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Violencia en Argentina (XLIV): El primer muerto de Kirchner

Lunes 8 de mayo de 2006, por Carlos O. Antognazzi

El Gobierno finalmente consiguió un muerto en Santa Cruz, provincia del Presidente. Es una paradoja, porque el principal objetivo de Kirchner fue diferenciarse de Eduardo Duhalde, que luego del asesinato de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki en junio de 2002 en el puente Pueyrredón debió adelantar las elecciones. La del suboficial Jorge Sayago fue una muerte anunciada. Sólo restaba saber el nombre del occiso, la ocasión, el lugar. El contexto ya estaba orquestado por el Gobierno al estimular prácticas delictivas y predicar la brutalidad con el ejemplo.

Violencia en Argentina (XLIV):

El primer muerto de Kirchner

El Gobierno finalmente consiguió un muerto en Santa Cruz, provincia del Presidente. Es una paradoja, porque el principal objetivo de Kirchner fue diferenciarse de Eduardo Duhalde, que luego del asesinato de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki en junio de 2002 en el puente Pueyrredón debió adelantar las elecciones. La del suboficial Jorge Sayago fue una muerte anunciada. Sólo restaba saber el nombre del occiso, la ocasión, el lugar. El contexto ya estaba orquestado por el Gobierno al estimular prácticas delictivas y predicar la brutalidad con el ejemplo.

En Las Heras hay dos dirigentes enfrentados: el titular del sindicato petrolero de Santa Cruz, Héctor Segovia, que fue electo con el 82 % de los votos, y quien perdió esas elecciones, Mario Navarro. Los petroleros reclaman mejoras salariales, que son atendibles salvo por un detalle: mientras ellos cobran entre 3500 y 5000 pesos por mes, un maestro en Santa Cruz apenas llega a 800, como el policía asesinado. El costo de vida es igual para todos, pero para algunos es menos igual. Esa diferencia, que ha potenciado la inflación, sumado a los habituales aprietes de los petroleros, es lo que indigna. Y otra paradoja: el conflicto comenzó a urdirse hace años, cuando YPF se convierte en Repsol YPF. Fue Kirchner quien apoyó con su voto esa privatización.

Irresponsabilidad gubernamental

La violencia se articula de diversas formas, algunas solapadas y elusivas: las palabras, los discursos, los gestos. El dejar hacer es también una forma de violencia que se ha enseñoreado en Argentina en los últimos años.

En agosto de 2005 ocurrió en Chaco un episodio que no fue debidamente considerado: unos piqueteros dispararon con tumberas a camioneros que procuraban atravesar el corte de la ruta, y hubo un herido. Aníbal Fernández insistía con la hipocresía falaz del dogma K: «Nosotros hemos elegido como estrategia actuar por la vía pacífica, sin heridos y sin muertos» (sic. La Nación, 18/08/05, p. 06). Fernández, y el Gobierno todo, confunden pacifismo con autismo, delito con justicia. ¿Cambió en algo el Gobierno luego del camionero herido? No. Al no interpretarse ese disparo se llegó al crimen de Las Heras. Es nuestro sino: por no actuar frente a los 17 muertos de la confitería Kheyvis en diciembre de 1993 se llegó a los 200 de Cromagnón en diciembre de 2004. Y porque Argentina es corrupta la causa de Kheyvis prescribió hace dos semanas.

El rubicón que establece para un gobierno un primer muerto puede significar la diferencia entre el cielo o el infierno. Desde que asumió, Kirchner ha estado coqueteando impúdicamente con los piqueteros, inspirando formas de protestas delictivas e inconstitucionales en detrimento de la calidad de vida y los derechos de los demás ciudadanos. Ha llegado incluso a utilizar esa “mano de obra desocupada” en beneficio propio y contra firmas extranjeras, como cuando llamó a hacer un boicot contra Shell y fueron tomadas varias estaciones de servicio en distintas partes del país, impidiendo que los ciudadanos pudieran elegir dónde cargar nafta. Kirchner ha hecho de la coerción su fuerza, y eso lo distancia cada vez más de la democracia y lo acerca peligrosamente al dictador enano que parece cobijar. El ejemplo que ha brindado el Presidente es el del patrón de estancia. Ahora Santa Cruz premia su irresponsabilidad.

El suboficial Sayago

Tolerar el delito una vez basta para entrar en el terreno ambiguo de la precariedad jurídica. No hay razones para quien se distancia de la justicia y la ley, y sí un creciente temor porque el ámbito elegido reniega de reglas claras y participa de la violencia del que pega primero. Es lo que le ocurrió a Sayago, que procuró entrar en la comisaría de Las Heras para cumplir con su trabajo. Otros, entendiendo que el encarcelamiento de Navarro era injusto, se ampararon en el anonimato de la multitud y lo asesinaron.

No se trata de hacer amarillismo, pero es importante conocer la secuencia de hechos que provocaron la muerte a Sayago. Primero, el suboficial recibió un tiro en la espalda. Luego, ya en el suelo, fue acuchillado (la perforación le atravesó el estómago). Luego, alguien le sacó el casco protector y le partió el cráneo con un fierro (hubo pérdida de masa encefálica). Por un lado, esta secuencia señala una voluntad que no puede deberse al frenesí de la protesta, y refleja un barbarismo primario, de perversión animal. Son hechos consecutivos, que requieren de cierto tiempo para llevarse a cabo. No puede alegarse “emoción violenta” con una persona que yace herida en el suelo (también en Ferrugem, Brasil, otro argentino mató a Ariel Malvino, que estaba herido en el suelo). La exageración, la saña y la crueldad son patrimonio nacional, y requieren de un análisis cuidadoso.

Por otro lado, no actuó un solo asesino. Difícilmente una sola persona pueda hacer estas cosas. El que disparó recibió ayuda de otros, así que hay varios culpables y no uno solo. Esta hipótesis se refuerza con los tres disparos que recibió la ambulancia que llegó para auxiliar a Sayago, con los dos que recibió otro policía que intentó ayudarlo, que hoy está hospitalizado, y con los 130 que ostenta la comisaría. Los asesinos están libres, mimetizados en esa multitud que impedía el ingreso de la ambulancia que llegó para recoger al suboficial agonizante. Sayago murió cuando se lo trasladaba a Comodoro Rivadavia, como un perro.

Los asesinos son conocidos por la ciudadanía. Fueron vistos por varios centenares de personas que esa noche protestaban frente a la comisaría. El pacto de silencio de los petroleros y el temor de otros es lo que impide ahora que la justicia actúe como corresponde. Algo no funciona en la lejana Santa Cruz, así como algo no funciona en la Argentina. Los bárbaros que asesinaron a Sayago tuvieron su recompensa sólo dos horas después de haber iniciado el asedio a la comisaría: la justicia ordenó la liberación de Navarro «para descomprimir la protesta». La ignominia permanece: si la protesta es suficientemente violenta, la justicia cede. En Argentina impera la ley del más obtuso. Nunca la del código (salvo para ladrones de gallinas) ni de las cosas justas. La vergüenza de una justicia temerosa que reniega de su función ha dado la vuelta al mundo. ¿De qué derechos humanos habla el canciller Taiana?

Apoyaron la revuelta los concejales Roxana Totino y Teodoro Camino, y el diputado nacional José Córdoba. Todos son kirchneristas. ¿Qué dirá el Presidente de esta presencia de su propio partido, su propia línea dentro del partido y en su propia provincia? La muerte de Sayago quizás sirva para ilustrar a la ciudadanía sobre la realidad de Santa Cruz, que Kirchner procura imponer en todo el país con la anuencia de una seudo izquierda setentista que provoca tristeza en los intelectuales serios.

El “señor” Kuperman

Resulta llamativo que Kirchner avale el accionar policial en Las Heras y que con la misma naturalidad le dé un puesto en el Gobierno al piquetero adicto Luis D’Elía, que destruyó la comisaría 24 de La Boca y que no fue juzgado porque sus colegas diputados no le retiraron los fueros. Hay diferencias, claro: en La Boca la policía entregó la comisaría ante la imposibilidad de solucionar la situación, y las huestes de D’Elía la destrozaron a gusto durante horas. En Las Heras, en cambio, la policía se defendió con bala de goma, mientras los petroleros dispararon balas de plomo. En Las Heras, además, murió Sayago.

Kircher se apuró a declarar que fue un intento desestabilizador contra su gobierno. Luego se enteraría de que, al contrario, no hubo infiltrados, que políticos kirchneristas apoyaban la protesta, que entre los petroleros hubo francotiradores y que fue gente del lugar. Y que el mal ejemplo puede expandirse; Santa Cruz no es la única provincia con problemas. Los piqueteros que recorrieron Capital Federal protestando contra «la represión» en Las Heras (¿!) mantuvieron su estilo pese a la orden judicial en contrario: marcharon con capuchas, cadenas, palos. Quizás también algún arma de fuego. ¿Abrirá los ojos el Gobierno?

El piquetero opositor Oscar Kuperman, jefe de la Coordinadora de Unidad Barrial (CUBA), dio una lección de ética y civismo que puede tomarse como símbolo de la Argentina del Siglo XXI. Declaró que el policía muerto estaba «entrenado para recibir un fierrazo» porque lo preparan para reprimir. «No me interesa el oficial represor que cayó muerto; me interesan mis compañeros», aclaró, solidario (cfr. La Nación, 09/02/06, p. 08). ¿Se habrá enterado Kuperman que la policía de Las Heras no sólo no reprimió, sino que tampoco pudo salir de la comisaría durante el asedio? ¿Considera que matar por la espalda es un acto de heroísmo? ¿Qué clase de ideal querría instaurar?

Es interesante analizar los acontecimientos posteriores a la barbarie, porque son una radiografía de la sociedad. Con Sayago la radiografía quedó delimitada por las declaraciones de Kirchner defendiendo a Navarro y hablando de infiltrados, y de Kuperman avalando el asesinato y tomando partido por los asesinos. Esa radiografía que nos define como pueblo es la que observa el resto del mundo, y es la que nos limita y margina. Erradicar nuestra propia violencia es la decisión política y cívica más importante que tiene el Gobierno. Lamentablemente hasta ahora Kirchner y sus predecesores han hecho lo imposible por alentarla.

© Carlos O. Antognazzi

Escritor.

Santo Tomé, febrero de 2006.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, República Argentina) el 17/02/2006. Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2006.

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