Publicado en línea el Martes 1ro de marzo de 2016, por amalia

Daniel Raventós / Julie Warksinpermiso

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Europa es un colosal exponente de los “niveles alarmantes” de desigualdad en todo el mundo. El comunicado de prensa de Oxfam de Septiembre 2015, “La creciente desigualdad hunde en la pobreza a más millones de europeos”, hace una cruda comparación entre los “123 millones de personas – casi un cuarto de la población de la UE – en riesgo de vivir en la pobreza y sus 342 multimillonarios”. Hay quien pone en cuestión la exactitud de este informe. Bien, si en vez de 342 fueran 3.420 ¿estaríamos hablando de cosas muy diferentes? Otros informes muestran cómo, en todo el mundo, las fortunas de los mega-ricos se han disparado durante la crisis, una situación resumida en el trabajo “El 1% más rico tendrá más riqueza que todo el resto en el 2016“. Informes aún más recientes corroboran la tendencia. Los efectos socioeconómicos de esta desigualdad indecente y de cómo lidiar con ellos son ampliamente discutidos y un producto del debate es un interés, en rápida expansión, respecto a la renta básica incondicional universal, que por lo general se presenta como una medida para combatir la pobreza.Pero la renta básica es mucho más que eso, ya que aborda el derecho humano básico sin el cual todos los demás derechos son imposibles: el derecho a la existencia material. De hecho, la renta básica en sí misma está reconocida como un derecho humano en el artículo 1.3 de la Declaración Universal de Derechos Humanos Emergentes, Monterrey 2007:El derecho a la renta básica o ingreso ciudadano universal, que asegura a toda persona, con independencia de su edad, sexo, orientación sexual, estado civil o condición laboral, el derecho a vivir en condiciones materiales de dignidad. A tal fin, se reconoce el derecho a un ingreso monetario periódico incondicional sufragado con reformas fiscales y a cargo de los presupuestos del Estado, como derecho de ciudadanía, a cada miembro residente de la sociedad, independientemente de sus otras fuentes de renta, que sea adecuado para permitirle cubrir sus necesidades básicas.Puesto que esta perspectiva de derechos humanos sitúa de lleno la renta básica en el ámbito universal, surgen asuntos normativos, en primer lugar, el de un problema moral que afecta a todo el mundo y, en segundo lugar, una posible solución universal. En este punto, por lo general comienza el ridículo, empezando con el viejo cuento de que se trata de una “utopía”, a pesar de que los defensores de la renta básica nunca han afirmado que sea una solución perfecta. Si se trata de justicia social (y los autores nos acordamos de un eminente economista que resopló ruidosamente en un congreso europeo de sociología al que asistimos hará unos 10 años, en Nápoles, cuando fueron pronunciadas estas palabras) los argumentos mejor razonados son rechazados antes de pronunciarse. Yanis Varoufakis lo resume en su relato de las negociaciones con el Dr. Schäuble y su Eurogrupo: “Usted presenta un argumento que realmente ha trabajado, para asegurarse de que es lógicamente coherente, y se encuentra frente a miradas en blanco. [...] Es lo mismo que si hubiera cantado el himno nacional sueco: habría obtenido la misma respuesta”. A diferencia del caviar y los diamantes, las cuestiones normativas no son precisamente apreciadas en una sociedad gobernada por el uno por ciento que quiere ser más rico que el resto de todos nosotros juntos, una situación que no está en absoluto abierta a cualquier tipo de pensamiento crítico o ético, como demuestra la actual política educativa. Pero hay tres valores humanos básicos que nunca podrán desaparecer del todo. La gente de todas las culturas, en todas partes, saben lo que son en la medida en que se incide sobre sus vidas y se está incidiendo cada vez más. En forma de privación.

Justicia, libertad y dignidad humana han sido los principios fundamentales de todas las luchas por los derechos humanos (aunque el término “derechos humanos” existe desde hace poco más de doscientos años). La extrema concentración de la riqueza y la otra cara de la misma moneda, la destrucción arbitraria de nuestro planeta, burlan hoy brutalmente la ley moral básica de Kant de que los humanos, como seres racionales, deben obedecer el imperativo categórico de respetar los derechos de otros seres racionales, un principio normativo que abarca a todo el mundo. Si un derecho no es universal es privilegio de algunos. Aquí es donde entra la justicia, junto con la libertad y la dignidad humana, porque la gente privada de libertad y, por tanto de dignidad, no puede ejercer sus derechos. El individuo debe estar libre de dominaciones arbitrarias o de cualquier forma institucional que haga que su vida esté a merced de otros debido, entre otras posibles causas, a la pobreza y el miedo. Esto significa que los derechos deben protegerse con leyes y mecanismos políticos.

En un sistema político democrático en que la soberanía reside en el Estado en beneficio de la sociedad y en el que los ciudadanos confían en que su gobierno no desatiende o desprecie sus deberes, los derechos humanos suponen obligaciones jurídicas vinculantes y un sistema político concebido de forma que prevenga cualquier exceso del poder soberano. En su Preámbulo, la Declaración de los Derechos del Hombre (1789) resume claramente la responsabilidad del gobierno: “…la ignorancia, la negligencia o el desprecio de los derechos del hombre son la única causa de las desgracias públicas y de la corrupción gubernamental.” ¿Necesitamos más evidencia que la destrucción de nuestro planeta y la actual crisis de los refugiados para ver que todo esto y muchas más catástrofes están causadas por gobiernos corruptos al servicio de los ricos, que no solamente controlan el planeta sino que lo saquean hasta matarlo? Pero aquellos de nosotros que podemos ejercer nuestros derechos también podemos ser culpables de negligencia si no reconocemos que también nosotros tenemos un deber moral. La Ley de Derechos de New Hampshire (1784), artículo 10, es elocuente en este punto: “La doctrina de no resistencia frente a un poder arbitrario y la opresión, es absurda, esclavizadora y destructora del bien y la felicidad de la humanidad.”

Es cierto que hay resistencia ante horrible sistema global en el que todos estamos sumidos, bolsas de resistencia respecto a diferentes cuestiones. Pero también es necesaria la resistencia global. La idea introductoria de la Declaración Universal de los Derechos Humanos es un buen comienzo: “…el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana, es el fundamento de la libertad, la justicia y la paz en el mundo”. En teoría, estos derechos “iguales e inalienables” no pueden ser vendidos, dados o quitados. Es más, “todos los miembros” y “la familia humana” son categorías universales que, por definición, deben ser normativas. Si los bienes que son esenciales para la vida y el bienestar humanos son denegados a algunos miembros de la “familia”, la condición humana y las nociones generalmente aceptadas de “derechos humanos” (en que el adjetivo “humano” también es universal) son polos aparte. Y si continuamos con la “ignorancia, descuido o desprecio” actuales de los derechos humanos, las terribles “desgracias públicas” que estamos experimentando no harán más que agravarse. Si queremos un mundo decente, humano –en el mejor sentido de la palabra– debemos reclamar no solamente nuestro propios derechos sino también los de nuestros semejantes. Si no, olvidémonos de los derechos humanos y llamemos las cosas por su nombre: los inanes privilegios desmesurados de un grupo de gente cada vez más restringido, más exclusivo y más bárbaro.

De todos los mecanismos políticos que se han debatido en años recientes, probablemente el más racional y quizás el único que parece capaz de proporcionar un fundamento sólido a los derechos humanos universales es la renta básica incondicional. En la actualidad, normalmente se presenta de forma instrumental en sus diferentes formas teóricas y experimentales. Por ejemplo, alguna derecha lo considera como una forma de desmantelar las instituciones estatales; y alguna izquierda, como una política para tratar la pobreza y la robotización de una buena parte de la fuerza de trabajo. Considerada de forma normativa es mucho más que esto. Es una garantía de los tres grandes principios de los derechos humanos –la justicia, la libertad y la dignidad humana–, tal como nos enseñó hace ya tiempo el republicanismo democrático clásico. El individuo no puede ser libre si no tiene garantizada social y políticamente su existencia material. De hecho, tanto el republicanismo democrático como el oligárquico compartían esta concepción de la libertad. La diferencia es: ¿la libertad de quién? Para el republicanismo oligárquico se limitaba a los propietarios adultos masculinos, mientras que el republicanismo democrático reclama la libertad para todos los miembros de la comunidad. Cualquier interferencia arbitraria atenta contra la libertad individual, pero algunas formas de interferencias arbitrarias son normativamente más relevantes que otras porque están íntimamente relacionadas con los mecanismos básicos que gobiernan la dinámica de las sociedades humanas. Por ejemplo, estafar y mentir afectan a la vida de los individuos y puede utilizarse para apoyar el status quo económico pero la sociedad no se estructura en base a la mentira. Se fundamenta en la propiedad (que desde luego puede servirse de una panoplia completa de mentiras, maniobras de distracción y cuentos chinos para apuntalarla). Introduzcamos los ricos y los pobres. No en el sentido estadístico (que tiene su propio mérito ilustrativo) sino en el sentido republicano de personas materialmente independientes o no. Los ricos tienen la existencia material garantizada, los pobres no, y es por esta simple razón que dependen de los primeros para vivir.

Las desigualdades que limitan o niegan la libertad de algunos miembros de la sociedad son el resultado de varios factores, especialmente políticos. Cualquier política económica favorece a algunos sectores y perjudica a otros. En el mundo actual la mayor parte de la población puede ser fácilmente desposeída por políticas como la “austeridad” y, en palabras de Jeremy Corbyn, “La austeridad es una opción política, no una necesidad económica”. En ese caso, podemos estar seguros de que quienes escogen no serán los perdedores. Puesto que son tantos los que pierden, parecería necesaria una contra-medida universal y una renta básica sería un componente importante- pero sólo un componente- de una política económica y un sistema político que “elegiría” de otra forma hacer frente a los problemas sociales. Por otra parte, los problemas “sociales” son mucho más amplios de lo que se tiende a pensar. Naomi Klein es muy clara acerca de la conexión con el medio ambiente también: “Es por eso que hablo también de la renta básica, de que tiene que haber una red de seguridad social más fuerte, porque cuando la gente no tiene opciones toma malas decisiones”.

Hasta ahora, las medidas políticas en respuesta a los problemas socioeconómicos (prestaciones de desempleo, ingresos mínimos, prestaciones sociales condicionadas, etc.) han sido raquíticas en algunos casos o más generosas en otros, pero siempre han sido condicionales. Tienes que estar en el paro, ser discapacitado, enfermo mental o tener algún otro tipo de “problema” social para poder recibirlas. La renta básica es incondicional, sin estigma e incluso más económica en costos administrativos porque la condicionalidad (mantener a la gente controlada y estigmatizada) son muy altos. Sin embargo, no elimina los beneficios que las personas ya reciben si éstos superan la renta básica, que debe estar por encima de la línea de pobreza si se quiere que sea eficaz. A diferencia de políticas sociales anteriores, se trata de una medida que va en contra de la exclusión. Sí, incluye a los ricos, pero hay un pero. La gran mayoría, alrededor del 80% de la población ganaría con la renta básica, pero el 20% más rico perdería debido a que la renta básica sería financiada por medio de un tipo de reforma fiscal progresiva que se ha demostrado que sería posible y racional en Cataluña (y España). Este tipo de redistribución de la riqueza sería lo contrario de lo que ha estado sucediendo en las últimas décadas.

Las percepciones de la realidad social cambian a lo largo del tiempo y no necesariamente de mucho tiempo. De 1961 a 1963, los ricos de Estados Unidos pagaban tipos marginales impositivos del 91% para bases imponibles de más de 400.000 $, y de 1964 a 1970 el tipo se redujo al 70% para cantidades de más de 200.000 $. Entonces llegó Ronald Reagan y su amiga Margaret Thatcher, un don de Dios para los bolsillos llenos. En 2008, el tipo impositivo para una persona individual que ganara 400.000 $ era de 29,6% y sólo un 15% en el impuesto sobre las ganancias de capital. Ocho años después hay una industria en toda regla de defensa de los ingresos de los multimillonarios, que utilizan su poder dinerario para socavar el deber del gobierno de gravarles. Estas son las personas que financian las campañas políticas.

Si los medios para la existencia material de los más pobres son financiados por los ricos a través de una estructura tributaria progresiva, la renta básica es claramente mucho más que una medida de lucha contra la pobreza. Es un factor clave en la conformación de los mercados, una medida altamente política porque los mercados tienen carácter político. Algunas personas se quejan de que la renta básica no pondrá fin al capitalismo. Por supuesto que no. Un capitalismo con una renta básica seguiría siendo capitalismo, pero un capitalismo muy diferente del que tenemos ahora, lo mismo que el capitalismo que siguió a la Segunda Guerra Mundial era sustancialmente diferente del de finales de los años setenta, el de la contrarreforma que llamamos neoliberalismo. No ha habido siempre “un” capitalismo. El capitalismo está históricamente indexado.

Kant escribió en La metafísica de la moral (1797) acerca de “algunos hombres favorecidos por la injusticia del gobierno, lo que introduce una desigualdad de la riqueza y hace que los demás necesitan su beneficencia. En tales circunstancias, la ayuda de un hombre rico a los necesitados, de la que se enorgullece tan fácilmente como algo meritorio ¿merece realmente ser llamada beneficencia?” Para Kant, el acto moral surge de una conciencia que nos mueve a actuar por razones universales de humanidad, la ley moral básica de nuestra especie. Las cosas han llegado a tal extremo que también es la ley básica de supervivencia de nuestra especie, si no queremos dejar nuestro planeta al arbitrio de un puñado de personas cuyo desenfreno las está conduciendo a destruirlo todo, incluso a los demás miembros de su especie.

Traducción: Anna Maria Garriga Tarré

Daniel Raventós es profesor de la Facultad de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona, miembro del Comité de Redacción de SinPermiso y presidente de la Red Renta Básica. Es miembro del Comité Científico de ATTAC. Su último libro es ¿Qué es la Renta Básica? Preguntas (y respuestas) más frecuentes (El Viejo Topo, 2012).

Julie Wark es autora del Manifiesto de derechos humanos (Barataria, 2011) y miembro del Consejo Editorial de SinPermiso.

Fuente: http://www.counterpunch.org/2016/01/08/basic-income-basic-issues/


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