Publicado en línea el Lunes 21 de noviembre de 2016, por Admin 3

foto de portada: Iván Sah / Avc Noticias 

Más de tres décadas sin contacto: Aida y Norma se reencuentran

Aida Amalia esperaba en una taquería junto al ADO de Córdoba. Su hija, Viviana Guadalupe Rodríguez Chang, la había traído desde Puebla para que ella pudiera hablar con Rubén Figueroa, coordinador del Movimiento Migrante Mesoamericano, quien le daría noticias nuevas sobre su familia guatemalteca a la cual no había visto desde que tenía 13 años.

Aida, quien hoy tiene cincuenta y tres, no sabía que iba a ver su hermana menor, Norma, y a la hija de su otra hermana, Reyna, desaparecida en México.

Este mismo día, después que la noche había caído y todos los miembros de la XII Caravana de Madres Mesoamericanos se reunieron en la casa de Las Patronas, las madres ya habían llegado a la plaza central de Córdoba para manifestar las desapariciones de sus hijos, gritando “Porque vivos se los llevaron, vivas los queremos.” En este encuentro estuvieron también las madres del Colectivo Solecito, que buscan a sus hijos en el estado de Veracruz.

Rubén había viajado a Tiquisate, un pueblo en el sur de Guatemala, para encontrar a la familia con quien Aida había perdido contacto. Aida había preguntado por ellos, pero su dirección había cambiado y nunca recibió una respuesta a sus cartas.

“Yo me comunicaba con mi hermano pero me salí del lugar donde vivía y una persona abrió mi carta, y yo les había dicho que iba a Cuernavaca, porque iba a cambiar unos dólares. Una persona tuvo un accidente en Cuernavaca, y entonces escucharon mal y dijeron que yo había tenido un accidente en Cuernavaca…Me dieron por muerta.”

Los demás, su papá y los cinco otros hijos, esperaba por sus noticias, sin saber a dónde ella había llegado—y varios se fallecieron en los treinta décadas sin algún dato sobre ella y otra hija se perdió. Reyna Isabel también había intentando cruzar México hace veinte años y desapareció en la ruta migratoria.

Esa misma mañana del sábado, Norma Janet Rodríguez Ordóñez estaba sentada al lado de todos los centroamericanos que seguían buscando sus parientes, y de su sobrina Oneyda Isabel Rodríguez, quien busca a la hermana perdida.

Norma había recibido noticias de que su hermana estaba viviendo en México hace dos meses, pero los días de viaje desde la frontera la había dejado bastante nerviosa y bastante callada. Intentó a tranquilizarse, pero en el miedo de la caravana ruidosa, solo podía recostarse y pensar en lo que eventualmente haría juntos: la cocinaría su especialidad, el pollo pipián, y podría pasar la Navidad juntos, comiendo tamales a medianoche como solía hacer.

Aida nunca había atrevido regresar a su país a encontrar a la familia. “Yo prefiero en un submarino para ir debajo del mar en vez de un avión” ella dijo en la taquería.

Había cruzado el río con una compañera que se encontró atrapada en el mismo lugar que ella: la trata de personas. Aida había inventando una excusa—supuestamente iba a comprar azúcar—para escaparse. No quería meterse en las mismas problemas que se ven la mayoría de los migrantes.

En la taquería el 19 de noviembre, ella se sentaba con una chaqueta negro formal y escuchaba como Rubén había ido a Guatemala, y se puso a llorar. Tendría mucho para platicar con su hermana y su sobrina: como la dueña de la restaurante guatemalteca donde trabajaba solía robarle todo su pago, como su hijo probablemente fue asesinado mientras ella estaba metida en la cárcel como resultado de las mentiras de una vecina y su vida ahora con un nieto de nueve años que se llama Samuel que le encanta los videojuegos de Power Rangers.

Durante la misma tarde Norma estaba esperando atrapado entre por los menos veinte cámaras lista a documentar el momento del reencuentro. Sería ella uno de los más de doscientos reencuentros que el MMM ha hecho en una década.

Cuando el coche acercó a la casa de Las Patronas, Aida pido ayuda a encontrar lo mejor color de pintalabios. Estaba mirando el espejo tres minutos antes de llegar, como si fuera preguntando ¿cómo se prepara uno para ver a sus queridos después de más de tres décadas?

Ella marchó al centro del patio de Las Patronas, seguido por su hija, su esposo, y su nieto que casi enseguida empezó a llorar. Las hermanas que no se habían visto desde la niñez se abrazaron fuertemente. Las luces de las cámaras estaban enfocadas a esta familia reunida. La emoción pegó fuerte a Oneyda, quien en el medio de este caos, se desmayó. Los empleos de Grupo Beta llegó de repente y gritaron, “Respira profundamente.”

Cuando la multitud de personas disminuyó, la familia se quedó sola. Se sentaron en una mesa y compartieron los fotos que no habían visto, la de papá, quien falleció hace algunos años.

Prometieron que iban a seguir buscando a la otra hermana para hacerse completo la familia, la mejor posible.

foto: Daniela Sánchez / Movimiento Migrante Mesoamericano

foto: Daniela Sánchez / MMM 

Reyna: una década buscando a su madre

Arropada con un suéter guinda para el frío y sentada sobre una repisa del parque de Comitán, Chiapas, Reyna Elizabeth cuenta sobre su mamá Irma Vicente García, a quien no ve desde hace 10 años.

“Yo era muy chica cuando ella se fue. Tenía 12 años. Me di cuenta de su desaparición un año después. Yo le preguntaba a mi abuela por ella a cada rato, y ella respondía ‘que ahí estaba’ y como ella se la pasaba mucho tiempo fuera yo no sospeché nada…al final me dijo y así fue como me enteré”.

Su mamá, Irma Vicente García, guatemalteca, ya había salido antes de casa, muchas veces, para ir a trabajar lejos. La última vez ese viaje tuvo como destino el vecino estado de Chiapas.

Fue a finales del año 2006. Salió de su casa ubicada en Ixcán, del departamento de Quiche para Maravilla Tenejapa con la intención de poner un bar con una amiga guatemalteca. Pero a los tres meses su negocio fracasó.

Ya antes había intentado algo parecido en Quiche. Pero falló. Por esos años en Guatemala, se cumplían aniversarios importantes, como el de los primeros diez años de la firma del tratado de paz para terminar con la guerra cívil así como el vigésimo de la instauración de un gobierno aparente democrático.

Además se avecinaban las elecciones.

Por ello el país presumía, mediáticamente, un crecimiento macroeconómico que por supuesto nunca se reflejó en las zonas rurales. Guatemala es un país rural en su mayoría, por ende, la gente nunca recibió esos beneficios y muchos hombres y mujeres tuvieron que migrar.

Irma fue una de esas personas. Primero regresó a casa desde ese poblado chiapaneco, en marzo de 2007, triste, por su segundo intento fallido. Descansó unos días para diluir los resabios del fracaso.

Días después afiló detalles para partir a los Estados Unidos, a donde quería llegar para olvidar sus malogrados intentos empresariales. Como mucha gente estaba migrando de Ixcán, ella aprovechó la oportunidad cuando corría el mes de abril.

Por aquellos años Ixcán era igual que ahora: un pueblo pobre. Herido, además, por los numerosos enfrentamientos de la guerra civil que asoló Guatemala y dejó, según cifras oficiales, unos 200 mil muertos.

Aunque hoy empresas han llegado a Quiche el panorama no es distinto, no hay trabajo: las cadenas que abrieron “ para mejorar la economía” se trajeron a la gente “que ya trabajaba para ellos” explica Reyna Elizabeth.

“Sólo puede uno trabajar en restaurantes y en la siembra de maíz, frijol y banano. Algunos se dedican a la pesca. Hoy Ixcán es un poco más próspero. Yo trabajo en un restaurante pero me gustaría algún día acabar por lo menos mis estudios básicos” amplía ella, tímida.

El plan de su mamá al partir en aquella tarde de abril era trabajar de ciudad en ciudad mexicana para llegar a la frontera y cruzarla. Eso hizo. Sin embargo, cuando corría el mes de septiembre, desapareció en algún lugar Desierto de Altar, Sonora.

“Su última llamada fue en septiembre de 2007. Había estado tres meses en la cárcel. Mi abuela dice que nunca le quiso decir por qué, para no mortificarla. La última llamada fue ese día para decir que en 15 días cruzaría”.

La llamada nunca llegó.

“Tengo mucha esperanza en la Caravana”

Rodeada de música esperanzadora bajo el tenue frío de Comitán, Reyna Elizabeth relata que tiene muchas esperanzas.

—Pedí permiso en el trabajo. Pero creo que alguien llegó justo el día en que me fui. Entonces yo creo que ya estoy desempleada, jeje. Pero quiero encontrar a mi mamá” dice ella bajo el efecto de sus ojos brillosos.

Un día después de esa charla en Comitán, Reyna llegaría a la Universidad Autónoma de Tabasco luego de realizar una búsqueda de campo en Chontalpa, Tabasco. Ahí dejó su suéter guinda para el frío y tomó una gorra para cubrirse del sol.

Preguntó junto a otras mamás, serpenteando el terreno farragoso tabasqueño, sobre el paradero de su mamá y de sus coterráneos. Enseñó de casa en casa los enormes cuadros fotográficos que se ha colgado en el cuello.

Chontalpa es, desde el desastre que fue el Huracán Stan, un paso obligado de la migración centroamericana. Tanto que la industria del secuestro recibió un gran golpe en la zona: les fue arrebatada una casa importante de seguridad, al lado de las vías, hace tres meses. Por ello la XII Caravana “Buscamos vida en caminos de muerte” organizada por el Movimiento Migrante Mesoamericano decidió hacer una parada previa a la universidad para búsqueda de campo.

En la Universidad tabasqueña, ella, como las otras mamás, hermanos, sobrinos integrados a la caravana, recibió una carta de una muchacha universitaria de pelo rizado. En ella, la muchacha le escribió que “después de tanto dolor existe siempre una recompensa”.

Fue inesperado para ella. La carta significó un bálsamo tan pronunciado como ese abrazo que recibió al recibirla.

“Cada 10 de mayo, día de las madres, yo le escribo a mi mamá una carta. Lo hago desde que se fue. Y lo sigo haciendo.”

Reyna Elizabeth quiere encontrar a su mamá para que las lea pronto.

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