Publicado en línea el Martes 7 de febrero de 2017, por admin

La comodidad es la peor cosa que puede sucederle a un movimiento social, y es lo que aplastó a la insurrección de Gezi. Para que un movimiento permanezca en movimiento, hace falta que algo insoportable continúe alentándolo, día y noche. Si nada te incomoda, si por el contrario comienzas a estirar los brazos, vas a detenerte, y esto es normal; la necesidad de puntos de referencia, de estabilidad, es algo natural. Ahora bien, rebelarse consiste en estar listos a luchar contra las propias necesidades naturales. Para rebelarse hace falta sentirse fuertes pero despojados, despojados pero fuertes. La incomodidad es la única fuerza que nos incitará a seguir adelante.

Kenan Görgün, Rebellion Park

 

La agitación comenzó en marzo contra un proyecto de ley sobre el trabajo, la así llamada ley El Khomri, en referencia al nombre de la ministra de Trabajo. «La controversia suscitada por la ley sobre el trabajo deriva en una crisis ideológica y en un rechazo al sistema en su conjunto», según una nota interna del Servicio Central de Información Territorial (SCRT por sus siglas en francés) con fecha del 28 de abril, día en que se produjeron algunas de las manifestaciones más duras. «Contra la ley trabajo y su mundo», se decía en algunas pancartas… Asimismo, esta ley llega después de una larga serie de medidas gubernamentales en ruptura flagrante con las promesas de campaña electoral de François Hollande…

La ley El Khomri forma parte de las medidas legislativas que hacen época. En Francia, vivimos el fin de todo el ciclo inaugurado por el pacto estalino-gaullista de la Liberación.[1] La noción de contrato entre el capital y el trabajo, que fundaba a dicho pacto, y aseguraba a la mano de obra el beneficio de ciertas protecciones sociales en el marco de su explotación, se encuentra actualmente caduca. La institucionalización de los sindicatos, tras el abandono definitivo de toda referencia a un salto cualitativo (la famosa «huelga general insurreccional» preconizada por el sindicalismo revolucionario de antaño), instalaba a aquéllos en un papel de co-gestores de la fuerza de trabajo en el interior del capitalismo. Lo cual iba a funcionar perfectamente durante todo el período fordista, mientras los sindicatos disponían en tal momento de una capacidad de negociación inédita. Ésta no bastaría eternamente para impedir huelgas salvajes en la industria fordista de la década de 1970, que en ocasiones eran capaces de expresar un verdadero rechazo al trabajo. Pero en lo esencial, las luchas obreras en Francia permanecieron contenidas dentro de este marco sindical, que muchas veces fue desbordado en algunos países vecinos…

Sucede que la regulación de los conflictos vinculaba a varios protagonistas con intereses opuestos, aunque solidarios, bajo esta forma misma. La oposición entre trabajo y capital jamás había de transformarse en contradicción, bajo pena de que los conflictos sociales no desembocaran en un conflicto político como el que se produjo en 1968… La oposición podía asumir formas agudas, pero ellas tenían que resolverse siempre de modo contractual, a través de acuerdos sectoriales (el modelo seguía siendo el de los acuerdos de Grenelle que, a finales de mayo de 1968, cortocircuitaron la huelga general salvaje que paralizaba el país). Esta dinámica conflicto-negociación entre el capital y el trabajo, que funcionaba en el marco de un mercado interno y de una moneda nacional, entró doblemente en crisis: en primer lugar, con el declive del sistema fordista que comenzó en Francia a finales de la década de 1970, y después, con la constitución del mercado único europeo. La instauración de la zona euro marcó la salida irreversible del capitalismo fuera del marco estatal-nacional con la subordinación del mercado interno a las reglas de un mercado común y a los imperativos de una moneda supranacional.

No existe otra economía que política. La economía no es una categoría del mundo, como lo son el dinero, la mercancía, el asalariamiento y el capital: la economía es tan sólo el pensamiento burgués y burocrático sobre el mundo. Pero para ejercerse, este pensamiento necesita un campo de aplicación – o más bien, es la aparición de tal campo lo que necesita un cierto tipo de competencia que funcione después como discurso dominante. La economía política nació históricamente con la constitución del Estado-nación, el cual instauró un campo de gobernanza atravesado por una tensión entre el interior y el exterior del mercado que trataba de regularse. Pero actualmente la gobernanza ha sido transferida a instituciones internacionales que constituyen el verdadero poder político: FMI, Banco Mundial, OMC, ¡sin olvidar evidentemente a la Unión Europea! La tensión entre poder y riqueza, que determinaba toda la actividad del Estado, se ha desplazado y se ejerce ahora, por lo tanto, según otros parámetros distintos a los de la economía política clásica – esa que se extendía desde los Fisiócratas hasta Keynes. Los gobernantes no tienen otra vía que aferrarse a los dictados de la gobernanza mundial: ¿terminarán por firmar el TTIP, que los despojará aún más de sus prerrogativas? Probablemente sí, porque en ello se juega «el crecimiento» y «el empleo»…

El discurso de los dirigentes suena entonces tan falso como en otro tiempo la ideología del Partido en los regímenes estalinistas en sus últimas. Cualquiera percibe el carácter mentiroso e irreal del discurso político, que debe contentarse con transmitir una semántica neoliberal estructurada en torno a algunos significantes reiterados al infinito – «el crecimiento», «el empleo», «el desarrollo sostenible», etc. Nunca el espectáculo de la política había alcanzado tal nivel de antinomia entre lo que es prometido y lo que es cumplido, entre lo que es afirmado y lo que es verificado. Lo cual explica la importancia asumida por el léxico guerrero y seguritario en el lenguaje del poder, ya que se relaciona con el único campo en el que la política estatal tiene todavía una efectividad: la gobernanza nacional que ya no puede ejercerse como economía política, sino como pura gestión disciplinaria de las poblaciones – ya ni siquiera nos atrevemos a hablar de «protección»… De ahí el papel que han llegado a asumir en la opinión pública los temas de seguridad y xenófobos.

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La ley El Khomri tiene objetivamente por meta «proteger a los asalariados, favorecer la contratación, y dar más márgenes de maniobra a la negociación empresarial». Apoyada por el MEDEF, sindicato de los patrones franceses, apunta en realidad a incrementar la flexibilidad de la mano de obra, a acentuar la precariedad salarial y a reducir el costo del trabajo, siguiendo en esto las recomendaciones de la Comisión Europea – cuyo presidente, Jean-Claude Juncker, deploraba durante su último paso por París que se hayan dado tan pocas evoluciones del derecho al trabajo en Francia desde hace decenios: «Que se eliminen ciertas rigideces parece ser un gesto legislativo apropiado». Otros países de Europa, Alemania, España, Italia con el Jobs Act de Matteo Renzi, han tomado de ahora en adelante medidas que van en este sentido. En Bélgica, un proyecto de ley análoga, la ley Peeters, provocó manifestaciones y huelgas en la primavera de 2016.

La mayoría de las legislaciones europeas preveían efectivamente que, en cada sector de la actividad, acuerdos contractuales definieran las condiciones de trabajo y de salario: según las disposiciones introducidas por la ley El Khomri, los acuerdos por iniciativa primarían ahora sobre los acuerdos sectoriales. Estos últimos, si consideramos que instauran una regla general, aplicable a todas las empresas del mismo sector de la actividad, metalurgia, química, transportes, construccion etc., son en efecto denunciados tanto por el MEDEF como por los eurócratas ya que impedirían un uso flexible de la mano de obra. Es claro que en las empresas en las que la relación de fuerza no es favorable a los asalariados, éstos serían más fácilmente constreñidos a ceder ante el chantaje patronal.

Que ya no haya economía política más que en el mero marco de la UE arrastra evidentemente consecuencias en el interior de cada país. Por ejemplo, tras entrar en la zona euro cada Estado perdió la capacidad de jugar con su moneda (lo cual era una prerrogativa esencial del poder estatal). A partir de entonces resulta imposible estimular la producción industrial, estancada desde 2008, volviendo a lanzar las exportaciones a través de una devaluación de la moneda. Para compensar esto, por lo tanto, cada gobierno debe entregarse a una sobrepuja de desinflación salarial, por todos los medios imaginables, a fin de garantizar a las empresas instaladas sobre su territorio una tasa de beneficio aceptable. Tal es el sentido de cierto número de medidas tomadas estos últimos años en Francia, las cuales mitigan las iniciativas de una parte de sus cargos fiscales y de sus cotizaciones sociales: y, con la ley El Khomri, reducen el coste del trabajo disminuyendo el pago de las horas suplementarias y del trabajo nocturno y reduciendo el coste de los despidos. Aquí todavía, esta ley no hace más que seguir la tendencia general en los países de la zona euro.[2] Por consiguiente, no cabe ninguna duda de que la aplicación de la ley El Khomri acentuará en Francia el desarrollo de los working poors, como se vio en Gran Bretaña tras la dictadura de Margaret Thatcher. Existen de ahora en adelante en todos los países dos millones de estos working poors, que corresponden a 7.6 % de los empleos asalariados (según cifras que datan de 2013): trabajadores que ganan lo suficiente para no morir de hambre, pero tan poco para vivir.

La ley El Khomri intenta también barrer las disposiciones que, reglamentando el tiempo de trabajo, vuelven más lenta la lógica de los flujos extendidos. Ésta exige en efecto horarios de trabajo cada vez más flexibles, una mano de obra confinada a un estatuto precario, como remplazo o con contrato corto, así como la subcontratación en el sitio. No es fortuito que muchas acciones de bloqueo en mayo-junio hayan apuntado a empresas logísticas: el transportista, que debe obedecer a los mismos imperativos de rapidez y de flexibilidad que la fabricación, el conductor-repartidor o el descargador, se encuentran cada vez más oprimidos por la exigencia de ganar tiempo, y condenados a mostrarse cada vez más disponibles. Y esta flexibilidad desatada impacta en la vida de los trabajadores fuera del trabajo propiamente dicho, afectando la simple posibilidad de tener un poco de vida social o familiar…

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La debilidad de la movilización sindical durante los dos primeros meses contrastaba con la fuerza de las movilizaciones de los universitarios y, sobre todo, de los estudiantes de liceo. La agitación nunca presentó el carácter de un movimiento masivo como en 1994 (contra el CIP), o en 2006 (contra el CPE), ni siquiera como en el otoño de 2010 (contra la reforma de las jubilaciones).[3] Incluso entre los estudiantes de liceo: de 188 liceos en París, sólo 33 fueron bloqueados. Por el contrario, presentó una determinación fuertísima de los participantes, tanto más impresionante si se toma en cuenta el nivel de violencia policiaca y judicial implementada contra ellos. El Movimiento Inter-Liceos Independiente que agrupa en París a estudiantes de liceo, universitarios, precarios, aprendices, desempleados, es emblemático de esta determinación. En las demás ciudades, la cohesión se hizo a partir de vínculos colectivos conformados en luchas locales (contra el aeropuerto de Notre-Dame-des-Landes en el caso de Nantes y Rennes) o improvisados (el colectivo «13 en lucha», en Marsella).[4] La dirección confederal de la CGT tuvo que acabar movilizando a nivel nacional, bajo la presión algunas secciones empresariales e incluso de uniones locales, de las cuales algunas comenzaban a revolverse (particularmente en los sectores de transportes), al mismo tiempo que no podía arriesgarse a parecer demasiado desfasada con respecto a la agitación de los jóvenes. No obstante, nunca lanzó una consigna de huelga general prorrogable – por lo demás, no es completamente seguro que tal consigna hubiera tenido oportunidades de acabar en algo más que en un fracaso desmovilizador.

Continental, PSA-Aulnay, Goodyear, Air France, Bosch – las recientes luchas obreras en Francia se inscriben sobre una línea recta trazada desde el fin de la década de 1970: en reacción a supresiones de empleo, o a cierres de fábrica, a menudo deslocalizados en otro continente o, desde hace una veintena de años, en un país de Europa del Este. La única cosa que sigue siendo negociable es entonces el alza de la indemnización del comienzo: escenario que se repitió desde hace más de treinta años en la siderurgia, la construcción naval, la petroquímica, el automóvil… En el sector público, las huelgas se produjeron en reacción a medidas que agravaban las condiciones de trabajo, particularmente para los ferroviarios y el personal hospitalario. En todos los casos, se trata de luchas que, vistas a veces muy duras, no son menos defensivas. En este contexto, el sindicato ya no puede administrar más que su propia supervivencia, y debe funcionar como un supletorio tecnocrático del capital (CFDT) o bien luchar para conservar su estatuto de oponente-interlocutor privilegiado (CGT para el sector obrero, FO para los funcionarios, ambos tildados de arcaísmo por la CFDT, o el sindicato alterativo SUD que es tratado de aventurero).

La composición del asalariamiento obrero en Francia polarizó desde hace varios decenios a, por un lado, obreros calificados y asegurados, en CDI, y, por el otro, precarios poco calificados, provisionales o CDD. El modo de organización sindicalizado siempre ha impedido la comunicación entre los dos, lo cual no ha carecido de consecuencias, cuando los sindicatos admiten, como una contraparte inevitable de los derechos adquiridos por los trabajadores calificados, la generalización de la precariedad al exterior de esta zona salarial protegida. Y este modo se opone a fortiori a toda comunicación entre estos trabajadores adultos e integrados y los jóvenes todavía libres (lo testimonia el odio de los miembros de los servicios de orden sindicales hacia esos jóvenes «que siembran el caos»).

En la medida en que el horizonte sindical esté delimitado por la empresa o bien por el sector de la actividad, la muchedumbre atomizada de los trabajadores interinos, precarios, desempleados y beneficiarios del RSA se seguirá encontrando excluida en los hechos de las luchas reivindicativas: los movimientos de desempleados aparecidos en Francia durante el invierno de 1998 se extinguieron al cabo de algunos años. No tener empleo equivale por tanto a una nada social, desde el punto de vista sindical. Los sindicatos, en todo caso la CGT y FO, se afianzaron tanto más en la defensa de las conquistas de los trabajadores asegurados, a los cuales pretenden evitar que caigan en esa nada. Pero esas famosas conquistas son únicamente una cristalización de relaciones de fuerza al día de hoy superadas: de ahí la dificultad para movilizar en la actualidad incluso en sectores tradicionalmente combativos como los ferroviarios o el personal hospitalario.

El objetivo primero de los sindicatos, y particularmente de la CGT (que sigue siendo el principal sindicato del país, pero podría bien encontrarse superado por la CFDT en las próximas elecciones de delegados), es conservar un papel institucional en un período en que las grandes decisiones se toman a partir de ahora sin ellos, quienes en el mejor de los casos se ven conceder un simple papel de consulta. Y si, en tal caso, la CGT era aún el interlocutor privilegiado bajo Sarkozy, con Hollande se vio remplazada por la CFDT, que inspiró directamente el contenido de la ley El Khomri. La CGT, desde el derrumbamiento del Partido Comunista Francés, ha dejado de ser el sindicato monolítico que había sido durante cincuenta años, para asumir una cierta heterogeneidad – por el contrario, es la CFDT, que jugaba a la autogestión después de 1968, ¡la que se ha vuelto realmente monolítica y piramidal! La CGT conservó sin duda su burocracia, en todos los escalones de su organización, sus congresos están siempre bloqueados y caracterizados por la ausencia de debate de fondo, sus servicios de orden siempre tan policiacos, pero, en el interior de este sistema estalinista se abren fallas por todos lados, las estructuras de base ondulan, en una relativa autonomía con respecto a la dirección confederal, mientras que las Uniones Locales de la CGT se arriesgan a tomar iniciativas en otro tiempo impensables.

En este contexto, es imperativo para los sindicatos controlar el momento más espectacular de la agitación en curso: la manifestación. Su problema es que aquí la energía viene de los jóvenes, y más todavía de los estudiantes de liceo que de los universitarios – esto no es ciertamente una novedad. Lo que es nuevo, sin embargo, es que esos jóvenes se organizan para llevar a cabo sus propias manifestaciones, y que en las manifestaciones «unitarias» hayan conseguido, a pesar de los servicios de orden de la CGT, imponerse en la cabeza de la marcha. Es en sí sobresaliente el simple hecho de que en el interior de estos cortejos incontrolados varios cientos de jóvenes, a menudo enmascarados y vestidos con sudaderas negras, hayan podido encarar a los policías como lo vimos durante las manifestaciones del 17 y del 31 de marzo en París. En estas situaciones, no parecen ya tan fuertes los desacuerdos que se habían revelado, de modo a veces violento, durante el movimiento anti-CPE de la primavera de 2006: los cortejos de estudiantes eran manifiestamente pintorescos, jóvenes negros y árabes participaron en ellos.

La aparición de estos cortejos tomó por sorpresa a los sindicatos, engendrando una lucha por el espacio simbólico en las manifestaciones. Los cortejos incontrolados no dejaron de crecer, atrayendo a sindicalistas desde finales de abril, al punto de ser designados como «el cortejo de cabeza», y para empezar de nuevo en modo de manifestación salvaje después de la dispersión oficial. De ahí las intervenciones violentas de los servicios de orden de la CGT y de FO. Estos servicios de orden, que nunca han protegido a ningún manifestante contra la violencia policiaca, están ahí únicamente para mantener el control de los aparatos sindicales sobre el desarrollo de las manifestaciones.[5] Lo que se volvió flagrante durante la manifestación del 17 de mayo en París, donde cargaron literalmente contra los manifestantes que tardaban en dispersarse. En Nantes, el servicio de orden CGT impidió que se introdujeran en la manifestación los tractores de los campesinos de la ZAD de Notre-Dame-des-Landes, bajo el argumento imbécil de que «la ZAD no tiene nada que ver con el objeto de esta manifestación». En Marsella el 12 de mayo el servicio de orden, por pura paranoia, agredió a palazos y gases a todo tipo de manifestantes que se dispersaban. Abusos análogos han sido realizados en varias otras ciudades. Estas violencias llegaron incluso a provocar protestas de numerosos sindicalistas contra el comportamiento provocador del servicio de orden. Por su lado, la policía dejaba tranquila a los cortejos sindicales, y atacaba sistemáticamente a los cortejos incontrolados, actuando a veces con ayuda de los servicios de orden sindicales.

Si los turbulentos cortejos de cabeza hicieron resonar otra tonalidad en toda esta agitación, los aparatos sindicales de ningún modo se proponen renunciar a la muy convencional «jornada de acción», con sus muchedumbres disciplinadas que desfilan detrás de los camiones sonorizados. Estas jornadas ofrecen el espectáculo de una movilización que, precisamente, es convocada sólo para desmovilizar. No es por tanto sorprendente que esta técnica disciplinaria se acompañe de un discurso de sometimiento a la legalidad que es alegremente reivindicada: así el llamado de SUD Rennes a ir a manifestarse con casco –y nada más–, lanzado en mayo después de una serie de heridas graves infligidas a manifestantes de Rennes por los policías, provocó una protesta unánime de los demás sindicatos. Cuando el simple hecho de protegerse es percibido como un atentado a la ordenación educada de la manifestación, podemos decir que el discurso de las direcciones sindicales ha llegado al nivel del: «No tenemos nada que ocultar si no tenemos nada de qué reprocharnos», del colaborador-delator promedio. En el lado contrario, se sitúa el bello gesto de solidaridad de los estudiantes de liceo del distrito XI de París, justamente en rebelión por la paliza a uno de los suyos la noche anterior: ataque de las comisarías del X y XIX el 25 de marzo –improvisada, ciertamente, hubo por desgracia pocos daños materiales– y después saqueo de un supermercado y distribución de una parte del botín a los refugiados sirios que acampaban no lejos de allí, en plaza Stalingrado.

Por su lado, la policía dio a entender que no toleraría la menor desviación con respecto al esquema de la manifestación-sindical-todos-en-fila-detrás-del-camión-sonorizado-y-los-globos-del-sindicato. Desde el comienzo de las protestas contra la ley, no hubo sino una secuencia de intervenciones policiacas a las puertas de los liceos para impedir los bloqueos, tanto en la ciudad como en las periferias, en cada ocasión con una brutalidad hábilmente calculada. Asambleas generales en las facultades fueron dispersadas tanto más brutalmente. Los manifestantes arrestados y esposados recibieron palizas de forma metódica después de su arresto, entre ellos chicos de 15 años. La técnica del encapsulamiento implicaba cortar sistemáticamente en dos a los cortejos de las marchas para aislar y encerrar una parte de la muchedumbre, en medio de la cual los policías lanzaban inmediatamente granadas. A lo cual se añade la utilización de drones para vigilar las manifestaciones en París. El recurso al RAID, unidad de élite antiterrorista, para evacuar la Casa del Pueblo en Rennes, ocupada tras una manifestación, indica una tendencia todavía más inquietante.

No solamente los sindicatos cerraban deliberadamente los ojos ante estos casos de violencia policial, sino que rivalizaban con el gobierno, cada uno arrojando al otro la responsabilidad de los destrozos. Que la figura del «vándalo», «revoltoso» o «rompevidrios» sea un elemento clave de la neolengua espectacular no es ciertamente una novedad. Es como mínimo importante señalar que los destrozos han estado por lo general apuntados a blancos: las vitrinas de agencias bancarias, rotas o recubiertas de pintura, con los cajeros vandalizados, agencias inmobiliarias o de trabajo temporal, y locales del Partido Socialista evidentemente… Hubo excepciones a esta inteligencia del vandalismo, la más notable fue el famoso incidente del hospital Necker el 14 de junio. Pero por primera vez la división revoltosos/manifestantes se vio puesta en entredicho – o al menos comenzó a serlo. Así la portavoz de la Coordinación Estudiantil, Aissatou Dabo declaraba públicamente: «Decidimos no disociarnos de lo que ustedes llaman los revoltosos». La intervención de Samir Elyes, anciano del Movimiento de la Inmigración y de las Periferias, en Nuit Debout, el 17 de mayo, articulaba los enfrentamientos actuales con aquellos de las revueltas de las periferias pobres en 2005: «La convergencia debe hacerse con aquellos que lanzan piedras […]. Un motín es político». Durante este tiempo, el burócrata líder de la CGT prosiguió incansablemente sus denuncias contra los «vándalos», supuestamente manipulados por el gobierno…

En este instante, la agitación contra la ley El Khomri habrá tenido el mérito de ridiculizar el estado de emergencia, que fue renovado por tres meses a finales de febrero y una vez más a finales de julio. Las calles del país, que habían sido ocupadas en 2015 por los manifestantes-Charlie Hebdo abrazando a los antimotines, lo han sido durante varios meses por aquellos que gritaban: «Todo el mundo detesta la policía». Un eslogan que tiene la ventaja de trazar una opción común: de las barriadas periféricas pobres a los liceos en la ciudad, numerosos son los jóvenes que pueden reconocerse aquí sin la sombra de una indecisión. Si tenemos que emplear el lenguaje de la vieja política, diríamos que es un eslogan federador, que no ha dejado de tomar amplitud a medida que la agitación tiene en consideración la actitud de la policía.

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Tercer protagonista de la agitación, después de la juventud de los liceos y los reductos obreros sindicalizados: la clase media más o menos en proceso de desclasamiento. Y más precisamente las profesiones encargadas de la reproducción cultural del sistema (docentes, animadores culturales o sociales, comunicadores, artistas y técnicos del espectáculo, etc.). Nuit Debout está conformado por ellos en primer lugar, quienes apenas parecen propensos a cuestionar su propio papel en este bajo mundo: de hecho, hubo pocas intervenciones críticas sobre la enseñanza y la cultura en los fórums de Nuit Debout. Así pues, esta clase extiende su papel social a la agitación en curso, en lugar de partir de ésta para poner en entredicho su función. Aterriza con los códigos y los conformismos de su medio social, de lo cual se sigue un discurso ciudadanista con un toque de ecologismo coqueto – una película como Demain refleja bien el modo de pensamiento de una importante parte de estas personas, al igual que el demagógico Merci patron de François Ruffin.

La primera «Noche de pie» (Nuit Debout) tuvo lugar el 31 de marzo, con la idea de dar una secuela a la manifestación de aquel día llamando a los manifestantes a encontrarse después en la plaza de la República (en donde también se encuentra la Bolsa de trabajo). El equipo de Ruffin desempeñó un papel no despreciable en esta iniciativa. Ocupando una plaza que lleva este nombre, Nuit Debout enviaba un fuerte mensaje contra el estado de emergencia: después de los atentados de noviembre de 2015 la estatua de la República, en el centro de la plaza, había servido de lugar de recogimiento a la memoria de las víctimas, y la primera manifestación pública contra el estado de emergencia en diciembre fue reprimida en este mismo lugar. Una carga simbólica que no había escapado a los instigadores, de los cuales algunos acariciaban el proyecto de redactar allí una nueva Constitución. Nuit Debout intentaba reconciliarse con la publicidad, como se denominaba al debate público y ejecutivo en el tiempo de las Secciones populares de 1792-93 (antes de que fueran destruidas por los jacobinos). Pero no se puede fundar la publicidad sobre una inmediatez. Por consiguiente, Nuit Debout ofreció el espectáculo de una palabra generalmente desarmada y desarmante, sin desembocadura práctica – de ahí a menudo los pequeños motines de consolación al final de la tarde… El abandono de la ley El Khomri ya sólo funcionaba como tema vagamente unificador. En todos los casos, la ocupación de la plaza de la República siguió siendo ambigua con respecto a otras ocupaciones de plazas – las de la plaza Tahrir de El Cairo en 2011, de la plaza Taksim de Estambul en 2013, y, más lejos todavía, del zócalo de Oaxaca en 2006. Se relaciona más al 15-M, del cual tomó sus peculiaridades – de hecho, un equipo de Madrid desembarcó para procurar sus conocimientos en materia de comunicación a los ocupantes de la plaza de la República y, efectivamente, los animadores de Nuit Debout aparentan principalmente haber sido expertos en el manejo de los medios de comunicación llamados alternativos, desde Radio Debout hasta las redes sociales sobreactivadas.

Nuit Debout ha sido por tanto un lugar de con-fusión, en el cual muchos lugares comunes se repetían, atravesados por fulgores. Este lugar siguió estando, sobre todo, desesperadamente fuera de suelo y fuera de campo. Como lo señalaba con pertinencia Almamy Kanouté, del Val-de-Marne (periferia del sur): «Ninguna persona tiene la paciencia de aterrizar y escuchar a la gente hablar durante cuatro-cinco horas. En las periferias se da la urgencia. Diversas familias están siendo expulsadas. Los habitantes de los barrios populares aguardan por acción. ¿Por qué no hacer una planeación de las expulsiones y darse la dirección de todos para impedir esto?». ¿Por qué el público de Nuit Debout no retomó con fuerza tal sugerencia? Recordemos que el resultado más interesante del 15-M, en España, fue la multiplicación de los colectivos en oposición a los desalojos de familias que no pueden pagar su alquiler o su crédito (mientras que otros preferían emplearse en la edificación de un nuevo rackett político. Fuera de campo, por tanto, porque el espacio mismo de la capital, de esta plaza simbólica, hace ilusiones. El campo de los posibles se abre en otra parte, a las entradas de los liceos y de las facultades y, más lejos todavía, sobre un plano geográfico, pero también social, a las entradas de zonas industriales y en las barriadas periféricas. Es notable que pocos estudiantes de liceo hayan venido a las Nuit Debout, considerando que la plaza de la República se encuentra en el este de París, donde se encuentran igualmente los liceos más implicados en la agitación. De igual modo, hubo poca gente de las periferias pobres, incluso si varias personas fueron intervenidas, como Amal Bentounsi por denunciar los asesinatos policiales contra jóvenes de origen inmigrante, o el rapero Fik’s Navio, de la periferia del sur, y otros más.

Se suponía que el intelectual Frédéric Lordon aportaría a Nuit Debout la densidad teórica que, muy evidentemente, ni la película de François Ruffin ni las editoriales de su periódico Fakir podían aportar. Las consideraciones de Lordon en su discurso en la Bolsa de trabajo el 14 de abril son reveladoras de una gran parte del idealismo que ha precedido a Nuit Debout: «Reivindicar es ya estar sometido, es dirigirse a potencias tutelares amables». Tales palabras señalan en primer lugar la incoherencia de su discurso, él que, en su último libro Imperium, se dedica a argumentar, en contra de los pensadores de la tradición libertaria, que la verticalidad es necesaria… Y si se piensa que toda sociedad obedece fatalmente a una organización vertical, como es su caso, entonces no se puede deplorar que unas personas se dirijan a las potencias tutelares que ocupan la cumbre de la pirámide – las cuales, dicho sea de paso, son raramente amables. Pero pasemos… La sociedad existente está de todos modos construida de modo vertical, jerárquico, y las personas como Lordon ocupan un lugar que no está desprovisto de privilegios en esta jerarquía. Por lo demás, cada uno de estos intelectuales de izquierdas se dedican a acariciar su propio tema recurrente, uno propone la supresión de la Bolsa, otro la implementación de un ingreso o subsidio garantizado; otro más propone el sorteo de los representantes políticos mientras que algunos la llevan con el impuesto Tobin… Hace falta, sobre todo, admitir que ninguna de estas recetas de poción mágica tiene la menor oportunidad de convertirse un día en reivindicación colectiva. Nunca veremos a los trabajadores detener el trabajo para exigir la supresión de la Bolsa, estribillo querido por Lordon; menos aún para exigir la aplicación del impuesto Tobin.

Y si hace falta de manera absoluta remitirse a una consigna, existe ésta formulada hace ciento cincuenta años y que es más que nunca de actualidad: «Expropiación del capital y abolición del asalariamiento».[6] La pregunta no es por tanto sustituir las reivindicaciones inmediatas («alimentarias», como dirían con desprecio los radicales de servicio) con objetivos aparentemente más ambiciosos: la cuestión es más bien saber cómo la difusión capilar de la agitación en torno a reivindicaciones inmediatas crea una situación en la cual actos inéditos devienen posibles. Se trata de alquimia política, pero ésta no podría depender de una manipulación sabia sino del hecho de que la lucha instaura un campo inesperado donde las mediaciones institucionales no son ya operantes. Una modesta reivindicación local como la de defender un parque puede desembocar en una situación insurreccional, como hemos visto en plaza Taksim, Estambul.

El hecho de que el público de las Nuit Debout de la plaza de la República haya seguido siendo mayoritariamente monocolor es también significativo. Hubo bastantes Nuit Debout en la periferia cercana, en donde viven la mayoría de los inmigrantes y de los hijos de inmigrantes – en St. Denis los 13 y 14 de abril, en Ivry, St. Ouen, Noisy-le-Grand, Romaiville, Montreuil, Fontenay-sous-Bois, y más lejos en Créteil, Blanc-Mesnil, y todavía más lejos en Cergy, Evry, Mantes-la-Jolie. Iniciativas repletas de buena voluntad pero que no pasaron de la noche y no parecen haber tenido demasiadas secuelas… En la mayoría de las ciudades francesas hubo también Nuit Debout, y a veces hasta en pequeñas ciudades. En Marsella, la Nuit Debout que se reunía en la ciudad en el Cours Julien se transfirió por una tarde, el 23 de abril, a la ciudad HLM des Flamands, en los barrios del norte. Después de hacer gárgaras con discursos consensuales durante un mes, evacuando a toda voz disonante como una agresión, los gentiles ciudadanos quisieron ir a arriesgarse en los sitios de los salvajes… y soportar una cierta brutalidad verbal. En efecto, una habitante del barrio, militante de larga duración en cuestiones de alojamiento, de racismo y de brutalidades policiales, les dio la bienvenida precisando: «Aquí, hace treinta años que estamos de pie. No hemos esperado para combatir la precariedad, la violencia de la policía, las injusticias sociales… ¿Ustedes vienen a liberar nuestra palabra? Pero nuestra palabra es libre. Nadie la escucha porque es censurada y estigmatizada». Otro habitante con perfil idéntico añadió: «Hay tal relegación social en nuestros barrios que a la gente le importa un carajo la reforma del código de trabajo, de la ley El Khomri. Tiene otras prioridades». Sería fácil objetar que esta ley golpeará primero a los más precarios, a saber, precisamente a los jóvenes de las barriadas periféricas, pero la cuestión no reside en esto. La cuestión es que los relegados de las periferias pobres se sitúan de entrada, en su horizonte de espera, tan lejos tanto de todo el marco sindical como del marco ciudadano de Nuit Debout.

El eslogan «Valemos más que esto» que hace secuela a la orden «Indígnense» de hace algunos años, fue ante todo el grito del corazón de la clase intelectual frustrada en sus ambiciones de reconocimiento social. El 21 de abril, Ruffin y su equipo llamaban a agruparse con los sindicatos en el cortejo del 1° de mayo, pero en la víspera sus propuestas por una alianza durante el mitin de la Bolsa de trabajo no fueron retomadas ni por la CGT ni por Nuit Debout. Por un lado, la voluntad de los dirigentes sindicales de guardar el control de los acontecimientos, por el otro, la desconfianza de mucha gente de Nuit Debout hacia los aparatos burocráticos, hicieron girar profundamente la maniobra. Ruffin se consoló multiplicando las intervenciones en todo el país, ofreciendo su película como carta de introducción: lo que no aumenta ciertamente el nivel del debate, sobre todo si consideramos el credo soberanista y productivista de Ruffin que remite a los peores momentos del PCF azul-blanco-rojo. No obstante, Nuit Debout no se resume a Ruffin (cuyo liderato fue puesto en cuestión), pero con sus sueños de una nueva Constitución, ilustró perfectamente esta anotación de Marx contra los burgueses liberales de su época: «Cuanto más poderoso es el Estado, más es por tanto político un país, y menos está dispuesto a buscar en el principio del Estado, y por tanto en la organización actual de la sociedad de la que él mismo es una expresión activa, consciente y oficial, la razón de los males sociales y de comprender su principio general. La inteligencia política es precisamente inteligencia política porque piensa en el interior de los límites de la política. Cuando más aguda es, más viva está y más es incapaz de comprender los males sociales».[7]

No obstante, Nuit Debout no funcionó como lo esperaban sus promotores. El pacifismo más chillón, que llevaba a algunos a ofrecer flores a antimotines que, momentos después, iban a darles porrazos sin piedad, o el legalismo que limita a la colaboración, no pudieron impedir que bellos excesos se dieran libre curso a partir de la plaza de la República ocupada. La cumbre fue alcanzada con la manifestación salvaje en la tarde del 9 de abril: como cuando alguien lanzó a Nuit Debout la idea de darle una visita a la pareja de Manuel Valls, que vive no muy lejos de la plaza de la República. Dos mil personas partieron en marcha espontánea, chocando contra los cordones de antimotines implementados en el último minuto, escapando de un intento de encapsulamiento policial y, volviendo a la plaza, destruyeron a su paso bancos y agencias de trabajo temporal, muchos en el bulevar Voltaire. Es esa noche cuando uno de los responsables autoproclamado de Nuit Debout fue a pedir ayuda a los policías para restablecer el orden en la plaza – en vano… Al final, la confusión tuvo de positivo el haber impedido finalmente a los ambiciosos de todas las clases servirse de Nuit Debout como de un trampolín.

 

*

 

Tras los choques con los servicios de orden sindicales, diversos grupos y colectivos no institucionales implicados en la agitación convocaron a la fraternización de los chalecos rojos y de las sudaderas negras.[8] Lo cual testimonia una buena visión, horizontal: la solidaridad a nivel elemental, el mismo de la calle. Por su lado, los aparatos sindicales tuvieron que tomar nota de que entre los condenados de las manifestaciones figuraban también algunos delegados sindicales … La actitud de los sindicalistas fue por tanto muy variada, desde los muchachos que se deshacen de las insignias antes de unirse al cortejo autónomo hasta los sindicalistas rencorosos al ver ese cortejo desbordar el suyo.

El acmé de las manifestaciones fue alcanzado el 14 de junio. En París esta manifestación aparentó por lo menos medio millón de personas. El conjunto del recorrido fue clausurado por vallas de varios metros de alto, que volvían imposible toda escapada – y también toda entrada, de los miles de manifestantes que querían unirse al cortejo ya en camino, que de hecho se encontraron bloqueados por este dispositivo. La policía no dejó de cargar contra el cortejo de cabeza a los lados, encontrando una resistencia encarnizada. Al final de la manifestación, un grupo importante de estibadores cegetistas se enfrentó a los antidisturbios después de que uno de los suyos fuera gravemente herido por un tiro de granada. Esa tarde, el prefecto de policía de París se declaró escandalizado de que numerosas banderas de la CGT flotaban en el cortejo de cabeza: «Había una forma de solidaridad, por lo menos pasiva, con los revoltosos», denunciando el hecho de que algunos sindicalistas intentaron entorpecer las intervenciones de las fuerzas del orden, principalmente las interpelaciones. Valls acusó por su cuenta a la CGT de haber tenido una «actitud ambigua hacia los vándalos», y el presidente Hollande amenazó por último con prohibir toda manifestación mientras las condiciones de seguridad no estuvieran aseguradas, chantaje hacia la dirección de la CGT para que retomara la cabeza de las marchas y que sus servicios de orden volvieran a ser los suplentes de la policía contra los «inorganizados». Y, sobre todo, prioridad absoluta, destrozar las solidaridades que se construyeran en ese cortejo.

Lo que estaba en juego ahí era bastante más que vidrios rotos, era más bien una comunicación inédita – un amigo tuvo a este respecto una bella fórmula, al hablar de una polinización de las energías en estos cortejos donde la oposición mediático-policial entre «vándalos» y «manifestantes» no funcionaba ya verdaderamente y fue evidente el 14 de junio para quien se encontraba en el cortejo de cabeza. Sudaderas negras rompían las vitrinas de los bancos, de las agencias inmobiliarias, hasta un pinche Starbucks Coffee que recibió el castigo que merecía, muchos les aplaudieron, algunos deploraron, pero, en fin, todo este bello mundo avanzaba a un mismo paso, cada uno atento a sus vecinos. Las incursiones de los policías en el cortejo y los tiros de granadas no pudieron con esta fraternidad. Una reivindicación puntual desemboca entonces en formas de vida que se esbozan en el curso de la lucha.

El Estado desempeñó, por tanto, la sofocación en contra de esta comunización de energías y de sensibilidades, ejerciendo presión sobre dirigentes CGT que no conseguían separar el buen grano de los manifestantes dóciles de la cizaña de los incontrolados. La etapa siguiente en el dispositivo policial iba a ser encerrar las manifestaciones, en el modelo de las fanzones experimentadas en la capital con ocasión de la Euro de fútbol, en una suerte de encapsulamiento gigante. Y, efectivamente, Valls rechazó algunos días después el trayecto previsto por los sindicatos para la marcha del 23 de junio, proponiéndoles a cambio una concentración estática en la plaza de la Nación – que sería clausurada en todos sus extremos por un dispositivo policial hermético… Esta propuesta fue rechazada por los sindicatos que presentaron propuestas de recorridos alternativos a aquel que habían previsto inicialmente. En respuesta, Valls anunció el martes 21 una prohibición pura y simple de la manifestación, a lo cual respondieron los sindicatos que estaban listos para desafiar tal prohibición – ¡hasta la Liga de los Derechos Humanos hizo un comunicado que iba en este sentido! Nadie pudo tomar en serio, evidentemente, estas fanfarronadas: el legalismo obstinado de las direcciones sindicales les habría condenado de hecho a contentarse con una protesta platónica en caso de prohibición… Pero la tensión simulada entre los dos protagonistas de este show debía finalmente desatarse mediante una propuesta inédita: girar en círculo al interior de un encapsulamiento policial a partir de la plaza de la Bastilla a lo largo del canal del Arsenal (o sea un trayecto de 600 metros de ida). Las direcciones de la CGT y de FO estuvieron encantadas con la contrapropuesta gubernamental, que les permitía salvar la cara al mismo tiempo en que se unían con el gobierno en una exigencia común: acabar con ese cortejo de cabeza y los actos de vandalismo que autorizaba. Esta marcha clausurada, sin nada en juego, que pondría espectacularmente adelante la sumisión de las muchedumbres sindicalizadas a los imperativos del mantenimiento del orden, iba a instaurar por fin un acuerdo sobre un punto que era fundamental para las centrales sindicales y el gobierno: que unos u otros hablan el mismo idioma, el secretario general de la CGT Philippe Martinez lo demostró más de una vez, llegando incluso a justificar las prohibiciones de manifestarse dirigidas en la velada del 14 de junio a 130 personas (entre ellas cegetistas…): «es normal, son revoltosos» (juzgando así con base en los expedientes de policía). En el lado opuesto a este colaborador-delator, los estibadores de Le Havre, que advertían al inicio de abril que bloquearían toda la ciudad si estudiantes o universitarios de esta ciudad eran encarcelados tras las manifestaciones…

Hasta una fecha reciente, el principal parámetro en materia de «mantenimiento del orden» en Francia era la dispersión de los manifestantes, de los amotinados, lo cual implicaba dejarles al menos una vía libre para que ellos se largaran. Es claro que desde hace algunos años otro parámetro domina, el de la sofocación según la técnica del encapsulamiento, importada de Gran Bretaña. El objetivo primero no es ya librar las calles, sino infligir un castigo a quienes se atrevieron a ocuparla, una vez que son inmovilizados entre filas de antimotines y gendarmes – el arsenal tecnológico del que disponen les permite herir y mutilar a voluntad. Una demostración ejemplar fue la marcha del 1° de mayo, incluso si ese día las ambiciones de la policía (encapsular a varias decenas de miles de personas) fracasaron ante la determinación de los manifestantes. Pero según todas las personas que participaron en el 1° de mayo en París, el tornillo policial del 14 de junio fue todavía peor.

El 23 de junio aparece como un acto de cercamiento más que simbólico – despoja a los manifestantes de su dignidad haciéndolos girar en círculo como animales en un zoológico, no sin haberlos registrado previamente y arrojado a las patrullas a todos aquellos y aquellas que disponían de material de protección – así un cartero de SUD-92 se vio en esta situación por haber llevado consigo unos lentes de piscina, ¡y tendrá que dar cuenta de este delito ante la justicia! Sin embargo, la humillación no fue completa, porque hubo igualmente algunos cortejos salvajes por fuera del dispositivo: ese 23 de junio un grupo importante consiguió forzar el encapsulamiento de la policía ante la estación de Lyon, escapándose hacia Daumenil, otro irrumpió del lado de la plaza de las Victorias y por la tarde 500 personas se manifestaron en Belleville, destruyendo diversos símbolos del capitalismo. Sin embargo, el dispositivo se repitió el 28 de junio y después el 5 de julio: y aunque en cada ocasión la afluencia haya bajado, una parte importante de los oponentes a la ley El Khomri aceptaron así, de hecho, entrar en este compartimento que les fue asignado, los otros encontrándose a menudo privados del espacio que les ofrecía a pesar de todas esas grandes manifestaciones. Improvisar manifestaciones salvajes en otros lugares es siempre posible –a condición de estar bien entrenado en correr–, pero el inconveniente es entonces arrojar a esos manifestantes más determinados a una endogamia que los cortejos de cabeza habían permitido precisamente superar. «Hemos alcanzado los límites del motín», así lo titulaba con lucidez un artículo sobre la manifestación del 14 de junio.[9]

Si el deal entre ministerio de Interior y servicios de orden de la CGT, durante las manifestaciones nunca dejó de funcionar, sobre el terreno se encontró parcialmente cuestionado en la segunda fase de agitación, la de los bloqueos: incluso si las consignas sindicales en el sitio eran no asumir un enfrentamiento con la policía, esto no le impidió a ésta deshacerse de los bloqueadores con un exceso de violencia. En efecto, después de dos meses de retrasos, las huelgas en marcha habían comenzado a multiplicarse, en los sectores vinculados a la circulación de la mercancía (SNCF, RATP, Puerto fluvial de Gennevilliers, transporte de carreteras), en las refinerías de petróleo, en los centros de tratamiento de desechos (Vitry, Port St. Louis). En mayo los bloqueos no dejaron de ganar en intensidad durante una decena de días (refinerías, pero también plataformas logísticas y vías de ferrocarril y hasta el aeropuerto de Roissy, el más importante de París). En Le Havre, la CIM, que descarga 40% del petróleo importado en Francia y que es distribuido en varias refinerías de la región, continuó bloqueado por la huelga durante varias semanas, al punto de comprometer el abastecimiento de París y de sus aeropuertos… Más anecdóticas, pero que apuntaban bien, el bloqueo en Marsella del centro comercial Les Terrasses du Port, construido sobre emplazamientos portuarios, el 26 de mayo por la Intersindical, o el bloqueo del tren publicitario de la Eurofoot 2016 en la estación de París Montparnasse por los ferroviarios de Sud-Rail en lucha el 18 de junio… Estos bloqueos duraron sólo algunas horas, vista la intervención rápida de la policía, pero indican una vía más fecunda que las manifestaciones repetitivas.

Como lo explica Jean-Pierre Levaray, «Las huelgas se volvieron casi ineficaces, detener el país se ha vuelto más complicado que eso. Las centrales, las refinerías y las fábricas de producción se han vuelto cada vez más difíciles de detener y de volver a poner en marcha, lo que desanima a más de uno. Las grandes industrias son menos numerosas que hace treinta años y, cuando existen todavía, el trabajo resulta separado entre asalariados con estatuto de empresa y los PME subcontratados, los interinos, incluso los autoempresarios que no pueden hacer huelga. De igual modo, en los transportes, la energía, la salud, poderosas barras de metal han sido implementadas para que el “servicio” sea realizado cueste lo que cueste. Conseguimos, por tanto, bloquear el nervio de la guerra económica: la gasolina, el desplazamiento, la logística. Elementos esenciales de la producción y del consumo. Bloquear los ejes de caminos, las zonas industriales, los puentes o los rieles, se ha vuelto la práctica de lucha social de estos últimos años. “Una vez más, la estrategia del bloqueo se impone como la práctica más inmediata, más evidente y más eficaz en un conflicto político”, dixit el Comité Invisible».[10]

No obstante, la estrategia del bloqueo no ha conseguido detener los engranajes de la fábrica global durante la agitación de la primavera. Si abrió una nueva línea del frente, nosotros estamos forzados a admitir que, no obstante, no alcanzó sus objetivos: a lo mucho provocó un comienzo de rarefacción de la gasolina en las estaciones de servicio, a la mitad del mes de mayo, y acarreó una ralentización de la producción en ciertas industrias. En cuanto a lo demás, los centros comerciales continuaron siendo abastecidos, y los franceses promedio continuaron saliendo inocentemente el fin de semana. Está claro que, para los sindicatos, no se trataba efectivamente de bloquear el país, sino solamente de servirse de los bloqueos como de un medio de presión para obligar al gobierno a abrir negociaciones – que no estaba de ningún modo dispuesto a abrir, ¡y que no abrió! El plazo siguiente fue el de la Euro de fútbol 2016, organizada en diversas ciudades de Francia a partir de la mitad de junio hasta el comienzo de julio. El big boss de la CGT había anunciado claramente que no pretendía perturbar este evento. En París, la circulación del metro fue un poco interrumpida por las huelgas en marcha de los trabajadores de la RATP, en las otras ciudades ni siquiera hubo esto. Es evidente que bloquear la Euro de fútbol habría implicado acciones concertadas de bloqueo y sabotaje, apuntando a impedir los transportes colectivos y que se detuvieran en los estadios y las fanzones, a cortocircuitar sus abastecimientos eléctricos, a estropear las retransmisiones televisadas, etc… Lo cual habría llevado la agitación a un nivel superior. Tal estrategia habría puesto ciertamente al gobierno en peligro: porque la industria del entretenimiento de masas es tanto más una técnica de gobernanza, cuestión de vida o de muerte para las autoridades. Que ni siquiera haya sido posible considerar este plazo muestra los límites de la agitación contra la ley El Khomri.

 

*

 

A pesar de todo, se trató de un bello momento. Esta agitación fue tanto más ejemplar si se mide qué capa de plomo recubre este país donde, desde hace años, sólo los partidarios del orden se hacían escuchar en las calles, desde la Manifestación para Todos hasta las marchas Soy-Charlie. Francia se abandona a la crispación seguritaria e identitaria, en una paranoia creciente que tiene que encontrarse a enemigos: los musulmanes, los gitanos, los inmigrantes clandestinos, los desempleados y los jóvenes de las periferias. Tiene que encontrarse con ellos tanto en el interior como en el exterior. El fanatismo salafista, ese enemigo que el mundo occidental se fabricó pacientemente desde hace treinta años, permitió cerrar filas bajo el espectáculo del terrorismo. Francia nunca ha estado tanto en guerra como bajo la presidencia de Hollande; estas guerras llevadas a cabo por profesionales en diversos países musulmanes, lejos del hexágono no solamente no provocan protestas, sino bien al contrario sirven para cerrar filas al interior. El terrorismo y el estado de emergencia revotan así uno en otro, el Estado francés envía su aviación, a cada atentado salafista, a bombardear alguna ciudad en Siria, dejando a decenas e incluso a centenas de civiles asesinados o mutilados, que convocan invariablemente a otros atentados en una espiral sin fin. Arrastrarnos por las buenas o por las malas en esta espiral es el último medio de gobierno del que el Estado dispone. En cuanto al estado de emergencia, proclamado después de los atentados del 13 de noviembre de 2015 en París y susodichamente destinado a combatir otras tentativas salafistas, ha servido sobre todo para prohibir las contramanifestaciones durante la COP21 en diciembre de 2015 y después para justificar un cierto número de medidas de policia aplicadas contra la agitación social en la primavera de 2016. Finaliza la tendencia instaurando un estado de excepción en el país desde hace una quincena de años.

En este contexto, es altamente significativo el hecho de que Manuel Valls, que se había vuelto un especialista en el Partido Socialista para tratar las cuestiones «de seguridad», antes de volverse lógicamente ministro de Interior, se encuentra a la cabeza del gobierno actual. No es por tanto la policía la que escapa del control del gobierno sino más bien el gobierno el que se ha vuelto completamente policial. El ministerio de Interior se ha vuelto la clave de todo gobierno en Francia, y a lo sumo el ministro mostrará posturas marciales o tendrá oportunidades de volverse primer ministro, e incluso presidente de la República. El desempeño ejecutivo es de todas formas el valor supremo de esta gente, que calca su comportamiento en aquel de los raiders. Nicolas Sarkozy había ya encarnado tal cinismo calculado, según una trayectoria que Valls ha seguido a su vez.[11]

Valls dirige un gobierno que no es en realidad más que un simple organigrama institucional, la dimensión simbólica, la del pseudo-debate parlamentario, que desde entonces puede ser evacuada – el recurso al 49.3, procedimiento expeditivo que permite hacer pasar con fuerza una ley sin examen en la Asamblea nacional, es en este sentido revelador de un autoritarismo monárquico cuya herencia es detentada por la República francesa, pero aquí el Estado ya es únicamente un aparato subordinado a la gobernanza eurocrática. Y como lo decía el presidente de la Comisión Europea durante el referéndum griego sobre la austeridad en 2015, «No puede haber elección democrática contra los tratados europeos». A escala europea, esto se traduce en la dominación de una tecnocracia que no reconoce por interlocutores más que a los funcionarios dirigentes del capital; a escala nacional, la transferencia de la decisión política, que abandona el legislativo en beneficio del ejecutivo, acarrea una concentración de las funciones al más alto nivel (así la ley El Khomri ha sido de hecho pensada y preparada en el gabinete de Manuel Valls). A este respecto se pudo hablar de un gobierno putschista, cuyo instigador es Valls desde 2012.

Al igual que la represión policial, el tratamiento judicial de las personas arrestadas durante la agitación deriva de un estado de excepción que está en proceso de banalizarse. Como lo habíamos anunciado en 2010 en el momento del proceso de los amotinados de Villiers-le-bel, un precedente iba a ser creado: la noción misma de prueba, que fundaba hasta ahí la posibilidad de una acusación, es actualmente barrida ante la simple presunción. Basta con ser considerado como capaz de la acción para ser culpable de ella. Al inicio de julio de 201


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