Publicado en línea el Sábado 3 de junio de 2017, por (8300)

Por Sara Aedo

Luisa y Pewtun. Foto: Juan Thomes.

El recuerdo de la resistencia en Pulmarí, a mediados de los 90, vuelve a la mesa en la que Luisa Huenchu (50) y Pewtun Nawel (19) repasan la presencia de la mujer en la historia mapuche. Lo comparten porque las crónicas de la época hicieron un registro escueto del rol de las mujeres en la lucha por las más de 110.000 hectáreas en la zona de Aluminé. Vuelven 22 años atrás para reconocer el hecho de que no ser nombradas es un signo de desigualdad, una muestra de cuán hondo caló el patriarcado en el Pueblo Nación Mapuche.

“El machismo en las comunidades es muy fuerte”, dispara Luisa en el primer intercambio de palabras. Se instaló ahí, sospecha, después de los procesos genocidas que permitieron la conformación del Estado argentino y chileno. Así, las funciones de cada género comenzaron a delinearse de igual modo que en las sociedades no mapuches. Pewtun acuerda y agrega: “Se naturalizó, no se habla y se piensa que debe ser así”.

Las mujeres mapuche son conocedoras de los ciclos vivos, las guardianas de la salud y las transmisoras de la cosmovisión y el conocimiento. Es parte de la división de tareas a las que se les suma la crianza de las niñas y niños, las prácticas globales de cuidado de otros miembros de la familia y las tareas domésticas. Mientras tanto, los hombres se dedican mayormente a la cuestión política.

Esa mirada rasante olvida que las machi, las pijan kuse son autoridades dentro de las comunidades, que hay mujeres lonko y que las acciones parlamentarias dentro de cada lof no imponen condiciones de género. Sin embargo, tal como lo remarca Luisa, el relato mapuche de la permanencia de Pulmarí, por ejemplo, no menciona a Hermelinda Caitruz, lideresa en la resistencia, pero sí reconoce el protagonismo de su padre, Damasio Caitruz. La práctica, una vez más, pondera a unos e ignora a otras.

“Lo que dice la filosofía mapuche es que todos estamos a un mismo nivel porque todos nos necesitamos”, explica Pewtun. Un principio armonía que pareciera chocar con esta íntima unión que ha construido el patriarcado con el capitalismo.

Para las mujeres mapuche, el molde de la desigualdad sólo se puede romper cuando cada miembro de la familia se encuentra de frente con sus propias prácticas machistas y se siente interpelado por ellas. Las violencias, considera Luisa, no son del ámbito privado, ni se solucionan con el ocultamiento (un secretismo que es parte de la matriz colonizadora del cristianismo, donde hay temas tabú, como el aborto). Al contrario, deberían revelarse en el terreno de lo comunitario, en la forma de nombrar las violencias, en la deconstrucción de estos esquemas.

Es por eso que cada vez que las mujeres salimos a la calle y decidimos hacerlo solas, sin hombres al frente, al costado, adueñándonos de lo público, las mujeres mapuche optan por hacerlo con sus hijos y con sus compañeros. Si la mujer mapuche y sus hijas se empoderan, también lo harán sus hijos varones, sus sobrinos, el círculo completo que compone a cada lof.

Para Luisa y Pewtun el encuentro entre mujeres, el diálogo, es una de las prácticas políticas que hoy está ausente en las comunidades. El desafío, para esta generación que está cada vez más en la calle, conmovida ante cada nuevo femicidio, es ganarle terreno al hermetismo, es la reconstrucción de lazos sororos y a la par de lazos comunitarios. Porque tal como lo sintetiza, Luisa: “En este Ni Una Menos, las mapuche reivindicamos nuestros vínculos”.


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