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Divagares del primer asueto: Épica y ética

Sábado 30 de junio de 2018, por Sergio J Monreal

Buen Mundial hasta ahora. Con memorables cúspides climáticas, propias de primera ronda (aperitivos para el plato fuerte que es la eliminación directa). Y con grises simas para el olvido, como no puede ser distinto en un torneo cuatrianual de semejante magnitud.

Pero con una media de partidos y de equipos que han procurado en general, de acuerdo a sus respectivos recursos y argumentos, privilegiar el espíritu esencial del juego: la búsqueda del triunfo, el esfuerzo por marcar un gol antes que la precaución por no recibirlo.

La mezquindad resultará siempre inconjurable al cien por ciento, y considero que es bueno que así ocurra. Si a alguien no le interesa jugar, no jugará, por más estrategias reglamentarias que se le impongan a fin de obligarle a ello. Así lo demostraron con palmaria claridad a su turno Francia, Dinamarca, Colombia, Senegal, Japón. Partidos definitorios programados a la misma hora para conjurar toda especulación sospechosa, y que sin embargo arrojan como saldo a una selección capaz de echar por la borda el más elemental sentido de deportivismo (atrincherado en su propia mitad del campo con el marcador 1-0 en contra, Japón se conformó con aguardar que su rival en puntos no marcara gol), y en premio obtuvo el paso a la siguiente ronda gracias a un criterio denominado “fair play”.

No está mal, repito. Se trata de un debate consustancial al futbol. La ética contradicción donde se trenzan y reproblematizan interminablemente miedo y osadía, devenir y resultado, interés lucrativo y espíritu lúdico, mafiosa especulación en la calculadora y dignidad poética en la punta del pie. Y parte del sentido y la enseñanza implícitos en semejante dialéctica, aun cuando duela, pasan por la latente alternativa de que no siempre ganen los más buenos, los más bellos y los más dignos. Pero pasan también por las múltiples, irredentas, impredecibles modalidades que virtud, belleza y dignidad encuentran siempre para reivindicarse margen real, vigente utopía, opción a lo posible.

Según algunos testimonios, semejante debate está dirimiéndose ahora mismo, de modo privilegiado, al interior de la selección española: una de las grandes favoritas para alzarse con la Copa. Entre la defensa de una idea, respetuosa de las jerarquías pero madurada en igualitaria comunidad durante años, o su potencial y progresiva subordinación a algunas figuras individuales, dirime la Furia Roja no solamente su propio futuro sino (dada la decisiva influencia planetaria de su escuela durante los últimos quince años), hasta cierto punto, el destino del futbol profesional en el corto y el mediano plazos.

La inesperada eliminación de Alemania pasa a incorporarse de inmediato a ese mismo debate. Demasiado frescos se hallan todavía en la retina mediática el título de hace cuatro años, así como el futbol desplegado para conseguirlo, pero no son escasas ni menores las bocas ávidas de trasladar hacia el estilo de juego los reproches que actualmente se concentran en los jugadores y el cuerpo técnico.

En España pervive hasta la fecha quien se empecina en minimizar o de plano negar el legado de Cruyff y del Barcelona (“el pretendido Dream Team le debe su cadena de ligas al Tenerife antes que a sí mismo”, “nada de Guardiola, nada de Masía, nada de Messi, pura casualidad, espejismo y marketing”).

Se lamenta Eduardo Galeano en “El futbol y sol y sombra” por el modo en que tanto la exigencia muscular y atlética como la mesurabilidad cuantitativa (ese miope empeño por pretender establecer en términos de porcentaje estadístico la calidad de un jugador) terminó por convertir la gambeta, llamada moña por los uruguayos, en poco menos que una especie en extinción:

“—Para amasar, a la panadería.

La moña no sólo era una travesura permitida: era una alegría exigida.

Hoy en día están prohibidas, o al menos vigiladas bajo grave sospecha, estas orfebrerías…”.

Los detractores de España llevan casi tres lustros quejándose porque amasa y amasa. Pero como no hay escuela ganadora hacia la cual retroceder, el futbol hispánico parece contar con garantía de continuidad para esta misma línea (no importa de momento qué tan pura o qué tan pervertida en el porvenir inmediato).

Alemania, por el contrario, tiene un vasto pasado triunfador donde con recurrencia le tocaba ser el villano, donde los panaderos amasaban enfrente; donde la técnica, la elegancia y la belleza le pertenecían siempre al rival. Para muestra, dos de sus botones de lujo: el triunfo en la final de 1954 sobre la rapsodia húngara de Puskas, el triunfo en la final de 1974 sobre el Futbol Total de la Naranja holandesa y Cruyff. Tradicionalmente, lo importante tratándose de Brasil era cómo ganaba, mientras lo importante tratándose de Alemania era que siempre ganaba (y el “cómo” pasaba en automático a segundo término).

¿Cuánto va a tardar la mediocre convicción de que ganar es lo único en reconquistar la identidad de naciones futbolísticas históricamente propensas a ella, disponiendo como algo secundario el de qué manera y desde cuál lugar se gana, tal quedó erigido dominante paradigma durante el último cuarto del siglo pasado?

De momento sigue pesando en demasía la contundente lección española de que siempre está más cerca de ganar el que juega mejor, y de que jugar bien deriva más temprano que tarde en jugar bonito. La belleza siempre se ha vendido bien, y si gana se vende todavía mejor, pero que no nos engañe la armoniosa dualidad que belleza y victoria han tendido a integrar en la época reciente (como lo hiciera entre 1958 y 1970 de la mano de Brasil). Lo normal ha sido que se les tome como términos más bien contrapuestos, que exigen optar de modo excluyente por uno o por el otro. Aunque todavía entre dientes y sin aventurarse al franco envalentonamiento, ya vuelven a menudear por aquí y por allá los resucitadores del cretino conformismo como sinónimo de sentido común: “dirán lo que quieran, pero el vigente campeón de Europa no es ninguno de los que intentan jugar bonito, sino el que se descaró y descara para jugar más feo”.

Por importante que sea, desde una Eurocopa aislada resulta difícil marcar tendencia. Pero donde en una de esas acabe coronándose campeón mundial un Portugal jugando a la actual portuguesa (o cualquier cuadro con esa misma tendencia), los vampiros volverán a salir de las catacumbas, exultantes.

Comienzan las rondas de eliminación directa. Comienza pues la épica. Pero convendría que su intensidad no invisibilizara el debate ético en torno a su propia identidad futura, que el futbol mundial estará acometiendo partido a partido con ella; desde el primer partido de los octavos, hasta el día de la final en el estadio Luzhnikí de Moscú.

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