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El amor a la tierra

Lunes 18 de septiembre de 2017, por Ismael García Marcelino

AB ORIGINE

Es comprensible, por más que difícil de perdonar, que un mexicano caído en combate aspire a su repatriación luego de haberse enrolado en el ejército norteamericano para combatir en Vietnam, en Siria o Afganistán. Si tomó las armas sin tener claro lo que defiende un soldado en un ejército extranjero, no merece que su país de origen —que no su patria— lo reciba en su seno después de tan dura traición; pero si lo hizo con toda claridad, convencido y orgulloso del uniforme de la United States Army, peor para él. Un soldado mexicano que combate en su país contra estudiantes no está mejor parado; ambos han olvidado el sentido de la patria y el territorio.

Si moderna o añeja, la historia del territorio de una comunidad siempre ha tenido que ver con procesos de apropiación del espacio para atender necesidades tan fundamentales como la obtención de alimentos o tan profundas y espirituales como el establecimiento de espacios ceremoniales. Su historia la impulsaron sociedades humanas para desplegar sobre ella actividades sociales, políticas y afectivas, inscribir allí estrategias de desarrollo, expresar su identidad y establecer puntos sagrados en el pueblo, en el campo y en el monte.

El concepto de territorialidad ayuda a entender las identidades sociales, sobre todo tratándose de grupos étnicos, y en eso estriba su importancia pues ayuda a encuadrar adecuadamente los fenómenos del arraigo, el apego y el sentimiento de pertenencia, así llamada socio-territorial, lo mismo que a organizar la idea en torno a fenómenos de movilidad, migración local e internacional y, aún, globalización.

Antes que el territorio está el espacio de la apropiación, que funciona como materia prima sobre la que se construye la territorialidad; es decir, al margen de sus connotaciones geométricas abstractas, el espacio es una porción de la superficie terrestre anterior a toda representación. El proceso de apropiación es consubstancial al territorio, marcado por conflictos; que es lo que permite explicar por qué el territorio es protegido, producido y regulado en interés de los grupos de poder, lo que a su vez dificulta disociar relaciones de poder con territorialidad (Raffestin, 1980).

El espacio no es sólo un dato, sino, más valorado, un recurso, escaso y finito, lo que lo constituye un objeto permanente de disputa dentro de las coordenadas de poder.

Tal proceso de apropiación del espacio puede entenderse con base en su concepción utilitaria, funcional, o en su naturaleza simbólico-cultural; ya sea que se considere mercancía generadora de renta (con valor de cambio, fuente de recursos y satisfactores, medio de subsistencia, abrigo y zona de refugio o área geopolítica de control) o ya sea que se entienda como circunscripción histórica, el lugar de la tradición (donde se genera la simbología), la tierra de los padres y los abuelos, una bendición climática o el patrimonio, que se hereda, pero no se enajena porque tiene un valor más allá de lo monetario, o la comunidad como símbolo metonímico, como referente de identidad.

De cara a la parte de historia que nos corresponde, recordar la naturaleza de nuestro territorio más los vínculos intangibles que nos unen con él, abonaría mucho a la reflexión sobre lo que esperan de nosotros “los héroes que nos dieron patria”, pero no desde la visión cívica, no desde el protocolo ni la pleitesía servil a los gobernantes que nos la quitan, sino desde la identidad que, a pesar de la Selección, nos la resguarda.

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