Publicado en línea el Viernes 10 de noviembre de 2017, por amalia

Esther Vivas - Consejo Científico de ATTAC España

La noticia no abre informativos ni ocupa grandes titulares, pero su impacto en nuestra vida cotidiana es importante; tanto, que acabará decidiendo qué comemos. El polémico acuerdo comercial entre la Unión Europea y Canadá, más conocido por sus siglas en inglés CETA, ya se está aplicando provisionalmente en todo el continente. Carne tratada con hormonas y promotores de crecimiento, colorantes alimentarios prohibidos hasta el momento o manzanas y salmones transgénicos son algunos de los controvertidos alimentos que nos trae.

El CETA entró en vigor el pasado 21 de septiembre, aunque no ha sido ratificado aún por la mayoría de los estados miembros. El Congreso de los Diputados sí lo hizo a finales del mes de junio, con los votos a favor de PP, Ciudadanos, PNV y PDECat, que en esta ocasión, como en tantas otras en materia económica, no dudó en cerrar filas al lado de los populares. Unidos Podemos, ERC, Compromís y EH Bildu, por su parte, votaron en contra, y el entonces nuevo PSOE de Pedro Sánchez quiso mostrar sus diferencias con una abstención que dio mucho que hablar, aunque las discrepancias con el Gobierno han durado más bien poco. Hace unos días, el 27 de octubre, el CETA superó el último trámite: su ratificación en el Senado. Una información que pasó sin pena ni gloria, ya que el mismo día se daba luz verde a la aplicación del artículo 155 en Catalunya.

Pero ¿qué es el CETA? Se trata de un tratado de libre comercio que, del mismo modo que otros que se están negociando, como el TTIP con Estados Unidos, pretende supeditar la política de los estados a los intereses de las grandes empresas, con la imposición incluso de tribunales internacionales de arbitraje que pueden decidir por encima de la voluntad de los parlamentos. Lo que se nos vende como una oportunidad es en realidad puro negocio para las multinacionales del sector.

¿Y qué nos traerá el CETA al campo y a la mesa? La ganadería de carne de vacuno y de porcino y el sector de la leche serán los grandes perjudicados. Se espera la llegada de dichos productos procedentes de Canadá sin pagar ningún tipo de arancel. Las denominaciones de origen también saldrán perdiendo, ya que el CETA protege a menos del 15% de las registradas, según indica el informe El acuerdo CETA y la agricultura del sindicato agrario COAG y la oenegé Entrepueblos. La denominación orange Valencia, por ejemplo, que ya existe a día de hoy, podrá seguir utilizándose por parte de empresas canadienses independientemente de donde vengan sus naranjas.

Estándares inferiores a los europeos

Nuestra dieta es otra de las damnificadas debido a la reducción de los estándares de seguridad alimentaria, ya que el CETA busca igualarlos con los de Canadá, que son inferiores a los europeos. Productos que hasta el momento estaban prohibidos en la Unión, como la carne producida con hormonas y promotores de crecimiento como la ractopamina, algunos alimentos transgénicos o determinados colorantes alimentarios, se servirán en el plato.

En Canadá, los cerdos y el ganado vacuno pueden ser medicados con ractopamina, un fármaco usado como aditivo alimentario para conseguir un mayor engorde del animal y más beneficio económico para la industria ganadera. En la UE, su utilización y la importación de animales tratados con el mismo está prohibida, al igual que en otros 156 países, al considerarse que no hay datos suficientes que permitan descartar riesgos para la salud humana. Sin embargo, en Canadá, y también en EEUU, se utiliza.

Transgénicos sin etiquetar

La entrada de nuevos alimentos transgénicos es otra de las consecuencias. Si bien ya importamos algunos, mayoritariamente pienso para el ganado, el CETA significa la llegada de otros nuevos. En Canadá se producen manzanas y salmones modificados genéticamente, que ahora podrían aterrizar en la mesa. Con el agravante de que, como consumidores, ni siquiera llegaríamos a saberlo, pues según la legislación canadiense, a diferencia de la europea, no es obligatorio etiquetarlos.

Colorantes alimentarios vetados en Europa pero permitidos por la legislación canadiense, con el CETA podrían encontrarse en la comida. Se trata del fast green FCF o el citrus red n.2, según indica un informe de varias oenegés europeas. Además, Canadá no obliga a identificarlos como tales en la etiqueta, y con el genérico nombre de «colores» es suficiente. Difícil, entonces, saber qué comemos.

Desde la campaña estatal No al TTIP, CETA y TiSA, que suma más de 350 asociaciones sociales, sindicales y políticas, se lleva años denunciando estas consecuencias. Ya va siendo hora de que les escuchemos.

 

Publicado en el Periódico

esther vivas


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