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¿Puede un proyecto de arte en Bruselas ayudar a los refugiados a sobrellevar el peso del tiempo?

Lunes 19 de febrero de 2018, por Admin2

Foto: Voluntarios en la casa que alberga el proyecto Cinemaximiliaan en Molenbeek, Bruselas el 23 de julio de 2017. (Omar Al-Samarai)

Por: Sulaiman Addonia

“El tiempo es como el oxígeno. Demasiado te mata”, dice Mustafá, un refugiado de Afganistán de 25 años que juega al kamanja y espera la decisión del Gobierno belga sobre su caso.

Mustafa es uno de los cinco refugiados artistas que conocí en Cinemaximiliaan, un cine y espacio artístico pop-up gestionados por refugiados, principalmente para refugiados (así como la comunidad en general), en el barrio de Molenbeek, en Bruselas. Aunque los voluntarios son de países diferentes, están unidos por el arte. Todos esperan la resolución de sus casos y su incierto destino está en manos de funcionarios de inmigración belgas.

Desde septiembre de 2015, Cinemaximiliaan proyecta películas en un campamento improvisado de refugiados en el parque Maximilian cerca de la Estación Norte de Bruselas, un centro neurálgico de transporte de la ciudad. Entre agosto y octubre de 2017, entre 500 y 1.000 solicitantes de asilo de países como Sudán, Eritrea y Siria dormían en el parque y la estación. Como esperaban que la oficina de inmigración los registrara, no tenían derecho a solicitar ayuda federal y, por lo tanto, dependían totalmente de la ayuda de ciudadanos y ONG.

Antes de los meses más fríos de invierno se vació el parque y muchos de los migrantes ahora viven en un centro de acogida cercano. Para algunos, Cinemaximiliaan sigue ofreciendo un apoyo crucial. “Intentamos dar a los recién llegados un sentimiento de bienestar y seguridad durante las noches largas y oscuras”, dice Gwendolyn Lootens, que fundó la organización sin ánimo de lucro con su pareja, el también artista y realizador, Gawan Fagard.

El edificio en el que Gwendolyn y Gawan viven, trabajan y ocasionalmente proyectan películas es un espacio cálido y acogedor. También acogen a refugiados, durante una noche o a veces más tiempo, mientras esperan a ser trasladados a un alojamiento más permanente.

Más que nada, Cinemaximiliaan es un lugar donde se trata de comprender el tiempo, no la escasez sino la abundancia, y de aliviar su peso sobre los refugiados. Me pregunto: ¿es posible que en este lugar situado en el corazón de Molenbeek – una zona que los medios convencionales asocian a hombres jóvenes vagos y peligrosos a los que constantemente se aísla como ‘otros’ – se encuentren soluciones a los peligros de ‘tener demasiado tiempo’?

Gawan me prepara un café mientras Alí, un pintor iraquí, y Mustafá van de un lado para otro de la cocina, ajetreados, preparando exquisitos platos orientales. Diferentes aromas me envuelven mientras la pareja belga habla con los recién llegados, sentados alrededor de la larga mesa. Las risas resuenan en la sala.

Sin embargo, estoy alerta. Llegué al Reino Unido como refugiado en 1990 y recibí tanto amabilidad como lástima, por lo que estoy en guardia. Recuerdo vívidamente cómo esta amabilidad me hizo sentir a veces que se me trataba con condescendencia y paternalismo.

Me bebo a sorbos mi café solo y miro por la ventana. La lluvia va disminuyendo. Y mientras esperamos que llegue un matrimonio, Batul y Reza, ambos pintores de Afganistán, Gwendolyn habla del espacio. “Es hora de que se valore su tiempo”, dice, revelando que su marido y ella están filmando una película sobre uno de los refugiados.

Tengo ganas de que los propios refugiados me cuenten sus historias, en lugar de ser el sujeto de las historias de otros. Volvemos a la cocina. Suena el timbre. Todo el mundo ha llegado. Gwendolyn propone que vayamos al salón del piso de arriba. Cuando entramos, vislumbro una estantería llena de libros de países como Irak y Egipto. Quiero decirle a mi anfitriona que quien abre su casa a libros procedentes de otros países también está dispuesto a aceptar el mundo.

“Es como estar en la cárcel”

Lubnan, un refugiado iraquí, sale despeinado de una de las habitaciones de la planta reservada a los invitados. Son casi las once de la mañana. Me pregunto por qué ha dormido tanto.

Creo que la presión del tiempo se paraliza en el momento que llegas a Europa como refugiado, tal y como recuerdo de mi propia experiencia cuando llegué a Londres. Tener tiempo ilimitado por delante te abruma y limita tus facultades.

En esa época, durante los primeros meses, pasé mucho tiempo esperando la decisión del Ministerio de Interior. Como no podía trabajar, deambulaba, sin saber realmente qué hora era. Disponía de mucho tiempo, pero era irrelevante, por lo que deseaba poder dar un poco de ese tiempo a los muchos ingleses e inglesas que siempre parecían ir corriendo a otro sitio.

Parece que no ha cambiado mucho desde que fui solicitante de asilo hace tantos años. “El tiempo del que dispongo me afecta demasiado”, me cuenta Alí en árabe. “Tengo que esperar”, dice. “Es como estar en la cárcel, como si hubiera cometido un delito”.

Y desde su celda abierta en Bélgica, a la que llegó huyendo de la guerra, observa, encadenado al tiempo. “Veo pasar las horas”, dice, moviendo el dedo como la aguja de un reloj. “Y sé que nunca las recuperaré”.

“Para mí, lo más duro fue esperar”, le digo a Alí, antes de preguntar al grupo cómo pueden concentrarse en sus obras de arte en esta situación. Mustafá responde con metáforas llenas de sabiduría. “He aprendido a moverme en esta situación”, dice el jugador de kamanja. “Es como conducir un coche por una carretera de montaña en Afganistán. Me centro en la carretera delante de mí porque si sigo mirando los retrovisores todo el tiempo, puede que se sea mi fin”.

Los comentarios fatalistas no son exagerados. El dolor se multiplica cuando se recuerda detalladamente el viaje realizado para llegar a este “lugar seguro”: “Llegué a Grecia desde Turquía en una embarcación, como el resto de los inmigrantes. Desde allí crucé Macedonia, Serbia, Hungría y Alemania para estar aquí, en Bélgica”, explica Alí.

A pesar de todos los riesgos que corrió, el tiempo creado por la espera parece igual de peligroso. Algunos peligros, como las profundidades del Mediterráneo, no se ven inmediatamente. “Estoy atrapado”, dice Alí, con dolor en sus grandes ojos. “Estamos en un país libre, pero no tenemos libertad”.

Lubnan asiente con la cabeza. “En casa, nunca tenía tiempo para tomarme vacaciones”, me dice en árabe. “Nunca tenía tiempo para relajarme. Aquí, tengo demasiado. Y esperar demasiado es como llevar a cabo una actividad física. Estoy agotado y cansado, a pesar de que en realidad no hago mucho”.

¿Demasiado o insuficiente?

Pregunto si los belgas son tan libres como creemos. “Sí, tal vez el tiempo también es una cárcel para ellos”, diced Reza. Gwendolyn está de acuerdo. “Antes, para mí el tiempo era un bien preciado. Tenía tan poco. Siempre iba con prisa. Decía a todo aquel que me escuchara: ‘No tengo tiempo. Estoy ocupada’. Solía protegerlo, igual que protegía mi intimidad”.

Ahora es lo contrario. Su intimidad y su tiempo se han convertido en algo que compartir. Abriendo sus puertas a los recién llegados se ha dado cuenta de que compartir parece servir de inspiración a su creatividad y la de su marido. Su arte prolifera, tanto que “me gustaría tener más tiempo”, como dice irónicamente Gwendolyn.

¿Qué piensan los demás? ¿Afecta tener tanto tiempo a su arte? Hay una divergencia de opiniones. Batul dice que demasiado tiempo no es malo. Explica que sin el tiempo que tenía, y que sigue teniendo, no se habría convertido en pintora. En este nuevo país, “tener demasiado tiempo” le ha permitido reflexionar y convertirse en artista.

Recordar a las personas que dejó atrás le ha llevado a buscar un pincel y pintura. “Quiero contar historias sobre las mujeres de mi país”, dice. “Quiero luchar por ellas”. Para Batul, el arte es un idioma que se alimenta del exceso de tiempo. Ve el tiempo como algo que debe superarse, en lugar de sentirse abrumado por ello. Crea arte de forma activa, incluso en el lugar ruidoso y lleno de gente en el que vive. “He descubierto que el silencio no está alrededor de ti, sino dentro de ti”.

Alí coincide con ella. Me enseña uno de sus cuadros en el móvil. Es de un músico que toca el contrabajo, detrás de una red. Puede que esté atrapado, pero sigue creando arte, a pesar del dolor visible en su comportamiento.

Gwendolyn, claramente inspirada, sonríe y dice: “Nuestro Gobierno tiene que motivar a los recién llegados, darles recursos”.

“Y tratarnos como seres humanos”, dice Batul. “Me dan 7 euros a la semana. ¿Cómo puedo vivir con eso?”

Mientras me preparo para irme, me dicen que Cinemaximiliaan va a poner en marcha unas prácticas para refugiados artistas. “Pero queda trabajo por hacer”, dicen los artistas, casi al unísono.

Me pregunto si el Gobierno responderá a sus peticiones y tratará de aliviar el impacto paralizador que tiene la espera de una decisión en los solicitantes de asilo. Los hombres y mujeres que he entrevistado no son solo refugiados. Son artistas, personas con ambiciones. Están dispuestos a trabajar y a utilizar el tiempo del que disponen, para cumplir los sueños que han sido obligados a postergar.

“El tiempo”, como dice Alí, “no se detiene. Como los pájaros que buscan la libertad, sigo mi camino. Busco un nuevo futuro”.

Oigo risas detrás de mí mientras cierro la puerta. Salgo del piso y abro el paraguas, justo a tiempo para la lluvia, que vuelve a caer.

Este artículo ha sido traducido del inglés.

Este artículo una versión editada de un artículo publicado originalmente en holandés en la revista cultural flamenca Rekto:verso.

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