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LA HISTORIA NO SE HA RESIGNADO

Sábado 13 de diciembre de 2003, por Oswaldo Roses

Toda una serie de derechos individuales se nos hacen más o menos prácticos; pero todas las grandes transformaciones sociales se nutrieron de revoluciones -por asunción de conocimientos- del pensamiento.
El cristianismo surgió inmediatamente posterior al esplendor cultural greco-latino; y no es vano decir que la filosofía cristiana jerarquizó la conversión mística de purificación helenista, San Agustín adoctrinó las ideas platónicas en beneficio teológico y Aristóteles no fue dejado de lado tampoco por su concepción de unión sustancial entre cuerpo y alma.

Luego, a partir del siglo XII, el acceso de la población feudal a la cultura a través del conocimiento físico de lo exterior -que lo permitió el comercio- y a través de la universidad revertió en bastantes oposiciones (racionalismo, humanismo, luteranismo,contrarreforma,agnosticismo, etc.) al dogmatismo y clericalismo imperantes que, junto al descubrimiento de "nuevos mundos", ayudó a idealizar un ser humano más libre al anterior predeterminado por directrices tan solamente dogmáticas; pues, el ser humano ahí, se valoró tanto como lo divino, se autorreconocía
como protagonista de la historia, se desencadenaba de su teocentrismo (Era el Renacimiento).

Pero en el siglo XVIII, la fe ya puesta en la razón, el fortalecimiento de nuevas ideologías y religiones críticas, el pensamiento ilustrado, el dinamismo social y el desarrollo científico reaccionaron juntos contra el Antiguo Régimen; aunque siempre a favor de una sociedad más descentralizada en poder, más protagonista político y socialmente que más tarde dio sus frutos en la Revolución Francesa.

La Revolución Francesa fue y es, pues, la verdadera referencia para nuestra modernidad: los usos y abusos de los seres humanos fueron todos examinados (pérdidas de confianza a la predeterminación, al orden de las clases sociales, al esclavismo y a la servidumbre -que fue abolida-, al absolutismo o despotismo de poder político y religioso, etc.) y también significó el optimismo claro por una sociedad mejor que se enalteció popularmente por
encima de cualquier regla, de cualquier prejuicio decretado, e incluso de cualquier institución.

La Revolución Francesa fue una ruptura no esencialmente con las desgracias que luego acompañarían al ser humano, sino con la desgracia fundamental de no poder disentir, de no poder decir no y resignarse.

Camus decía que si falta sentido a la existencia es porque falta rebeldía, es porque falta el no querer organizar lo organizado de otra forma; en definitiva, una organización social determina "eternamente" mientras que el ser humano no esté decidido a cambiarla: su resignación es su propia traición.

Nota: No es que la Contrarreforma fuera una oposición al clericalismo, sino que supuso un punto de partida diferente -una oposición al inmóvil estado anterior solamente dogmatizado-.

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