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Flashazos teluricos

Lunes 25 de septiembre de 2017, por Margarita Vázquez Díaz

LA PERSISTENTE LLUVIA

Nací entre temblores
rodeada de secretos
heredé el sabor húmedo de la tierra
y la magia de mis abuelas.

I
Saber del temblor, escuchar del temblor. Saber de mi otra ciudad amada, colapsada, duele en las entrañas de ese vientre telúrico que me vio nacer.

II
“Hoy todo el día olió a xoquiaque, cuando algo hule a huevo crudo vomitado dice la abuela que huele a xoquiaque. Yo creo que todo el mundo vomitó porque tembló. La abuela salió a mitad de la banqueta, se hincó, abrió los brazos con las plantas de las manos hacia el cielo y se puso a rezar. Yo me hinqué junto con ella y repetí las plegarias que salían de su boca. La abuela siempre lanza bendiciones a diestra y siniestra: que Dios lo bendiga que Dios lo acompañe. Yo imito a la abuela y lanzo bendiciones a mi gato cuando me voy al colegio. ¡No sirven! ¡No sirven las bendiciones! Hoy aplastó un carro a mi gato. Me fui con los árboles a llorar por mi gato muerto. ¡Apareció otro gato! Siempre aparece otro gato”.
(Vázquez Díaz Margarita. ¡LOTERIA CUARTO CRECIENTE!. De “ANTOLOGÍA POÉTICA DE CARA AL CARACOL”. Jitanjáfora editorial, 2010, Morelia, Michoacán)

III
Ya no voy corriendo en busca de nadie porque nadie vive ahí…

IV
En el ’85, la vivienda de mi madre se cuarteó, a sus vecinos los reacomodaron en albergues, ella y su esposo en un departamento de algún conocido. Después, reconstruyeron sus viviendas y crearon un Fondo de Reconstrucción, y pudo comprar su departamento por un módico costo.

V
En los edificios de Tlatelolco vivían: la abuela paterna y bisabuela de mis hij@s. Ahí si nos tocó sentir al día siguiente, el 20 de septiembre de 1985, el segundo temblor; se trataba de un departamento en un primer piso. Colindaba con insurgentes norte, en esa zona no se colapsaron edificios porque eran de pocos pisos.

VI
Ese recorrido en la memoria del colectivo accionando para el rescate, piedra por piedra igual que ahora…. Lo que la intuición emergente les indique. Sin ser expertos cuentan con sus manos y pies ¡todo el cuerpo! Para brindarlo a los Dioses y rescatar a los rescatables y a los que no… ¡también!

VII
Ahora también presente: el vuelo del águila, el rugir del jaguar, los ojos del venado, el incienso, los caracoles y los tambores de alerta en los cuerpos de los caballeros águila y las mujeres jaguar. El enorme movimiento telúrico siempre anuncia el surgimiento desde las entrañas más recónditas de la tierra de ellos, los verdaderos… Ahí están, habrá que acompañarlos y apoyarlos en su largo peregrinar.

VIII
Le es indispensable también a nuestra Patria, sacudirse de tanto en tanto, las pulgas nefastas para que queden evidenciadas. Los malos y los buenos existen. Ahí están, mostrando su verdadera rostro y esencia… En momentos de emergencia dejar claro como reza en la espalda de una muchacha: “Si se roban un camón, mandamos otro. Si se roban 5 mandamos 15. Si se roban 15 mandamos 100. Somos más los buenos. ¡GOYA!. @el psicoamnalista

IX
“¡Mëxico creo en ti!…”
Han tratado de volver panfleto político o enarbolarlo sin ningún escrúpulo los inescrupulosos a este poema. Vigente siempre, abrazable siempre, en momentos de nostalgia, de dolor profundo y de amor verdadero. Oración indispensable para momentos difíciles y sublimes como estos, donde me identifico plenamente con mi gente, esa que se ha partido las manos hasta sangrar. La que entona canciones esperanzadoras entre lágrimas: “¡A! ¡Ay! ¡Ay! Canta y no llores porque cantando se alegran cielito lindo los corazones”…

X
¡México, Creo En i!…
por Ricardo López Méndez

México, creo en ti,
como en el vértice de un juramento.
Tú hueles a tragedia, tierra mía,
y sin embargo, ríes demasiado,
acaso porque sabes que la risa
es la envoltura de un dolor callado.

México, creo en ti,
sin que te represente en una forma
porque te llevo dentro, sin que sepa
lo que tú eres en mí; pero presiento
que mucho te pareces a mi alma
que sé que existe pero no la veo.

México, creo en ti,
en el vuelo sutil de tus canciones
que nacen porque sí, en la plegaria
que yo aprendí para llamarte Patria,
algo que es mío en mí como tu sombra
que se tiende con vida sobre el mapa.

México, creo en ti,
en forma tal, que tienes de mi amada
la promesa y el beso que son míos.
sin que sepa por qué se me entregaron;
no sé si por ser bueno o por ser malo,
o porque del perdón nazca el milagro.

México, creo en ti,
sin preocuparme el oro de tu entraña;
es bastante la vida de tu barro
que refresca lo claro de las aguas,
en el jarro que llora por los poros,
la opresión de la carne de tu raza.

México, creo en ti,
porque creyendo te me vuelves ansia
y castidad y celo y esperanza.
si yo conozco el cielo es por tu cielo,
si conozco el dolor es por tus lágrimas
que están en mí aprendiendo a ser lloradas.

México, creo en ti,
en tus cosechas de milagrería
que sólo son deseo en las palabras.
te contagias de auroras que te cantas.
¡Y todo el bosque se te vuelve carne!
¡Y todo el hombre se te vuelve selva!

México, creo en ti,
porque escribes tu nombre con la X
que algo tiene de cruz y de calvario:
porque el águila brava de tu escudo
se divierte jugando a los volados:
con la vida y, a veces, con la muerte.

México, creo en ti,
como creo en los clavos que te sangran:
en las espinas que hay en tu corona,
y en el mar que te aprieta la cintura
para que tomes en la forma humana
hechura de sirena en las espumas.

México, creo en ti,
porque si no creyera que eres mío
el propio corazón me lo gritara,
y te arrebataría con mis brazos
a todo intento de volverte ajeno,
¡sintiendo que a mí mismo me salvaba!

México, creo en ti,
porque eres el alto de mi marcha
y el punto de partida de mi impulso
¡mi credo, Patria, tiene que ser tuyo,
como la voz que salva
y como el ancla…!

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