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Bélgica 5, Túnez 2: Miénteme más

Sábado 23 de junio de 2018, por Sergio J Monreal

Dinamarca llegó en 1986 al Mundial de México sin ningún género de ruido, sin mayores referencias previas, sin especial cobertura por parte de la prensa. Su triunfo inaugural ante Escocia no acaparó demasiados titulares, en razón de lo mucho que había que cotidianamente decir a propósito de los eternos candidatos y de sus figuras (Maradona, Zico, Platini, Rossi, Rummenigge). Hasta aquella tarde del 8 de junio, en el estadio de Neza, cuando hizo pedazos al Uruguay del “Príncipe” Francescoli y el “Polilla” da Silva al son de 6 por 1, desplegando un futbol espectacular, vistoso, alegre, vertical, deslumbrante. Los daneses pasaron a convertirse en inesperados favoritos, en nota principal de los programas deportivos, en celebradísimo caballo negro propicio a los más favorables augurios; y acabaría por completo consolidada en dicha posición cinco días más tarde, luego de que en el flamante estadio Corregidora de Querétaro derrotara nada menos que Alemania (la inminente bi-subcampeona) por un inobjetable 2-0. No eran pocos los que en ese momento ya veían la bonita camiseta de los nórdicos en la final, sugiriendo que lo único por definir era quién sería su rival. Pero Dinamarca se fue de aquel Mundial en el primer juego de la segunda ronda, goleado por España en la más grande tarde de gloria de Emilio Butragueño.

La actual selección de Bélgica, por el contrario, venía siendo candidateada como caballo negro desde antes de que concluyera la eliminatoria, aparece encumbradísima en el ranking de FIFA y comparte nicho de privilegio en las casas de apuestas junto a Alemania, Brasil y España. Y sin embargo, a mí no puede más que recordarme a aquella Dinamarca.

Bélgica ha goleado en sus dos partidos, regalando estéticas e inspiradas estampas tanto colectivas como individuales, tiene varios jugadores que derrochan talento y creatividad, va en camino de situarse en la ronda de octavos de final con los mejores números del torneo. Y, a reserva de lo poco o lo mucho que pueda mejorar Inglaterra para su cita de mañana contra Panamá, no parece que de momento la tendencia vaya a ser revertida.

Sin embargo, yo a Bélgica no le creo. Me gusta, pero no le creo. Como a alevosa novia de secundaria. Romántico el asunto, pues.

Será por eso que durante todo el trámite del encuentro contra Túnez me venía una y otra vez a la cabeza la letra de aquel mítico bolero: “Voy viviendo ya de tus mentiras, /sé que tu cariño no es sincero, / sé que mientes al besar / y mientes al decir te quiero”.

Veo a Bélgica sobre la cancha, veo su vocación ofensiva, su técnica depurada, su privilegiada capacidad para el inspirado cambio de ritmo en las zonas de creación y de definición. Y quiero creer. Pero entonces veo también su extrema fragilidad defensiva, la facilidad con que le llega al área para crearle numerosas ocasiones de peligro un Túnez para nada malo (digno acompañante de los méritos del resto de las selecciones musulmanas ya junto con él eliminadas), pero tampoco nada del otro mundo. Y paso de inmediato a recordar los tres goles encajados durante el amistoso de hace algunos meses contra México. Y paso a recordar su tradicional achique con la llegada de presiones, responsabilidades e instancias mayores.

Y se me reafirma la impresión de que, por más hermosas promesas de amor que nos prodigue, esta Bélgica no tiene intención alguna de formalizar noviazgo con nosotros, de que lo que le viene bien es que quedemos para siempre como amigos.

Y para documentar la suspicacia, la cautela y el platónico suspiro de resignación, no hace falta en modo alguno retroceder a la prehistoria, en busca de los apenas plateados días de aquella selección encabezada por el extraordinario guardameta Jean Marie Pfaff y el eterno mediocampista Enzo Scifo. Para aceptarle en calidad de máxima complacencia y máxima recompensa ese beso en la mejilla con que Bélgica nos roza apenas la esquina de los labios, basta retroceder nada más dos años, a la Euro de Francia; este mismo cuadro, estos mismos jugadores, ya para nada inexpertos (su bautismo de novatos había sido en Brasil 2014), llegaron en calidad de favoritos: y se fueron sin pena ni gloria en cuartos, echados por una selección de Gales que tendrá a Gareth Bale, pero seamos sinceros, no tiene prácticamente nada más.

No obstante todo ello, cuando Bélgica le otorgaba una pausa a sus bellas, agradabilísimas mentiras; y amagaba bostezar, adormecerse, mirar el reloj lo mismo que cualquier caprichosa muchacha de catorce años lista para ir a encontrarse con el siguiente casi-novio de la lista, había por fuerza que completar la letra de bolero, impostando una media sonrisa en nuestro rostro, dándole alguna descuidada palmadita de apapacho al corazón (siempre tan presto a espejismos): “mas si das a mi vivir / la dicha con tu amor fingido, / miénteme una eternidad / que me hace tu maldad feliz”.

Y la imposible muchacha enmascarada de posible no se hacía del rogar. Contestaba siempre, dentro de los estrictos e infranqueables límites del libreto previamente establecido entre nosotros. Correspondía con magnanimidad, acaso complacida por nuestra ingenua devoción, por nuestro fácil contento. Hasta llenarnos de goles, volátiles prestidigitaciones y vanas promesas los ojos, el pecho y la canasta.

En instancias mayores la quiero ver.

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