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De cuando los hombres llegan muertos a su casa… duelo para Salvador Adame

Sábado 23 de septiembre de 2017, por Patricia Monreal

 

Múgica, Michoacán.- “Estoy muy enojada… los hombres no deben llegar muertos a su casa”, dijo Navidad luego de desplomarse de rodillas ahogada en llanto frente al hogar de sus padres. El féretro con los restos que las autoridades entregaron como los de su padre Salvador Adame Pardo, arribaban al lugar luego de que el periodista salió de ahí el pasado 18 de mayo para acompañar a su esposa Frida al trabajo.

Este viernes los familiares del periodista y director del canal 6TV de Múgica volvieron a estar juntos luego de cuatro meses de un temporal que no acaba de amainar. Acompañados de amigos, vecinos y compañeros de oficio de Salvador, se procuraron el consuelo que sólo cabe en estos casos, ese que no sana pero da alivio.

El monumento a Emiliano Zapata en Cuatro Caminos, fue el punto de partida del cortejo que desde temprana hora se dio cita vestido de blanco. Los elementos de seguridad que el gobierno estatal había comprometido también se dieron cita, cualquier cosa que evite que este caso propicie más costos e incomodad política que la generada a lo largo de cuatro meses.

Aunque significativa la comitiva no es tan nutrida como se esperaba, no así las muestras de solidaridad y el pésame para los familiares de Salvador, esos no los inhibió el miedo, esos aunque fuera por llamadas telefónicas o mensajes no paran de llegar al teléfono de Frida.

La noche antes se había voceado en Nueva Italia invitando al cortejo, la noche antes empezaron las llamadas a algunos reporteros del lugar para que no acudieran, la noche antes hubo gente que en la alcaldía estuvo activa para evitar mayor presencia que acompañara a los familiares de Salvador este viernes.

Unos son los que matan y otros los que pagan por hacerlo, el padre de Salvador no tiene duda de ello, y aun cuando la idea parece ser acallada por su voz apenas audible, se cuela con convicción al momento de recibir el pésame de algunos acompañantes.

Su cuerpo se sostiene con dificultad por un par de muletas, está en vísperas de ser operado de la cadera para ver si con una prótesis es más sencillo cargar los 75 años que lleva a cuestas.

Y aunque mucha gente no acompaña el cortejo es clara la indignación de quienes se topan y observan a la distancia la caravana al desplazarse por la avenida Lázaro Cárdenas, esa en la que un jueves Salvador fue levantado por hombres armados.

La voz de Azucena –hermana de Salvador- canta solitaria abriendo paso al cortejo: “Yo quiero que a mí me entierren, como a mis antepasados, en el vientre oscuro y fresco, de una vasija de barro…”

El pesar inunda la avenida al compás del pequeño tambor que marca el tiempo en los versos que desprende Azucena: “No me llores, no, porque si lloras yo peno, en cambio si tú me cantas, yo siempre vivo, y nunca muero”…

Desde la tortillería que está al lado de “El Buen Pollo”, las mujeres observan y musitan algo para sí, en portales y negocios los hombres miran callados, “soy parte de ti, te llevo en la sangre, si una vez me fui, fue para extrañarte, siempre vuelvo a ti”…

“Cuando llegue mi tiempo quiero volver a tu vientre, seré una nueva semilla llena de sueños urgentes”…
En la calle Pueblita el cortejo da vuelta y se enfila a la casa de Salvador y Frida, esa que sin ventanas y puertas, ahora hace las veces de velatorio.

Es ahí cuando el ánimo flaquea. Abundante el llanto de Navidad, Andrés y Javier –hijos de Salvador- junto con el de su madre Frida son estocada para cualquier atisbo de templanza entre los asistentes.

El féretro es introducido a la casa de Salvador, colocado en el cuarto en el que hasta hace unos meses era la sala y hoy luce vacío, como todo el lugar.

Luego vendrán los rezos, el sábado la misa y el sepelio, luego habrá que hacer lo necesario para que la verdad sobre lo que pasó se conozca… pero hoy es el duelo.

Y Navidad de rodillas golpea sus puños en el piso con el dolor desbordado, con la ira que se vuelca tras tantas semanas de contención, grita su enojo, una y otra y otra vez: “los hombres no deben llegar muertos a su casa” 

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