Publicado en línea el Jueves 13 de octubre de 2016, por (reenvio) Jaime Yovanovic (Profesor J)

Los pocos votantes en Colombia (37%) dieron la victoria al NO al acuerdo del gobierno con las Farc, el PT de Brasil pierde las elecciones municipales en las principales ciudades, el Psoe en España retira a su líder y nomina una gestora que discute si permite al PP asumir las riendas del gobierno.

El pueblo colombiano se ha negado a ratificar las negociaciones cupulares entre la jefatura de las Farc y el ejecutivo dirigido por Santos. La abismante mayoría se ha negado a votar, sancionando a su manera el acuerdo de los de arriba. Las izquierdas sostienen que se ha tratado de miedo, sin embargo en las ciudades, donde se concentró el reducido voto, no hay repercusiones sociales de la guerra en el campo y selvas, lugares donde se ha concentrado el accionar armado y la disputa de territorios de cultivos intensivos. Ya no es secreto para nadie que en los territorios controlados por las Farc y por los grupos paramilitares se ha desarrollado la economía del narcotráfico como modo de sostener financieramente la guerra, en tanto el gobierno ha permitido el adentramiento de las empresas extractivas que generan ingresos fiscales. Cada uno a su modo ha pasado por encima de la naturaleza, destruyéndola, y de las comunidades indígenas, campesinas y afrodescendientes, desalojándolas o simplemente aniquilándolas, en la llamada internacionalmente acumulación por despojo.

En la época de auge del capitalismo industrial, la plusvalía era el principal modo de acumulación, hoy día ante la vertiginosa caida de la tasa de ganancia por la disminución de la producción de plusvalía en cada mercancía, es la materia prima y el resto del capital constante lo que determina y orienta el proceso de acumulación, de ahí la necesidad del neoliberalismo, ampliación de mercados, disminución del papel de los estados, disminución del papel real de los imperialismos, transición al imperio del capital globalizado y aumento del extractivismo, mediante el cual se acrecienta la producción, circulación y aplicación del capital constante, constituido por las materias primas mineras o agrícolas (commodities e insumos), combustibles y energías (petróleo, gas, agua, biocombustible, etc), que por su vez ha empujado a una mayor penetración y profundización de territorios con la consiguiente destrucción de la naturaleza y expulsión de comunidades y poblados rurales que se amontonan en las periferias de las grandes ciudades y países metrópolis del norte y del extremo sur (Australia, Chile y Argentina, países donde grandes empresarios como Benetton y Tompkins han invertido ingentes sumas millonarias en “reservas” de agua y bosques con inteligente visión de futuro).

Hasta esa época del neoliberalismo, la disputa política izquierda-derecha se daba en torno al control del aparato del estado para administrarlo en función del capitalismo de estado o al menos un retorno al estado de bienestar, lo que llevó a las izquierdas a presentarse como los anti-neoliberales sin recurrir al anticapitalismo de sus fases anteriores, estimulando la aproximación con empresarios nacionales, pequeña-burguesía urbana y rural propietaria, profesional, funcionaria e intelectual, lo que en nuestro continente y en otros lugares llevó a una vuelta del nacional-populismo al más puro estilo de Perón y Haya de la Torre, siendo sus principales exponentes actuales el FMLN de El Salvador, el orteguismo sandinista de Nicaragua, Diosdado Cabello Y Maduro de Venezuela, Lula y el PT en Brasil, los Kirchner en Argentina, el Frente Amplio y Mujica en Uruguay, Correa en Ecuador, Humala en Perú y Evo Morales en Bolivia.

Cada uno de ellos aprovechó la potencia social de los pueblos emergentes, las luchas antiglobalización y las dinámicas comunitarias, para luego contenerlas y subordinarlas a la institucionalidad estatal, propuesta como eje y conductor de los cambios, ocultando que para financiar los gobiernos debían articularse adecuadamente al capital internacional y sus propuestas centralizadas de reforzamiento de los procesos de acumulación ya señalados, lo que si bien consiguió debilitar en parte la pujanza, el protagonismo y dinámicas de abajo, no pudo aniquilarlas, lo que le valió por su parte un fuerte debilitamiento de su base inicial de apoyo habiendo generado espectativas no cumplidas.

Estos procesos cayeron de lleno en la nueva política económica levantada por Joseph Stiglitz, asesor principal de Clinton, ex presidente de la reserva federal (Banco Central de USA) y vice presidente del Banco Mundial, que astutamente preconizó la alianza estratégica del estado y del mercado mediante una nueva institucionalidad que lo permitiese para abrir las puertas con mayor amplitud al extractivismo y la dependencia de las economías nacionales al capital globalizado, en lo que fue llamado el neoinstitucionalismo, que había impregnado el Foro Social de Porto Alegre de la mano con grandes ONGs, empresarios como George Soros, fondos de la Fundación Ford y la presencia de parlamentarios de la socialdemocracia europea.

En este contexto, los gobiernos comienzan a perder fuertemente la sustentación inicial de los pueblos, ya que sus programas eran inaguantables y de gran beneficio para la circulación y acumulación de capitales que iban y venían o invertían solamente en el extractivismo para la fuerte exportación de commodities, lo que obviamente no resultaba de agrado de la gente común, por más que el PT repartiera 40 millones de canastas a los pobres como gran concesión del capital y así lanzaron el tarifazo que significó que millones se volcaran a las calles tomando por sorpresa a las izquierdas y a las derechas. El gobierno brasileño nunca fue del PT, sino de la alianza PT-PMDB (el partido de Temer, el vicepresidente de Dilma y actual presidente).

Ello explica la debacle del partido de Lula, que ayer fue derrotado vergonzosamente en las principales ciudades del país en las elecciones municipales. En Sao Paulo fue derrotado por un partido de derecha y en Río de Janeiro por un partido de izquierda.

Hoy día estamos en otra fase, la de negociaciones internas entre gobiernos y parlamentos, lo que puede apreciarse claramente en varios países europeos, especialmente España y Grecia, pero aquí, en nuestro continente Abya Yala, la cosa está que arde, particularmente en las negociaciones del ejecutivo venezolana de izquierda con el parlamento de derecha, en que llamaron al Papa para hacer de mediador. Estamos ante el reparto y acuerdos consensuados o disputados de fracciones del estado entre izquierda y derecha donde cada uno moviliza sus tropas y sus ganados sociales para conversarse allá arriba, siendo que en muchos casos ya no hay como diferenciar a unos de los otros y sólo se diferencian en las banderas y consignas, en tanto allá arriba negocian el extractivismo destructivo, como en venezuela, donde el Arco Minero del Orinoco se espera que resuelva los problemas de la caida del boom del petroleo.

De esa manera, negociar allá arriba Santos con las Farc, entra de lleno en las negociaciones y acuerdos superestructurales izquierda-derecha en el contexto del distanciamiento de ambos respecto de los intereses y necesidades de los pueblos que ya no compran entradas para ir a ver el partido de fútbol izquierda-derecha.

Mientras por abajo, se consolida la autonomía comunitaria en todas partes y arrecian las ofensivas de los estados de derecha, izquierda o de ambos en contra de los pueblos y la madre tierra.

fuente http://clajadep.lahaine.org/?p=17795


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