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¿Viva México?

Sábado 16 de septiembre de 2017, por Rosario Herrera

[…] en 1960 la sociedad postrevolucionaria se contemplaba
en sus fábricas, sus ranchos, sus mansiones a la Hollywood
y sus colosales monumentos a las glorias y los héroes revolucionarios
[…] El elogio no podía faltar. El más resonante fue el del presidente Kennedy,
que no vaciló en afirmar que el régimen mexicano
era un ejemplo para América Latina.
Los herederos de los revolucionarios,
recibían al fin la consagración de Washington.
Triunfo póstumo de la Revolución mexicana.
En realidad, la pobre Revolución había sido víctima de una doble confiscación:
la confiscación política del partido gubernamental, que tiene más de una semejanza
con las burocracias comunistas del Este europeo;
y la confiscación económica y social de la oligarquía financiera
estrechamente ligada a los grandes consorcios norteamericanos.
Octavio Paz (Historia y política de México, F.C.E., 2004:333)

En este comentario coyuntural, en el marco del maquillado Quinto Informe y los desastres dizque naturales por los dos costados de esta patria llena agujeros y socavones, sólo espero mostrar que 1) la historia moderna de México está marcada por el fracaso de la guerra de Independencia, que logró la independencia política de España, pero no consolidó instituciones democráticas; 2) el obstáculo para adoptar principios democráticos debe ser el tema central de los estudios filosóficos, políticos, económicos y hasta psicoanalíticos; 3) el subdesarrollo y la dependencia a los amos extranjeros han sido el pretexto de nuestras faltas; 4) la modernidad no debe medirse por el crecimiento económico, sino por la crítica intelectual y política; 5) la historia de México está plagada de tiranos y caudillos, que frente a cualquier diferendo recurren al desprestigio, el destierro o el asesinato, porque son enemigos de la crítica y la democracia; 6) la democracia no es la única solución, pero debe permitir examinar públicamente nuestros problemas para poder superarlos y resolverlos; 7) el impulso de la democracia es más urgente que el desarrollo económico; 8) la democratización, la crítica y el debate en las organizaciones políticas, en los partidos, las instituciones y la sociedad, puede evitar la petrificación de los dogmas, el autoritarismo, el nepotismo, el patrimonialismo, la corrupción y la impunidad y 9) la actual máscara republicana oculta a los amos de siempre, porque ahora en el escenario de la guerra contra el narcotráfico y el crimen organizado impera la nuda vida, la vida desnuda víctima de la militarización inconstitucional de la nación. Todo ello con el fin de aportar al diagnóstico y al pensamiento activo para un futuro para un México por venir.

Para los historiadores, la asonada de 1692 es un antecedente de la lucha por la Independencia, cuando los rebeldes se levantaron contra la dominación española y fracasaron, porque su instintiva revuelta no proponía ninguna afirmación, una idea sobre la que la sociedad mexicana que pudiera fundarse después de la caída del poder virreinal.

Las reformas de la dinastía borbónica de Carlos III, sanearon la economía y vigorizaron los negocios, pero convirtieron a la Nueva España en colonia, sometida a la explotación del poder central. A pesar del impulso a la investigación científica, el humanismo, la construcción de obras monumentales, la Colonia y la Metrópoli eran formas vacías y sin fe (Octavio Paz, El laberinto de la soledad, F.C.E., 1993:128-129).

Como no era posible volver al origen, porque los dioses y los templos habían sido demolidos, los sacerdotes asesinados y los rebeldes hablaban la lengua de los amos y adoraban a su Dios, ninguno de los principios de la sociedad colonial —el Imperio Español y el catolicismo romano— podía fundamentar la Revolución de Independencia: sólo la Ilustración, que materializó la Revolución Francesa y la Revolución Norteamericana, podía fundamentarla.

La Independencia mostró la ambigüedad de la Conquista: fracturó el Imperio y dio nacimiento a nuevos Estados. Y el pensamiento moderno en lengua española —según José Gaos— se dividió en dos: el peninsular —sobre la decadencia española— y el hispanoamericano —en favor de la Independencia y una búsqueda de nuestra identidad y destino. Porque América no era una tradición que continuar sino un futuro que realizar. El pensamiento peninsular es Elegía y crítica —Miguel de Unamuno y José Ortega y Gasset. El pensamiento hispanoamericano es proyecto y utopía, desde fines del siglo XVIII hasta nuestros días.

Una dualidad más perceptible en los países sudamericanos, a través de la radicalidad de sus líderes, como Francisco de Miranda y Simón Bolívar que son educados para libertar y gobernar. En cambio, nuestra Revolución de Independencia es menos brillante en ideas y determinada por circunstancias locales. Mientras los movimientos sudamericanos se consumaran como explosiones continentales —San Martín libera a la mitad del continente, Bolívar la otra— nuestra Independencia no aspira a la universalidad. Los insurgentes vacilan entre formas modernas de autonomía (Hidalgo) y la Independencia (Morelos).

La guerra de Independencia surge como una protesta contra los abusos de la Metrópoli, la burocracia española y los latifundistas nativos. Pero Los revolucionarios le dan más importancia a las reformas sociales que a la Independencia: Hidalgo decreta la abolición de la esclavitud; Morelos, el reparto de latifundios; una guerra de clases y una revolución agraria. El Ejército, donde servían “criollos” como Iturbide, la Iglesia y los grandes propietarios se aliaron a la Corona española, que derrotaron a Hidalgo, Morelos y Mina. Paro ya casi extinguida la insurgencia, en España los liberales toman el poder y transforman la Monarquía absoluta en constitucional, lo que amenaza a la Iglesia y a la aristocracia, y que produce un cambio de frente: el clero, los terratenientes, la burocracia y los militares criollos buscan la alianza con insurgentes y consuman la Independencia. Pero como la separación política de la Metrópoli se realiza en contra de los insurgentes y el virreinato se transforma en el Imperio mexicano, al instalar a Iturbide como Agustín I, una rebelión lo derroca. Y empieza la compleja etapa de los pronunciamientos.

Por un cuarto de siglo, en una lucha de alianzas y traiciones, los liberales intentan consumar la ruptura con la tradición colonial: Hidalgo y Morelos. Pero su crítica no trata de cambiar la realidad, sólo la legislación. Con su pensamiento heredado de la Enciclopedia, creen que basta con decretar nuevas leyes para transformar la realidad. Ven en los Estados Unidos un modelo y creen que su prosperidad se debe a la excelencia de sus instituciones republicanas. Por ello se oponen al centralismo y apoyan el federalismo.

Todos esperan que una Constitución democrática le ponga freno al poder temporal de la Iglesia y acabe con los privilegios de la aristocracia terrateniente. Los liberales luchan contra los conservadores y cuentan a medias con inconsecuentes militares. Y mientras las facciones contienden, el país se derrumba. Los Estados Unidos aprovechan la ocasión y se pillan la mitad del territorio. Un fracaso positivo, pues la rebelión popular derrota al caudillismo militar, expulsa al dictador Santa-Ana y entrega el poder a los liberales. Una nueva generación, heredera de José María Mora y Valentín Gómez Farías, maestro de la “inteligencia” liberal, le da nuevos fundamentos a la nación: la Constitución de 1857, una carta liberal. Frente a la que conservadores llaman a las armas. Juárez les responde con las Leyes de Reforma, que acaban con los “fueros” y destruyen el poder material de la Iglesia. El partido conservador, apoyado por las tropas de Napoleón III, instala en la capital al segundo emperador de México: Maximiliano. Los reveses europeos del Imperio napoleónico, la presión norteamericana y la encarnizada resistencia popular, consuman el triunfo republicano. Juárez fusila a Maximiliano.

La Reforma consuma la Independencia y la significa, permitiendo el examen de las bases de la sociedad mexicana y de los supuestos históricos y filosóficos en que se apoya, como una triple negación: la herencia española, el pasado indígena y el catolicismo —que las sintetizaba en una afirmación superior. La separación de la Iglesia y del Estado, la desamortización de los bienes eclesiásticos y la libertad de enseñanza (con la disolución de las órdenes religiosas que la administraban). El proyecto histórico de los liberales aspira a una afirmación universal: la igualdad ante la ley de todos los mexicanos como seres de razón.

Pero la Reforma funda a México negando su pasado, rechazando la tradición, justificándose en el futuro. Muerto Dios, centro de la sociedad colonial, la naturaleza vuelve a ser una Madre, como en el marxismo de Diego Rivera. Una concepción científica y racional de la materia, que no se salva del inconsciente imaginario, que ve a la naturaleza como Madre (Bachelard, Psicoanálisis del fuego, Shapire, 1978).

Una nación —dice Ortega y Gasset— se constituye por un pasado que la determina y la validez de un proyecto histórico capaz de mover las voluntades dispersas y dar unidad y trascendencia al esfuerzo solitario. Pero la Reforma es un proyecto de una minoría que impone su esquema al resto de la población, en contra de otra minoría tradicional. Como el catolicismo colonial, la Reforma se inspira en una filosofía universal. Así como el catolicismo es impuesto por una conquista militar, el liberalismo, después de una guerra civil, por una minoría nativa educada a la francesa. El liberalismo no es una religión, sino una utopía, que no consuela, combate, sustituye el cielo por un futuro prometedor en la tierra, pero ignora el mito, la fiesta, el sueño y el erotismo. El liberalismo no puede sustituir los mitos. Para llegar a ser un proyecto nacional debe florecer en todo el país. La Reforma sustituye el lema “todos los hombres son hijos de Dios”, por “todos los hombres son iguales ante la Ley”. Una igualdad abstracta que entregaba —como dice Miguel de Unamuno— a “los hombres de carne y hueso”, a la voracidad de los más fuertes.

No obstante, la Revolución liberal no produjo una burguesía fuerte en la que hasta Justo Sierra confiaba. El remate de los bienes de la iglesia y la desaparición de la propiedad comunal indígena acentuó el feudalismo, posicionando a la aristocracia como la nueva casta latifundista. Tras la derrota de conservadores e imperialistas, la República carece de base social, porque rompe con el pasado. Y el poder queda en manos de Porfirio Díaz, el “soldado del 2 de abril”, que se convierte en “el héroe de la paz”; elimina la anarquía, pero sacrifica la libertad; reconcilia a los mexicanos, pero restaura privilegios; organiza al país, pero conserva el feudalismo anacrónico y pagano; estimula el comercio, construye ferrocarriles, limpia la Hacienda Pública y crea industrias modernas, pero entrega a México al capitalismo angloamericano, condenándolo a una vida semicolonial.

Porfirio Díaz simula gobernar con el progreso, la ciencia, la industria, el libre comercio, una burguesía afrancesada, con intelectuales que descubren a Augusto Comte, Herbert Spencer y Charles Darwin, y poetas simbolistas, como Manuel Gutiérrez Nájera. Pero los amantes del progreso tratan en sus haciendas a los campesinos cual esclavos de la Colonia. Una situación que recuerda un pensamiento de Eugenio Trías: para encontrarse con el propio poder y el colectivo es preciso perder el miedo al propio poder (Trías, Meditaciones sobre el poder, Anagrama, 1977:33-65).

El positivismo en México —según Leopoldo Zea— es una filosofía de Estado al servicio de la dictadura. Pero el pensamiento liberal, crítico y utópico es explosivo; su vigencia podría prolongar la anarquía. La paz requería una filosofía para el orden. Y los intelectuales la encontraron en el positivismo de Comte y Spencer, y en el evolucionismo de Darwin. El principio de la igualdad entre todos los hombres es sustituido por la teoría de la lucha por la vida y la supervivencia del más apto. La desigualdad ya no se debe a la sangre ni a Dios, sino a la Ciencia (Zea, El positivismo en México, El Colegio de México, 1943).

Como el porfiriato no engendra la filosofía positivista sino que la adopta, su dependencia es mayor que la de los liberales y teólogos de la Colonia: ni la critica ni la abraza con fe. Justo Sierra, aunque liberal y positivista, es el primero que se angustia ante la Historia Universal y la historia de México. Mientras para liberales, conservadores y positivistas la realidad mexicana carece de significación, para Justo Sierra ni la Religión, ni la Ciencia, ni la Utopía nos justifican: nuestra historia tiene sentido y dirección. Por eso Justo Sierra introduce la Filosofía de la Historia como respuesta a nuestra soledad y funda la Universidad, para servir al hombre y a la Nación, además de trazar las directrices del carácter nacional. Justo Sierra inaugura otro capítulo en la historia de las ideas en México que escribirán Antonio Caso, José Vasconcelos y Alfonso Reyes, quienes al desacreditar el positivismo desencadenan la dramática búsqueda de México por sí mismo, por la vía de la guerra civil (Paz, El laberinto de la soledad, F.C.E., 1993:146-148).

En la Morelia de Morelos, la noche del 15 de septiembre de 2008, durante el festejo de la Independencia, en medio de un operativo de seguridad inédito, se registraron cobardes atentados con granadas de fragmentación, que fueron lanzadas a la indefensa población, enlutando a Michoacán y a México.

Múltiples declaraciones venidas desde todos los sectores de la sociedad: gobernantes, analistas políticos, periodistas y ciudadanos, apuntan al narcotráfico, fortaleciendo esta interpretación el ingrediente de que en Michoacán empezó “la guerra federal contra el narcotráfico en 2006”. Tanto los grupos terroristas como los narcotraficantes acostumbran dejar un recado en el lugar de los hechos. Pero ningún grupo se adjudicó el atentado.

Por la Internet, circularon miles de mensajes que coinciden en la sospecha de que fue un atentado fascista, para sembrar el terror entre la población. Misivas que se preguntan ¿a quién le conviene atemorizar a la población, para que no salga de su casa, pase lo que pase?

Sea cual sea el objetivo de sembrar el terror, fue un lamentable crimen contra las víctimas, la ciudadanía y la estabilidad social, pues condenaron a la población a lo que el filósofo italiano Giorgio Agamben llama “Estado de excepción”, que no es constitucional, puesto que abandona a los ciudadanos a un “poder desnudo”, perverso y terrorífico. Porque el Estado de derecho es desplazado en la vida cotidiana por la excepción, dejando libre de toda atadura legal a la violencia pública, donde desaparece la diferencia entre la vida pública y la vida privada.

A nueve años de las Granadas que enlutaron a Michoacán y a México, la celebración de la independencia de México ya casi se convierte en un escenario fúnebre, acompañado del Grito de Quiebra de los mexicanos. El 50 % de pobres, el gasolinazo, el salario mínimo de hambre de $80, los huracanes y terremotos que terminan por derrumbar lo que nunca se construyó bien, las instalaciones hidráulicas inexistentes, los socavones por doquier, las mafias, las pandillas, los políticos voraces, los programas sociales y los fondos para celebrados desastres que se convierten en botines electorales y mercaderes, la enorme y la férrea desconfianza de la población: todos los ingredientes para una gran tormenta.

Porque en el escenario de la crisis económica mundial y nacional, se olvida que las familias mexicanas están arruinadas. Su ruina está más que documentada: el desempleo y la penuria en los hogares, que viene provocando un alto nivel de frustración, generando violencia social, intrafamiliar y escolar, y hasta suicidios. Un explosivo social que ya se encuentra entre nosotros y que puede estallar en 2018, sobre todo si el PRI se aferra a repetir el reciente modelito del Estado de México, de echar mano de todas las instituciones y los recursos públicos, además de las complicidades con el INE y el TEPJF, las alianzas, los frentes y los grupos sociales que terminan colaborando con la imposición del candidato del PRI a la Presidencia de la República (incluso si se le enmascara).

Lo más grave es que ni el Presidente, ni sus funcionarios, mucho menos los legisladores parecen disponerse a parchar el desgarrado tejido social de nuestra perforada Patria, que ya es un cementerio. Porque no están dispuestos —como dijo Miguel Ángel Granados Chapa— a reconstruir la Casa, o a construirla si es que no lo hemos hecho, sino sólo a reptar como se pueda al siguiente escenario político.

En el Día del Grito —como recuerda Octavio Paz— “¡Viva México, hijos de la chingada!”.

La entrada ¿Viva México? se publicó primero en Michoacán.


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