Publicado en línea el Lunes 29 de febrero de 2016, por Mariana Carbajal - Página/12

Tras la consternación por el hallazgo de los cuerpos de las dos amigas en la zona del balneario de Montañita, con signos de haber sido asesinadas, surgieron en redes sociales y en los comentarios de los portales de noticias los peores prejuicios y lugares comunes que revictimizan a las víctimas o a su entorno familiar: que la culpa es de los padres que las dejaron viajar por Latinoamérica solas, o de ellas mismas, por hacer dedo después de haberse quedado sin dinero. Marina y María José eran ya mayores de edad. ¿Otra vez las víctimas son culpables de las agresiones que sufren? Ese sentido común que la última dictadura militar pretendió imponer, frente a las múltiples desapariciones y crímenes cometidos por el terrorismo de Estado: “Por algo será”, “algo habrán hecho”.

Después de escuchar el fallo que condenó a 30 años de prisión al autor del femicidio de su hija y de su amiga, Jean-Michel Bouvier afirmó que no tenía “resentimientos contra la Argentina, esto hubiera podido pasar en Francia y no puede hundirse en el resentimiento, hay que tratar de superar eso”. ¿A qué se refería el papá de Cassandre?: a la violencia machista, a que existen hombres aquí y en todo el mundo que consideran a las mujeres parte de sus propiedades y se adueñan de sus cuerpos, los abusan, y los descartan, como basura. Ahí es donde tenemos que poner el foco: en desarmar esa matriz, que trasciende las fronteras. En el juicio por el crimen de las turistas francesas se condenó a Gustavo Lasi por “doble homicidio criminis causae con abuso sexual agravado y robo calificado”: es decir, por haberlas matado para ocultar el delito de la violación.

Sin conocer –a esta altura– las circunstancias en las que sucedieron las muertes de las turistas mendocinas en Ecuador, es necesario reflexionar: ¿por qué las adolescentes no pueden viajar por Latinoamérica y regresar sanas y salvas a sus hogares? ¿O ir a bailar para festejar su cumpleaños a un boliche sin correr el riesgo de terminar secuestradas y muertas, descartadas en una bolsa de consorcio, como Melina Romero? ¿O caminar solas por una playa en Uruguay sin terminar asfixiadas, enterradas en una duna, como Lola Chomnalez? ¿O regresar del colegio a su casa, en el barrio porteño de Palermo, como Angeles Rawson?

En abril de 2011, un policía canadiense llamado Michael Sanguinetti, sostuvo en el marco de una charla en la Universidad de Toronto que “las mujeres deberían evitar vestirse como putas para no ser violadas”. La frase recibió un generalizado repudio por parte de cientos de mujeres en Canadá que pronto se expandió a nivel global por las capitales del mundo, incluida Buenos Aires, en un movimiento que se replica todos los años en la llamada Marcha de las Putas en contra de cualquier forma de justificación de la violencia de género. Frente al horror por el asesinato de las dos jóvenes mendocinas, apostemos a que es posible que nuestras chicas crezcan libres, desarrollemos políticas públicas que apunten a construir relaciones igualitarias entre varones y mujeres, democráticas, promovamos la igualdad de oportunidades para unos y otras, enseñemos a nuestros chicos y chicas que cuando una mujer dice no, es no, mostrémosles que las mujeres tenemos autonomía para decidir sobre nuestros cuerpos y sobre nuestros proyectos, que no somos propiedad de ninguno, ni para ser apropiadas ni para ser controladas en nuestra privacidad, en nuestros celulares, en las redes sociales, en la vestimenta. Si avanzamos en este camino (con un compromiso real, que no se quede sólo en una foto de ocasión, políticamente correcta) desde los hogares, en las escuelas, con contenidos de educación sexual integral, en los ámbitos laborales, sindicales, de la política, podremos pensar en una sociedad que no sea tan riesgosa para una joven cuando sale a la calle sola.


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