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Educación integral; educar con el ejemplo y la verdad

Viernes 13 de octubre de 2017, por Mario Torres López

Morelia, Michoacán. El universo de la educación gira necesariamente en torno a la condición humana, ya sea en los espacios abiertos de la sociedad o en los ambientes cerrados de la familia, la escuela y el trabajo. De esta manera, la educación es más un proceso emocional a través del cual se pretende educar a la razón, más que un proceso racional mediante el cual se busca anular las emociones. Así, la educación oscila entre el deseo (en términos psicológicos) y la utopía (desde una persectiva sociológica) o, en última instancia entre el deber ser (como ideal ético) y el ser, en tanto realidad sociopolítica concreta.

Además, no podemos ignorar que en el entramado de lo educativo, se crean las condiciones para el cultivo de la verdad, el arte y el conocimiento. Desgraciadamente la verdad, en boca de los políticos, se ha vuelto un vulgar reclamo de atención electoral que apenas sirve para atrapar gestos de aprobación o, en sentido contrario, para exponer un resentimiento contenido que en poco o nada nos acerca al conocimiento verdadero de nuestro entorno social.

Si algo nos ha dejado la crisis educativa actual, en todos sus niveles, es la conciencia de que es tiempo de pensar seriamente en construir comunidades de concimiento en red que impulsen el espíritu de conocimiento de las regiones territoriales donde habitamos, así como su desarrollo cultural y el potencial productivo local. Conocimiento, arte, cultura y desarrollo económico, no tienen que ser necesariamente el resultado de políticas financieras (vía deuda pública) dictadas por organismos internacionales y acadadas eigamenmte por “expertos controladores” de lo social; de igual manera, los educadores (docentes, padres e instituciones) deben tener la libertad (más que la “capacidad”) para innovar e integrarse a su entorno social, con visión de futuro. La educación mecánica, como su tecnología acrítica, solamente puede fomentar una pedagogía de la rutina, encaminada a obtener resultados tan cuantificables como inútiles.

Por desgracia, en boca de los políticos toda acción encaminada a dar cuenta de nuestra realidad se convierte en una expresión vulgar, estridente y cargada de veneno verbal; por eso es importantísimo rescatar la voz y la experiencia constructiva de los educadores y de los científicos sociales que mantienen un espíritu crítico, creativo y comprometido con la realidad.

Por fortuna, nuestra capacidad de discernimiento nos permite reconocer que la bondad y el compromiso social de las personas no se mide con encuestas, sino por sus acciones. En este sentido, las de nuestros gobernantes no son particularmente ejemplares.
¿Qué nos queda como referentes? Descartadas las actrices de telenovela, los deportistas que se venden al mejor postor, los políticos y su harem de comunicadores e intelectuales orgánicos y corporativos, el horizonte de lo posible se cierra.

¿Quedarán ideales? La educación integral es la síntesis de lo que no tenemos cotidianamente: además de conocimiento demostrado, autoridad moral, conciencia histórica y proyecto de desarrollo institucional, son tres elementos de los que carecen quienes suponen dirigir la educación pública en este país. Estos deben ser los elementos que vuelvan a posesionar a los maestros en el centro de la educación y de su entorno social.

Para esto, es obligado reconocer que hay una diferencia sustancial entre integrar y mezclar. Hoy podemos reconocer tres tipos de instituciones de educación superior, diferenciadas y, por desgracia, separadas entre sí: universidades, tecnológicos y escuelas normales.

Se mezclan cuando estudiantes y profesores pueden “saltar” de un sector educativo a otro, por asuntos personales, más que por movilidad académica, o, en muchísimos casos, cuando los estudiantes no se sienten satisfechos con su primer elección y empiezan a saltar de una a otra licenciatura para ver cuál les “acomoda” mejor. La integración supone, claridad y convicción en la elección de una profesión, a lo cual se va sumando cultura y deseo de conocer, desde una perspectiva interdisciplinaria y, por ende, de manera ordenada.

Por desgracia, en nuestro país es más frecuente la mezcla que la integración.

¿En qué punto pueden integrarse? El sentido común nos dice que en la consolidación de un bien universal: la búsqueda del conocimiento y su aprovechamiento social. Por desgracia, la realidad también nos dice que el conocimiento de lo social y el desarrollo científico tampoco están en las aulas. Las escuelas reproducen conductas, mediante procesos emocionales, e información, como prueba eficiente-evaluable, aunque improductiva, de racionalidad.

Una de las falacias de la actual reforma educativa radica en la creencia de que la verdad está en la medición. La educación como tal no es medible, solamente lo es la información asimilada por los estudiantes en determinados ambientes de aprendizaje. Pero la medición tampoco es el fin último de lo educativo; lo es la integridad humana y la integración de cultura, saberes, prácticas sociales y tecnologías transformadoras para un desarrollo sustentable del ser humano.

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