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Hipercapitalismo cognitivo e infomonopolios

Sábado 15 de julio de 2017, por amalia

Albino Prada – Comisión JUFFIGLO de ATTAC España

La combinación de la robótica con el moderno software nos acerca a los primeros eslabones de la inteligencia artificial con crecientes capacidades de control, supervisión y predicción sobre la materia prima de lo que se ha dado en llamar minería de datos masivos (big data). Sin duda todo ello está suponiendo un salto no solo cuantitativo sino cualitativo en la organización y conformación de todos los ámbitos de la vida social.

Sin embargo no es menos cierto que esta tecnología 4.0 (equiparable a los saltos provocados en su día por la electricidad o el vapor) está siendo gestionada de una determinada manera, pues «al desplazar el centro de la economía de los bienes físicos a los flujos de datos» se reforzaría aún más el «poder que ha sido normalmente ejercido por los industriales y financieros dueños de los artilugios, no por las personas empleadas para operarlas» (Carr 2014: 140 y 35).

Es así que la economía 4.0 (dominada por un capitalismo hiperfinanciero digital y por gigantes de la comercialización a escala global) estaría conformando un sector industrial 4.0 a su medida. Nuevos procesos, nuevos productos, nuevos modelos de negocio y costumbres.

Las industrias y los servicios se redefinen actualmente en paralelo, aunque serán los grandes conglomerados financieros y comerciales los que subordinen a los ingenieros de la producción material, con consecuencias más que preocupantes –como aquí resumiremos- en el empleo, en las actividades y productos o en el conjunto de la economía.

Para evitar estas, más que preocupantes, consecuencias de la economía 4.0 se verá que es imprescindible abrir camino a una redistribución del trabajo humano necesario en esa economía. Eso y, en paralelo, hacer lo propio con una nueva forma de redistribución de la riqueza generada con cada vez menos trabajo humano directo.

Ambas redistribuciones definirían una sociedad 4.0 sin la cual la economía 4.0 provocará un creciente deterioro del bienestar social a escala global (y muy particularmente en aquellos países que habían logrado notables avances en ese sentido). Nos referimos a un aumento galopante de la exclusión, la precariedad, el subempleo, la pobreza laboral o la desigualdad. Procesos más relevantes que la tópica mera cuantificación del número de empleos creados o destruidos por la economía 4.0 a escala global y en cada país.

Para avanzar en ambas redistribuciones se trataría de dejar de reducir la jornada laboral media a costa de transformar empleo de tiempo completo a otros de jornada parcial (con ingresos de pobreza), no fijarse como objetivo el incremento de la tasa de actividad en edades previas a la jubilación (55-64 años) sino, al contrario, con contratos de relevo o no retrasar la edad a la que se tiene derecho a cobrar el cien por cien de la pensión y sí, al contrario, abrir camino a una renta mínima para todos los ciudadanos que incentive el reparto del empleo disponible. Serían ejemplos de opciones en las que la economía y la industria 4.0 debieran encajar en una nueva sociedad 4.0.

Una sociedad que, al mismo tiempo, debiera evitar el control de los mercados por las finanzas, los distribuidores y los servicios de big data globales escapando del señuelo del lowcost, evitar la igualación a la baja en los derechos económicos y sociales de la mayoría, así como de las obligaciones fiscales de los más ricos. Pero también escapando de un galopante consumismo lowcost insostenible -social y ambientalmente- a escala global.

Evitar el avance de un mundo en el que los intereses colectivos no disponen de instituciones globales (y cada vez menos estatales), o que nos deslicemos desde los diversos capitalismos nacionales de mercado hacia una salvaje sociedad global de mercado.

La financiación de tales instituciones colectivas (estatales o supranacionales como la UE o a escala global) no puede ya descansar en unos ingresos o cotizaciones sobre un empleo en declive (cualitativo y cuantitativo), menos aun gravando más el consumo de la mayoría, sino sólo con contribuciones crecientes de los propietarios de un capital (industrial, tecnológico, financiero) que acapara una parte creciente de la renta nacional.

Cuando así no se hace nos encontraremos en países que mejoran año a año su producción de riqueza pero en los que, entre otros desastres sociales, sus ingresos públicos van a ser insuficientes para dar cobertura a los pensionistas si se han de pagar los intereses a los acreedores.

Para definir esa sociedad 4.0 es conveniente, en consecuencia, analizar con algún detalle los efectos que está teniendo la economía 4.0, de digitalización masiva, en ausencia de la misma.

Dichos efectos los revisaremos en lo que sigue agrupándolos en tres apartados: los que tendrían que ver con que en esta ocasión el descenso provocado en el empleo no fuese temporal (como en otras oleadas innovadoras), los que tendrían que ver con la independencia, autonomía y propia naturaleza de las actividades automatizadas y los inducidos en otros aspectos de la economía (desigualdad y quiebra del Estado Social).

Una vez hecho lo cual cerraremos nuestro análisis planteando algunas propuestas para abrir camino a las dos redistribuciones (del trabajo y de las rentas) que hace hoy posible la economía 4.0 pero sin las cuales nuestras sociedades empeorarían su bienestar social.

(Hasta aquí la introducción de un DOCUMENTO publicado por la Fundación 1 de Mayo)

Descargar aquí el documento completo: http://www.1mayo.ccoo.es/nova/files/1018/Estudio101.pdf


Ver en línea : https://www.attac.es/2017/07/15/hip...

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