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Los límites de la alucinación en Cuba

Jueves 14 de septiembre de 2017, por David Alejandro Prado

A mis vecinos de la esquina se les cayó la casa. No era, lo que se dice, una casa mala.

Digo, una tiene un techo tembloroso o paredes reventadas por la humedad, una tiene un techo apuntalado o paredes con tantas hendijas como un harapo, una sabe que su casa es mala, y una sabe que ante el más inofensivo soplo debe recoger sus dos o tres pertenencias y recogerse, de paso, a sí misma. Llamémosle la cara garante del desamparo. Lo inseguro como única pregunta y única respuesta.

El punto donde la lógica se encorva viene con ese medio camino de casi todas las viviendas cubanas. Esa criatura obscena con dos extremidades de hormigón; y la cabeza, todavía, de teja y madera. El tipo de casa de la que hablo es un atlas que recoge la historia económica de quien la habita. Pero la historia económica de la mayoría de los cubanos se cuenta a retazos, uniendo migas, restos. Una casa de finales del XIX puede tener, en Cuba, un baño revestido con tres tipos de baldosas modernas, carpintería de aluminio, rejas que resguardan ventanas y puertas, y una planta interior perforando el espacio que ha cedido, gentil, el puntal.

La pérdida, en esos casos, provoca un estado de indefensión solo soportable desde la desconfianza. Me refiero al “esta casa aguanta”, “ ¿tú ves esa pared de la sala? Está reforzada de hace un mes”, “aquí he pasado todos los ciclones y sigue intacta”, “únicamente el ojo, y no vamos a ser tan fatales”, “el techo tiene tabla e palma y tejas francesas que encajan entre sí como un puzzle”, “¡es el golpe de viento que nos jode por ese costado!”, “¡dale a amarrar las dos ventanas que mira cómo traquetea el marco!”, “yo oí en el parte que era una bestia, pero tú, como siempre, con la rezongadera, no quisiste salir de aquí”, “¡esto es lo nunca visto, santo dios bendito!”, “¡métete en el baño y tranca la puerta, coño!”, “¡qué televisor, ni qué ropa!”, “¡ay madre mía! ¡ese trastazo fue la solera de la sala al seguro!”, “¡nos la levantó completica!”, “¡allá afuera no quedó títere con cabeza!”, “¡nos desgració!”, “ahora que está calmo, con cuidado, abre la puerta y asómate”.

Entonces una hurga en la papilla y encuentra un trozo de cartón del escaparate, astillas del reloj de pared, la cabeza estrangulada del ventilador y esa agua pastosa inyectando toda la materia. Entonces a una no le queda de otra que desconfiar. Desconfiar de la forma burlona del colchón, que simula un cadáver inflamado después del ahogamiento. Desconfiar de la cablería que cuelga del falso techo, porque las salas no lucen así, como una extremidad que se corta de tajo dejando al aire tendones y ligamentos. Tu historia económica triturada por un molino. Llamémosle la cara más espinosa del confort: ese estado impreciso donde, de perder, se pierde mucho. Y ese mucho, no es opulencia. Donde hay fortuna y donde hay miseria total las pérdidas por ciclones se asumen mejor por razones tan opuestas que terminan conectándose en el mismo principio de la superación. El mucho que menciono funciona por acumulación de sudores. Funciona por resistencia ante la necesidad, ante el hambre, ante el abandono, ante la poca o ninguna suerte, ante el rezago civilizatorio. Por tanto, es la peor de todas las pérdidas.

Camajuaní está ubicado a treinta kilómetros aproximadamente de Caibarién, Villa Clara, que es decir a treinta kilómetros de la zona donde el sábado 9 de septiembre tocó tierra el ojo del huracán Irma. Es un pueblo marchito, sin costa ni avenidas anchas. Hay edificios descascarados que a golpe de costumbre una empieza a encontrarlos bonitos. La mayoría de las viviendas, en Camajuaní, son el somatotipo de obreros que dibujan, cortan, cosen y empalman las partes de un zapato dentro de un taller. Por tanto, tienen esa clase de riquezas que surgen por acumulación de sudores. Casas-engendros que se levantan de a poco: un día esta pared y, en tres meses, la tapia y la cisterna. Después del desastre, han emparapetado un cuarto con las tejas sanas y vuelto al inicio: prepara, monta setenta u ochenta pares en la horma, clava las puntillas para que fije, coloca los ojetes, remacha, una y otra vez. Una y otra vez.

A diferencia de Caibarién, donde el fondo habitacional quedó verdaderamente lastimado, en Camajuaní no hay comunidades periféricas con viviendas achacosas; por tanto, no habrán demasiadas familias vagando de albergue en albergue durante décadas. Por supuesto, esta relación entre un pueblo y otro es injusta: a Camajuaní no lo azotó la pared lateral del ojo, tampoco tiene Camajuaní un barrio llamado La Picadora, con 112 familias hacinadas en un número reducido de ranchos ilegales –lo cual, tal vez, lo dificulte todo ante los ojos oficiales del Estado-. No tiene el mar, ni las casitas de tablas en hilera que bordean esa frontera de agua salada.

En Camajuaní hubo derrumbes, balcones arrancados de cuajo. La saña del viento pasó factura contra todo lo que estuviera poco resguardado. Cayó el Cosmopolita, un hotel abandonado de principios del siglo XX. Clausurado hace treinta años, siendo eludido en la ruta de todos, cualquiera pensaría que hay cierto refinamiento, cierta elegancia, en eso de caer a solas. Hacía pocos meses que el MINTUR lo había declarado oficialmente como parte de las obras de restauración que se acometerían en la zona central. A la escala Saffir-Simpson el gobierno le debe la demolición. Lo mismo con la Biblioteca Pública, un costado de la Casa de Cultura, la fachada del museo municipal, el techo del único e inactivo cine, laterales de la tabaquería, la librería, y tantos otros que escapan a mi inventario.

La emisora local informó que el 80 por ciento del servicio eléctrico en la provincia se encuentra afectado, que ya existen brigadas operando, que hay zonas lógicamente priorizadas como los servicios de salud y las fábricas productoras de alimentos. Pero la gente del pueblo habla. Habla sin parar, de cualquier cosa. Fabula. Dicen que no vendrá la luz en meses. Te atraviesan las pupilas y el tímpano, en ese performance de los desesperados, y te dicen “prepárate”, “ahora es que se pone malo esto”, “no quedó piedra sobre piedra en El Santo, Isabela, La Sabana, Juan Francisco, ni en ninguno de los hoteles de la cayería norte”, “sin luz no se prenden las turbinas, y sin turbinas no hay agua, y sin agua no hay comida que sembrar, ni bestia que cebar”. Y en ese silogismo tenebroso una escucha, o imagina que escucha, de una voz herida por la frecuencia modulada “que en algunos circuitos de Santa Clara se reestableció el fluido eléctrico”, y una cree, con total cabalidad, que vive no en Camajuaní, ni en Caibarién, sino en los límites de la alucinación.

En un arrebato de lucidez, mi madre ha hervido todas las carnes que guardábamos en el congelador. Ha dicho que así aguantan la semana. Que ya veremos después, cuando se acabe el gas y el agua. Y que una debe guapearse lo suyo y no esperar porque nadie te resuelva la vida. Y apagó la radio. Y le sopló el polvo a San Judas.

Este material se comparte con autorización de Periodismo del Barrio

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