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Un sexenio que parece eterno

Lunes 2 de octubre de 2017, por Ismael García Marcelino

AB ORIGINE

Frente a las tan necesarias —si no es que urgentes— reformas a la educación, se puede reaccionar de acuerdo con ideales edificantes o falaces, todo depende de nuestras aspiraciones: las sociedad puede, por ejemplo, oponerse a la Reforma Educativa sin la menor idea sobre su contenido ni sus conceptos; desconfiar de la sensatez del gobierno mexicano al decidir sobre adecuaciones que atiendan pronto y bien las inconsistencias que la sociedad advierte de nuestro tan deteriorado Sistema Educativo Nacional —maestros sin expectativa de actualización, simulación en el planteamiento y desarrollo de programas, sub aprovechamiento de recursos tecnológicos (o dificultad para acceder a ellos) y problemas para plantear enfoques educativos adecuados en los procesos de enseñanza-aprendizaje, etcétera—, o reflexionar en torno a los problemas que los chicos tiene para comprender matemáticas, filosofía o lógica, e involucrar a los padres en los procesos académicos que impulsa la escuela en nuestro barrio o comunidad.

Es una utopía posible, por más que difícil, vincular a la escuela (en su sentido más amplio) con la comunidad y el entorno, de manera que la institución le reconozca a la comunidad determinados saberes que cada vez más seguido se han pasado por alto; que la planeación participativa involucre a otros miembros de la familia (cualquiera que sea el modelo que éste adopte), que la actitud educativa se transforme y se haga más incluyente y respetuosa y prefiera la investigación por encima del repaso arduo y repetitivo.

Da la impresión de que esta idea ya se hubiera enunciado (incluso anunciado); posiblemente, pero nunca con la mirada puesta en su viabilidad, en su sentido estricto ni en su esencia, tanto como en el propósito persuasivo del discurso pretencioso.

Cualquiera de estas reacciones a lo que se nos viene encima, por más que polémico y controversial, no siempre fáciles de comprender, reflejan una actitud crítica de cara a las dificultades que enfrenta la educación.

Que Enrique Peña Nieto incurra con tanta frecuencia en episodios donde se ventila su nivel de preparación es imputable al príncipe consorte de la mal afamada actriz Angélica Rivera; permitir que un personaje con ese perfil sea quien tome las decisiones más importantes para el país, es imputable a la sociedad mexicana, ésta que vende su voto y prefiere importar tecnología de China, Japón o los Estados Unidos, en lugar de impulsar su desarrollo y aprovechar sus potenciales.

Si nos educaron con base en un modelo machista y collón (“Yo quiero que te besen otros labios, para que me compares hoy como siempre”), si nuestra inspiración ha estado en “ídolos populares” que prefieren cantar su frustración que mejorar su realidad (“¡Me abandonaste, mujer, porque soy muy pobre!”), nuestra situación hoy no es mejor: los maestros recomiendan a sus alumnos no abusar de los dispositivos electrónicos mientras ellos tampoco despegan la mirada de su teléfono móvil.

Esto ayuda para comprender por qué generaciones enteras de profesionistas, como el presidente de la República, se ocupan prioritariamente del aspecto de las cosas mucho antes que de lo sustancioso. No son casualidad las escenas en que hace el ridículo: frente a un embajador o un cadete, frente a una niña o frente a otro presidente que lo tiene por invisible, por un apuesto cero a la izquierda. Y ahí no está lo grave, sino en que a los mexicanos nos coloque ahí, con él, en el más absoluto desfiguro.

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