técnicos formó parte de las naves vikingas.

La pequeña, maniobrable, femenina y redondeada carabela portuguesa, al aventurarse en las cálidas aguas sudamericanas, parecía en alguna medida estar adelantando ya de suyo el seductor talento gambetero del jugador brasileño promedio.

Los barcos vikingos, que asolaron y asombraron durante largo tiempo los inhóspitos mares del norte de Europa, y desde el viejo continente consiguieron arribar antes que nadie a aquello que a la vuelta de los siglos se convertiría en América, eran también a su manera una maravilla de ingeniería, pero de muy diferente y aun contrapuesta estirpe. Su titánica catadura, su bárbara belleza, su trazo más bien rectilíneo, revelan la extrema rudeza y las escasas sutilezas trasminadas por el paisaje natural de aquellas latitudes a los hombres y mujeres a quienes tocó afrontarlas, habitarlas, humanizarlas.

La actual selección sueca de futbol es una tripulación vikinga en toda forma, y sólo sabe de una: remar. Remar hacia el frente, como hoy durante los primeros quince minutos, donde sin mayores ideas (pero con obcecación tenaz) adelantó líneas y confinó a los suizos dentro de su propio campo, invirtiendo los roles que de inicio todos habíamos presupuestado en razón del mejor (corrijamos: menos malo) manejo técnico de los helvéticos. O remar hacia atrás, a una sola estentórea voz todos, sólidos, compactos, pétreos cual peñasco, trasladando a la cancha (aunque con mucha menos simpática gracia) el ya célebre modo islandés de animar desde la tribuna. O remar rápido, como lo exhibió aquel arranque en que atropellaron a los para su fortuna ese día del todo atropellables mexicanos; o aquellos temibles pero nada creativos contragolpes que tantos dolores de cabeza provocaron en los alemanes.

Pero sobre todo remar lento, en medio de la densa niebla, precaviendo al máximo cualquier inoportuno escollo. Concentrados, atentos y rudimentarios. Listos a partes iguales para el asalto contra la indefensa abadía de pronto advertida en el horizonte, o contra el inesperado dragón que dé en salirles desde el fondo de las aguas. La vida vikinga se poetiza desde la épica terminal, pero se vive desde la obcecada y poco espectacular voluntad de supervivencia.

Hoy el partido no parecía dispuesto a tolerar ningún atisbo de saga nórdica. Una vez establecido el monótono ritmo remero de cotidianidad superviviente por parte de los suecos, Suiza jugó a buscar el ligero protagonismo que se le había augurado desde la víspera… sin encontrarlo jamás. Jugando a perfil cambiado, su menuda, fortachona y hábil estrella Shaqiri se extravió todo el partido, hasta ahogarse, pegado a la banda izquierda. En la banda contraria, jugando también a perfil cambiado, Rodríguez hurgaba en sus orígenes chileno-españoles en pos de algún rescoldo de distinción creativa al cual apelar, pero equivocando siempre el gesto decisivo a la hora del regate, el pase o el remate.

La tenue dosis emotiva de este sosegado y tosco navegar vikingo en calma chicha, provino del accidente, de un azar más bien feo y desangelado. Disparo de Forsberg desde fuera del área (más por sacarse el compromiso ante la falta de otra opción que por otra cosa) que no llevaba ningún género de peligro, que iba a acabar refugiándose mansamente en el regazo del guardameta Sommer ya inclinado para recibirlo, pero en cuya trayectoria se cruzó por reflejo el infortunado pie derecho del central Akanji. Gol al minuto 66.

Y a partir de ahí una Suiza que agudizó la intensidad, pero se mostró por completo incapaz de enriquecer sus reducidos argumentos. Como si estuviera limitándose a poner en subrayado y con negritas una confesión de impotencia ya de antemano firmada.

Sigue adelante la tripulación vikinga. Rema que rema. Antes del mundial renunció a su más mítico pero más insoportable caudillo (su más privilegiada pero también más conflictiva prenda de excepción), en beneficio de esta arcaica, monótona y medio brutal democracia comunitaria. Hasta ahora le va saliendo. Serán en todo caso el paisaje y sus nunca elegibles inclemencias los que puedan en un momento dado disponerla en tesitura épica; por sí misma, no dispone de herramientas para ello: en su mundo nadie sabe todavía que ya se inventaron las carabelas.

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