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A mi otra patria… ejercicio de tolerancia

Martes 10 de octubre de 2017, por Colaborador

Aniushka Aparicio 

¿Qué pasaría si miles de españoles abrazaran a miles de catalanes? Si hubiera un grupo numeroso de españoles que viajara desde cada comunidad autónoma a Catalunya exclusivamente a regalarles un abrazo a los catalanes y decirles: “No se vayan, los queremos con nosotros”, ¿qué reacciones habrían? Esta reflexión surgió a partir de un vídeo que circuló en las redes sociales en el cual, un catalán, arropado con la bandera española, sujetaba una pancarta que decía (de un lado en español y del otro, en catalán): “No quiero la independencia, pero no puedo quedarme en CASA mientras golpean a mi pueblo”. Otra persona que se encontraba en la manifestación predominantemente independentista, lo abrazó y la multitud alrededor aplaudió el acto. Derivado de este vídeo hubo un tweet que se leía: “Si cada catalán fuera abrazado por un español, nos sería imposible irnos”. Desgraciadamente, esto parece ya sólo una ilusión, después de la polarización que se ha producido en la sociedad en gran medida, debido a la irresponsabilidad de ambos gobiernos y a los extremos ideológicos que ahora están dividiendo al pueblo. Por un lado, los “patriotas”, que ven una España unida, pero que no están dispuestos ni siquiera a escuchar la voluntad de una comunidad y de un gobierno que parece estar dispuesto a empeñar el futuro de España con fines electorales y por demás, egoístas. Por el otro lado, un liderazgo que hasta hace poco no se declaraba abiertamente independentista, pero que aprovechó muy bien la desilusión de un pueblo cansado para inyectar el fervor por una nación independiente y que carece de argumentos acerca del futuro y que no pinta favorablemente para ninguna de las partes.

 

La sociedad en general se ha vuelto tan individualista que se ha olvidado del poder que tienen las palabras y las acciones. Nos hemos dejado dominar por nuestro ego y obsesionado con poseer la verdad absoluta. Lo cierto es que, en conflictos sociales como éste, no existen únicamente los blancos y los negros, sino una infinita escala de grises. Está sobrevalorado tener la razón y por encima de ella, está mi hermano, tan diferente a mí, lo cual lo hace aún más valioso y humano.

 

El que yo opine distinto no hace justificable que apruebe la violencia y la represión y más aún, cuando esa estrategia evidentemente no ha funcionado. Lo que ello ha ocasionado es más cohesión en un pueblo que sólo quería ser escuchado y se sentía incomprendido. ¿Qué habría sucedido si en lugar de reprimir a la población y evitar el referéndum la hubieran dejado hacerlo libremente? Si de igual manera no era “legal”. Esto habría significado un acto de voluntad por la conciliación y el abismo de diálogo que ahora se abrió, se habría evitado. En medio de todo esto está la gente que bailó al son que les tocaron tanto el Gobierno Central como el Govern de la Generalitat de Catalunya. Con temor a equivocarme, podría asegurar que muchas personas que quizá iban a votar por el NO, tras el sometimiento y por el puro impulso y coraje, lo cambiaron por un SÍ. Es reprobable que, de entrada, algunos espectadores detractores de los catalanes a favor del referéndum, al ser testigos de los golpes y opresión o del “cumplimiento del orden” gritaran a la Guardia Civil: “A por ellos” .Igualmente reprobable resulta un ataque a otra persona por traer una bandera española o a otros catalanes que no están a favor de la independencia. ¿Qué acaso no se dan cuenta que es más lo que los une que lo que los separa? Ambos conjuntos están fatigados de la corrupción.  Quizá sea idealista, pero bien decía Galeno: “Las utopías sirven para caminar…”. Creo fielmente que la comunicación y empatía (ponerse en el lugar del otro) fueron lo que faltó para evitar este camino hacia la fractura. Así Catalunya logre la secesión, la sociedad está dividida y estos días transcurridos después del 1-O han provocado aún más rencor y discursos de odio que en nada ayudan a la ya de por sí complicada situación. Sin embargo, nunca es tarde para recapacitar. Lo que es un hecho es que, así como hay un sentimiento “antiespañol” por gran parte de los catalanes (y ha ido en ascenso por la intolerancia y políticas del gobierno que no ha cedido ni en lo más mínimo), también ha habido un sentir “anticatalán” fuerte por muchos españoles. A nadie le gusta estar donde no se siente querido y aceptado.

 

He escuchado muchas versiones de españoles que dicen que los catalanes son pesados, presumidos, cerrados y que tienden a la victimización. Se les ha juzgado por querer preservar su lengua, costumbres y tradiciones, lo cual es equiparable a criticar a los indígenas mexicanos por las mismas razones. Lo que esto ha desencadenado es resentimiento y rechazo por la falta de comprensión. Se les ha metido a todos en el mismo “costal” como si no existiera diversidad dentro de la diversidad. Esto conduce justamente a la xenofobia y es tan irracional en este siglo como lo es la “ideología” de personajes tan funestos como Francisco Franco y Donald Trump. Así mismo, una gran mayoría de catalanes han juzgado de forma errónea a muchos españoles, algunos conservadores y otros con pensamiento más liberal, por su discurso a favor de la unidad, calificándolos como “fachas” o fascistas por el simple hecho de no comulgar con sus ideas. También han sido atacados catalanes que no están a favor de la independencia y que tienen el legítimo derecho de expresarlo y no por ello, de arriesgarse a ser calificados equivalentemente de fascistas. Esta palabra está empezando a perder su significado ya que de un lado y del otro, la utilizan hasta desvirtuar la. Lo que es indiscutible, es que el fascismo es sinónimo de un régimen totalitario y autoritario, caracterizado por la represión y la imposición de un orden e ideas establecidos. El gobierno que encabeza Mariano Rajoy tuvo la oportunidad única de acabar con viejas hostilidades en una colectividad todavía muy sensible a la guerra tan devastadora que separó familias enteras y amigos con ideas y posturas desiguales. Tuvo la ocasión de desligarse de ese pasado fascista de los fundadores de su partido, el PP. Decidió el camino de la división y tanto él como Puigdemont, pagarán el precio de la historia.

 

Al igual que muchos mexico-españoles, mi corazón está partido en dos. Soy nacionalizada española gracias a mi abuelo paterno catalán y a la Ley de Memoria Histórica. Mi abuelo fue del bando republicano, exiliado en México tras la Guerra Civil Española. Nunca quiso hablar abiertamente sobre los días tan sombríos que vivió. En realidad, su descendencia nos hemos dedicado a armar los pedazos y recuperar su historia, la cual atesoramos como algo sagrado. Del mismo modo, tengo el privilegio de contar aún con mi abuelita materna, asturiana, a la que amo profundamente y con quien no coincido en numerosas cosas, pero a la que nunca me cansaré de escuchar ni de admirar. Al final del día, todos somos producto de nuestra historia y de la peculiar forma en la que percibimos la realidad. Ambos convivieron tranquila y armoniosamente, a pesar de vivir circunstancias opuestas. Mi origen es aventajadamente asturiano (tres de mis abuelos eran de allá o en su defecto, sus antepasados de ese lugar). Tengo todavía mucha familia en Asturias y Catalunya. No puedo evitarlo, amo los dos lugares. Amo a España y a Catalunya en la misma proporción. Mejor dicho, las concibo como una sola, aunque sé que no es sencillo. Toda España es regionalista: Asturias, Galicia, el País Vasco, Catalunya, Valencia, Castilla y está bien. Lo que hace realmente hermosa y entrañable a España es justo eso: el cambio drástico de sus paisajes de norte a sur, sus diferentes comidas, sabores, colores, lenguas, arquitectura e historia. ¿Tanto cuesta abrazar la diferencia y entender que esa es justamente su grandeza? Este problema no es local sino global. Ya lo dijo bien Trudeau, más o menos así: “No somos grandes a pesar de nuestras diferencias, sino gracias a ellas”.

 

En contraste con gran parte de mi familia, yo no había tenido la oportunidad de ir a España sino hasta finales del año pasado y principio de éste. Era un sueño que había albergado por bastante tiempo. El ser humano casi siempre tiene la necesidad de descubrir, en algún momento de su vida, a modo de descubrimiento personal, su propia historia, de entender de dónde viene y llegar al origen. En este viaje pude conocer parte de Asturias, País Vasco, Madrid, Catalunya y Andalucía y me maravillé de la belleza, calidez de su gente, deliciosa comida y diversidad. En todos los lugares me encontré con personas maravillosas. Escuché peleas a media calle que, después del desahogo a gritos, se solucionaban con un apretón de manos; vi gente pacífica, cordial y cívica; vi orden y convivencia sana. Entendí el contexto de muchas frases que escuché desde niña y comprendí por qué en mi casa se comía tanto mole, chile y tacos, como tortilla española, fabes o fuet. Me encontré y deduje el amor que desde pequeña se me inculcó tanto por esta tierra (México) como por aquella. Es mucho, mucho más de lo que creen lo que los une, si tan sólo lograran encontrarse en sus diferencias, sin juzgarlas y respetándolas. Repito, falta empatía, más abrazos y menos prejuicios. Dejar los rencores atrás y no olvidar la historia y que no hay nada más desgarrador que hermanos luchando contra hermanos. Es posible cambiar la división e intolerancia por el amor, más que a su prójimo, a su hermano. Los extremos nunca han sido ni serán saludables. Es más significativo apoyar y tratar de entender a quien no piensa como yo, que sólo escuchar a quienes me dan la razón. La diferencia enriquece y ayuda a madurar y crecer y mostrar el lado más sublime del ser humano, el de la solidaridad. Esa que está levantando a México tras la tragedia, esa que ha hecho que personas de estados con rivalidades añejas se den ánimos de las maneras más creativas y estén dispuestos a salir de su zona de confort por el simple y maravilloso de placer de dar y servir. Tiendan puentes en lugar de levantar murallas…

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