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Turismo y otros males

Lunes 25 de septiembre de 2017, por Ismael García Marcelino

El impacto negativo del turismo y sus efectos en el medio ambiente, la penetración cultural y la violación a los derechos humanos de quienes lo sufren son temas que no entran en el mapa de las urgencias gubernamentales:

En una de las islas Kaipel-siji, vocablo wikai-ji, que significa ‘el pie del ángel’, por encargo del director del INI, un arquitecto también wikai, construyó de un día para otro una finca de tabiques, cemento y madera, que funcionaría como hotel. Aunque bonita y confortable, la construcción rompió decididamente con el paisaje local.

Por tradición, los pescadores de la región hacen sus casas de adobe y las cubren con tejados de barro rojo, que dan a las casas un blanco fresco y discreto, que parece que quieren esconderse entre los árboles o entre los juncos; las garzas blanquean los riscos y los peñascos.

Pero el silencio se fue de la isla un día, y treintaiún familias que habitaban aquí nunca más disfrutaron de aquella calma que un día heredaron. ¿Pues qué pasó?

“Éramos repoquitos, maestro, y ninguno de nosotros tenía miedo —recuerda con tristeza, Mauricio, un pescador que ya no pesca—: Tiomarcé dejaba la canoa en la orilla, la pala, los otates con anzuelo y las redes para sacar kuich’-e, ¡unos boquerones así, mire! (y abría dos dedos simulando unos quince centímetros) y nada se le perdía…”, Hace una pausa, se acomoda el gabán… “En cambio h’orita ya está cabrón: a Tiocipriá le llevaron su azadón, en la huertita de don Leo se metieron a robar, a compadre Daciano le espulgaron las redes y le sacaron todo el kuich’-e que ya tenía, ¡cabrón, nomás le dejaron la red!” Silencio. “¡Yo creo, tú, que ya no somos los mismos desde que entró el turismo…, no! Más antes quién se robaba nada… en cambio, ya te digo, h‘ora.”

Estuve en Kaipel-ji algunas veces, y recuerdo un grupo de exploradoras francesas que vino por razones de estudio. Se alimentaban y alojaban en la isla. Melanie y Sophie se regalaban baños de sol detrás de las cabañas y las risas de los niños, que detrás de las jaras fueron a espiarlas, no las desalentaron para que se asolearan al día siguiente, y al otro, y cada vez que hubo algo de sol.

A pesar de la amistad que cultivaron las estudiantes y las isleñas que atendían cocina y habitaciones, parece que al final las mujeres de Kaipel-ji comenzaron a desear que tan lindas visitantes se marcharan cuanto antes. Dalila, quien siempre agregaba un trozo de carne a mi ración reglamentaria, me señaló muy ofendida, un día que evoqué a las estudiantes parisinas: “¡no vuelva a nombrarnos a esas pinches pirujas!”

Nunca se supo si fue mero alarde o es cierto que algunos hombres de la isla “tuvieron que ver” con aquellas muchachas. Quién sabe; lo que Andrés recuerda muy bien es que se vino todo un lío y la mujer de su sobrino se separó de él y se regresó a Hidalgo. Ramiro es otro que, por las mismas andanzas, abandonó trabajo, propiedad, mujer y, más tarde, la isla. Hoy su casa, lo mismo que las cabañas y media docena de casas, se está cayendo a pedazos. Luego se fueron Luis, Alfredo con sus familias, y Pablo, que entró a trabajar en el ayuntamiento. “Él también un día se llevó a sus hijos y a sus esposas a Querétaro, y su hermana y su mamá no tardaron en seguirlo”, explica con tristeza.

“Quedamos don Raúl, don Leandro y unos cuantos que no tenemos a dónde ir. Lo peor es que pescado ya tampoco hay… porque al lago, a la isla y a nosotros nos chingó el turismo. ¡Nosotros tuvimos la culpa y h’ora, pues, ya ni llorar es bueno…!”

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