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España 2, Marruecos 2. Portugal 1, Irán 1: Un ojo al gato y otro al garabato

Martes 26 de junio de 2018, por Sergio J Monreal

Redactar una crónica digna de lo sucedido en la definición del Grupo B, exigiría las capacidades polifónicas de un Carlos Fuentes en su mejor forma. Tal la cantidad de temas narrativos a realzar. Tal la cantidad de dramas individuales, colectivos y hasta nacionales involucrados. Tal el desarrollo del argumento mutuamente trenzado por cuanto en simultáneo sucedía en Kaliningrado y Saransk. Tal el intenso y sincrónico clímax durante los minutos finales.

Si en principio cada cual habrá elegido sin duda uno de ambos partidos según sus filias, morbos y fobias, conformándose con ir recibiendo informaciones complementarias dentro de la misma transmisión a propósito de lo que sucedía en el otro frente, llegó un punto donde resultó del todo imposible no bifurcar con una voluntad medio estrábica la atención, la emoción, el asombro y el febril cálculo matemático.

La mayoría de los medios deportivos se habían permitido augurarle a la jornada un sabor de puro trámite: España vencería con alguna holgura a Marruecos, Portugal vencería con lo justo a Irán, y así pasarían sin apuros como primero y segundo de grupo.

El único elemento de la ecuación que se cumplió fue el último: España pasó como primero y se medirá con Rusia, Portugal pasó como segundo y se medirá con Uruguay. Y a algún despistado podrá parecerle que eso es lo único que importa, pero la verdad es que hoy las formas exhibidas obligan a reajustar expectativas y pronósticos. Las dos escuadras ibéricas salen debilitadas de su respectivo tercer choque, en una proporción que antes del silbatazo inicial hubiera sido muy difícil de prever.

Sale debilitado Portugal, no porque haya dado un partido más flojo y timorato que ante los marroquíes, privilegiando una usurera economía apenas paliada por el exquisito remate de tres dedos (marca registrada) del veterano Ricardo Quaresma. Ni siquiera porque en los instantes finales, ya empatado el marcador y lanzados los iraníes con todo en pos de la victoria, se haya quedado a sólo unos cuantos centímetros de la eliminación. Portugal sale debilitado porque su principal (a menudo único) activo para posicionar esa grisura en pos de los primeros puestos, es decir, la entereza competitiva y mental de Cristiano Ronaldo, transitó un grave capítulo de crisis, bajo ningún concepto susceptible de minimizar o sacarle la lengua. Si hace dos años el equipo pudo sobreponerse en la final contra Francia a la lesión tempranera de su astro, hay que decir que privándole de Cristiano desde cualquiera de las instancias previas, Portugal jamás habría conseguido ser campeón de Europa. Y es que lo ha apostado todo a una sola carta: que Cristiano no se equivoque.

Hoy, la ya madura y experimentada figura del Real Madrid, volvió a exhibir flaquezas y desequilibrios propios de su etapa de joven promesa en el Manchester United. La falla del penalti y la jugada en que pudo ser expulsado no admiten serle dispensadas, en razón del rol que él mismo ha aceptado asumir. Son otros, y no Messi, quienes han establecido que Messi no puede fallar; pero es el propio Cristiano quien ha establecido que él no puede fallar, y sobre ese acuerdo ha consentido que Fernando Santos construya íntegro el actual proyecto de la selección lusitana. ¿Quién puede garantizar a partir de ahora lo que bajo presiones mayores pueda ocurrirle a CR7, cuando no estemos hablando del partido definitorio de la fase de grupos ante Irán, sino de los octavos ante Uruguay, los cuartos ante Croacia o la semifinal frente a Brasil? Acá no están para cubrir sus lapsos de desaparición y ausencia ni Bale, ni Kroos, ni Marcelo , ni Modric, ni Ramos.

Ha salido debilitada España, no por los escasos arribos de gol que generó durante los últimos dos juegos pese a sus abrumadores dominios; eso forma parte de una elección y un estilo; se trata de una seña identitaria que desesperó y disgustó a muchos desde hace una década, incluso cuando España ganó su Mundial y sus Eurocopas. Y ver los dos magistrales goles que hoy, mientras transitaba zozobras, mientras estaba contra la pared, fue capaz de construir, vuelve absurda la sugerencia de que esta selección no tiene ataque ni definición. El problema, y grave, son las insólitas pifias individuales de varios de sus emblemas, su alarmante fragilidad defensiva, y la absurda necedad de sostener a de Gea en la portería, cuando resulta a todas luces nítido que el error en el debut lo hundió anímicamente y no se puede recuperar. La prensa española sugiere que el partido frente a Portugal fue bueno porque Lopetegui lo dejó ya diseñado, y que a partir de ahí la nave va derivando sin timón pese a su tripulación de privilegio. El partido del domingo contra Rusia parecería una buena, providencial oportunidad para que España se cimiente en sus virtudes, corrija errores y ajuste lo que haya que ajustar; no debería tener problemas para despachar al equipo anfitrión. Pero durante los últimos días todo el mundo se la pasó repitiendo que no iba a tener ningún problema con Marruecos.

En cuanto al VAR, tengo la impresión de que la propia FIFA está algo sorprendida de la favorable tensión espectacular que la revisión arbitral por video es capaz de procurar en determinados casos. Conocida es de sobra la efectividad dramática y comercial de las revisiones televisivas en los juegos de la NFL, pero se desconfiaba de la afectación que un recurso análogo podía representarle a la continuidad de un deporte tan distinto como el futbol. Y es cierto que en algunos encuentros el VAR ha sido por instantes más engorroso que útil; pero en general ha salido favorablemente librado en la percepción general. Lo de hoy, sin embargo, se cuece aparte. El azar quiso que, al mismo tiempo, debieran revisarse sendas jugadas polémicas, con la posición de primero y segundo lugar de grupo todavía en al aire, y con Irán colocado en la potencial situación de aguarle la fiesta a alguno de los favoritos: gol anulado en Kaliningrado a España, posible penal a favor de Irán en Saransk. Y a saber cuántos millones de espectadores alrededor del mundo, en ese mismo momento, de ahí hasta el final de ambos partidos, con un ojo al gato y otro al garabato. Fue emocionante, fue algo nuevo, contabilizó a partes iguales en beneficio de la justicia y del drama. Pero quién sabe hasta dónde sean capaces de llevar en un futuro los dueños del balón (hay que ver la cara de tedio, ignorancia y lejanía de Infantino en cada estadio donde se presenta a presenciar un partido), y con cuales efectos, el potencial lucro recién hallado en el juguetito.

Una postrer mención a los dos dignísimos equipos que hoy se despidieron. El futbol árabe, lo mismo de Asia que del norte de África, y a pesar de su temprana y masiva eliminación en todos los grupos, ha sido una agradable sorpresa para la Copa.

Foto Mundo Deportivo

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