Publicado en línea el Lunes 27 de junio de 2016, por María Cruz Ciarniello - enREDando.org.ar

El Diario La Capital de Rosario tituló en su versión digital del día lunes 20
de junio:  “un
ex convicto fue asesinado a balazos”.

La noticia remarca el rótulo asignado: ex convicto.
Nada dice de quién era, qué hacía, cuáles eran sus sueños, su búsqueda. De sus
ojos grandes. De su sonrisa de niño. De las 9 balas que le marcaron el cuerpo.
De su pasión por el fútbol y del dolor que arrastraba tras la muerte de su hermano.
De sus pasos de cumbia, su camisa a cuadros y su enorme compromiso con las tareas
que asumía dentro de la cárcel. De sus escritos y su curiosidad propia de un
periodista de calle.

La historia de vida de Fernando desaparece. No
existe. No está. Es apenas objeto de una noticia policial que deshumaniza, despersonaliza,
estereotipa. Y también señala con el dedo inquisidor: su identidad es la que
le impuso el sistema penitenciario. Una noticia que borra huellas; invisibiliza
contextos, causas y consecuencias. Que no reflexiona: solo condena sin derecho
a ninguna réplica. Fernando está muerto. Fue asesinado de cuatro tiros y la
crónica policial solo dice que era un ex presidiario. Que había sido condenado
por el delito de robo. Solo eso. Y las hipótesis de su crimen: el ajuste de
cuentas. No hay tiempo ni interés en escuchar esas voces que escriben las historias
detrás de las cifras. Por eso el grito nunca, pero nunca, es bastante.

“Al Fer no sólo le arrebataron la
posibilidad de una vida distinta, le arrebataron un hermano y le arrebataron
la vida. Hablemos de identidad, hablemos con propiedad, Fernando era muchas
cosas antes de ser un ex convicto, un “preso por robo”. No fue acribillado un
“ex convicto”, fue acribillado un ser humano llamado Fernando Gutiérrez. No
solo fue acribillado, fue acorralado durante toda su vida por un sistema que
excluye y mata. Fernando Gutiérrez no era un ex convicto, Fer era un pibe como
yo, como vos.”

Las palabras son de los talleristas que integran
la Bemba del Sur. Un grupo de militantes sociales que coordinan espacios de
inclusión dentro de las cárceles. Ellxs sí conocieron a Fernando. Y mucho. Su
crimen los inundó de un inmenso dolor mezclado con bronca e impotencia tras
leer aquella crónica policial del Diario La Capital. Por eso su gritos hoy traspasan
los muros: Fernando no era un ex convicto. Hasta el hartazgo lo dirán, hasta
que las crónicas de algunos medios, una vez por todas, indaguen en las historias
de los pibes muertos a tiros en las barriadas rosarinas.

“Fernando se murió en un barrio donde
el “territorio” se disputa. Otro sentido común construido mediáticamente que
refuerza la lógica de amigo-enemigo. Una lógica dominante que cristaliza el
sentido: “que se maten entre ellos”. Ese montaje discursivo que coloca
a los pibes de barrios pobres en ese lugar de ellos culpables de todos los males,
esos monstruos que hay linchar hasta matar. Esos ellos, que han perdido visibilidad
pero son una amenaza para ese nosotros moral”.

Fernando –dicen sus compañeros- pudo habitar también
otros territorios. Esos que se construyen por los lazos, por la confianza. “Fernando
estaba repleto de vitalidad, potencia productiva, de resistencia”. Ese era Fernando.

En el diario no hablaban de tí

La construcción mediática de las noticias son
variables. Las ediciones digitales de los medios masivos suelen ser las más
leídas y replicadas en redes sociales. Son las que –en su inmensa mayoría- solo
reproducen las versiones policiales y judiciales. La voz oficial. Y las que
contienen, además, los cientos de comentarios de lectores enardecidos promoviendo
un discurso que, salvo excepciones, son fascistas.

“Al Fer no lo mató la persona que apretó el
gatillo, al Fer lo mató el sistema, la indiferencia y la hipocresía. Indignación
por cómo se banalizan determinadas cuestiones, por cómo estamos cegados por
el odio y por cómo los medios de comunicación nos roban la capacidad crítica
y la conciencia social. Me duele el alma sólo con leer los comentarios de la
noticia”,
dicen sus compañeros. También sostienen que “el sistema penal,
otra vez y como siempre, auspicia como sostén y fundamento de la muerte
de decenas de chicas y chicos que quedan enredados en sus modos de ser, sus
lógicas y logra, exitosamente, hacerlos desaparecer.”

Lo que sucedió con Fernando no es aislado. Para
algunos medios, David Moreira era el “ladrón” golpeado por “vecinos” del barrio
Azcuénaga. Los “buenos vecinos” que salieron en defensa de una joven asaltada.
Que en realidad, lo lincharon hasta matarlo. Así como Franco Casco fue
-durante las primeras horas de su desaparición forzada- el pibe morocho y sospechoso
que merodeaba en la zona de la Terminal de Ómnibus, cuando la investigación
-impulsada por las organizaciones – demostró que Franco fue desaparecido
y asesinado por la policía santafesina.

Recordemos: si no hubiese sido por el movimiento
social al que pertenecían, Jere, Mono y Patom habrían sido los “soldaditos”
asesinados en un supuesto ajuste de cuentas. Y así, la lista de nombres con
identidades estigmatizantes, se transforman en apenas cifras que alarman. Nombres
de jóvenes varones, pobres y muchos de ellos, atravesados por su tránsito en
la cárcel. Nombres que ya no nombran; solo señalan la etiqueta impuesta.

“Ya no son Fernando, ya no son Elías,
ya no son David: son menores, son ex convictos, son malvivientes. La noticia
que leí en los diarios tuvo la intención de hacer desaparecer a Fernando. La
noticia que leí en los diarios es un barrote más que pretende encerrarnos”.

Desde la Bemba del Sur afirman que “la operación
discursiva es apelar a los antecedentes penales de la víctima para definir el
tándem merecimiento-responsabilidad. Muertes merecidas porque “algo habrán hecho”,
y si algo hicieron no es más que el resultado de su propia responsabilidad individual”.

Sus vidas no trascienden, tampoco el derrotero
que debieron soportar.

Por ejemplo, el crimen de Rodrigo Udi para muchos
y principalmente para el Estado, fue indiferente. “A Pequi ya lo tenían señalado
desde hace tiempo, porque era un chico que salía a robar. Pero nunca nadie se
interesó en saber que hacía dos meses que había estado rescatado, trabajando
con nosotros en el Movimiento Padre Mugica”, decía
a enREDando
uno de los referentes de esta organización que tiene su trabajo
territorial en una zona del barrio Ludueña. La versión policial –publicada en
los principales diarios de la ciudad- señaló que Rodrigo murió como consecuencia
de un tiroteo con personal del Comando Radioeléctrico, tras un supuesto robo
que había protagonizado en una fábrica de la zona. El título de la nota, otra
vez del diario La Capital, decía: “Un
delincuente murió tras robar una fábrica y enfrentarse con la policía”
.
Ese “delincuente”, era Rodrigo. 18 años. Había estado preso en el mal llamado
“Instituto de Rehabilitación para el Adolescente”. Había intentando salir de
su adicción a las drogas. Nunca encontró respuestas por parte del Estado. O
sí: una respuesta que le provocó la muerte. Fue la organización social la que
salió a denunciar que Rodrigo fue víctima de una ejecución sumaria. Pero no
importó demasiado. El pibe había robado.

“La prensa escrita despliega entonces tácticas
discursivas que, a diferencia de lo que sucede cuando las víctimas pertenecen
a la clase media o media-alta, contribuye y refuerza un proceso de desidentificación
y distanciamiento para con la víctima; hecho que, en cierta forma, articula
elementos discursivos que terminan por justificar –y merecer– la muerte en suerte”,
analizan los talleristas, muchos de ellos, estudiantes y docentes de la UNR.

El dispositivo mediático reproduce el mismo mecanismo
para con las mujeres: las jóvenes, las pobres. ¿Qué sucedió con el femicidio
de Guadalupe Medina en Villa Banana? ¿Qué ocurre con los femicidios de
las trabajadoras sexuales? ¿Cómo operan los discursos mediáticos en la
visibilización e información de estos crímenes? “A diferencia de los femicidios
de Ángeles Rawson, o de Lola Chomnalez,
donde la desaparición fue el primer paso, a Gisela primero le tocó morir, y
después ser descubierta. Pero, aunque varíe su secuencia, todos los casos tienen
la coincidencia de ser asesinadas dos veces: por el femicida, que no es buscado
ni interpelado, y por los dedos acusadores de los medios. Ya sea desde la acusación
explícita o desde el silencio”, escribió la periodista Agustina en una excelente
crónica sobre el asesinato
de Gisela Bustamante. 

Son siempre las organizaciones sociales, sus familias
y lxs militanes involucrados en los territorios, las voces que dan cuenta de
sus historias. Las que denuncian los tratamientos de una cierta prensa más preocupada
en vender títulos y morbo que en informar con responsabilidad. Una prensa que
también es misógina.

Desde la Bemba del Sur cuestionan y repudian el
tratamiento mediático en el crimen de Fernando. “Sentimos no sólo un profundo
dolor por su pérdida física sino también por el ejercicio de desvalorización
humana que el discurso periodístico, ese discurso apegado a las agencias policiales
y judiciales y nunca al ejercicio de los Derechos, inclusive el Derecho a informar
y ser bien informado, implementa tras cada palabra escrita”, expresan.

Decidieron publicar un documento que habla de
él. De Fernando Gutierrez. De su humanidad. De sus sueños.

“Lo que el discurso periodístico no sabe y no
se molestará en saber es que Fernando, luego de cumplir su primer condena, intento
vincularse con espacios que el Estado ofrecía para capacitarse, y ese intento
fue fallido porque el Estado, una vez más y como tantas otras veces, terminó
expulsándolo; por no preguntarle de sus deseos, sus trayectorias, sus posibilidades,
sus dificultades, por no preguntarle ni siquiera cómo se llamaba, de dónde o
porqué venía”, dicen en este escrito de más ocho páginas.

En octubre de 2015, la Bemba del Sur inauguró
la sala cultural, un espacio dentro de la Redonda, la Unidad N° 3 de Rosario.
Ese día, Fernando estuvo presente, haciéndo lo que siempre hacía: colaborar,
aportar, sonreir, trabajar en conjunto con sus compañeros. Pintó algunos de
los muros blancos que separan el adentro con el afuera. El recuerdo está vivo.
No hay balas que puedan enterrarlo.

Recuerdo la prolijidad, el interés
y el amor con el que decoró cada una de las letras. También recuerdo el hermoso
auto colorido que dibujó en el margen izquierdo y la alegría con que lo hacía.
Tenía unos ojos bellísimos y unas ganas y potencialidad que, aún a quienes no
lo conocíamos en profundidad, nos llamaban la atención. Me duele hasta los huesos
su muerte y me indigna la hipocresía de esta sociedad, que no conforme con matar
simbólicamente a los pibes, justifica y anhela -escudada bajo el discurso de
“nosotros la gente bien, trabajadora y civilizada” que leemos y escuchamos en
los periódicos, noticieros, en la puerta de casa o en el almacén del barrio-
la barbarie de su asesinato. Fernando no era un ex convicto, Fernando era vida,
una vida.

“A Fernando lo mataron dos veces”

En octubre de 2015 faltaban pocos meses para
que Fernando pudiera salir en libertad. Tenía ganas de vivir. De sortear las
gigantescas dificultades que encuentran los pibes una vez que salen de la cárcel.
Porque en el “afuera” tampoco hay respuestas del Estado. No las hubo previo
a su ingreso a un penal. No las hay una vez que salen.

¿Quién era Fernando? Un periodista. Un amigo.
 Un compañero alegre y persistente. Un pibe que abrazaba. “Tenía ganas
de vivir, de sobrellevar las dificultades, como la de tener 9 balas en el cuerpo
y sentir la necesidad de volver a aprender a escribir porque una de sus manos
estaba casi inutilizada.”

Era un intelectual. Un crítico. “Un pibe que quería
disputarles sentidos a la cárcel y a la sociedad en su conjunto, a esos sentidos
que le decían que él no iba a poder ser otra cosa que un convicto, o un ex –
convicto como rezan las líneas de La Capital.”

Fernando además era un impulsor del ejercicio
de los Derechos Humanos en las cárceles. “Porque militarla es eso, ejercerlos.
Fernando no era un ex – convicto, era un amigo con quien nos encontrábamos y
abrazábamos en el penal, con quien compartíamos historias, un tipo al que el
dolor lo acompañó durante mucho tiempo, el físico pero también el del alma,
por haber perdido un hijo cerca de nacer, por haber perdido a su hermano en
un accidente de tránsito, por lamentarse de su madre acompañando y visitándolo
en prisión”, dicen sus compañeros de cárcel, los talleristas que compartieron
sus charlas, sus dolores, sus broncas. Sus amaneceres y sus tardes oscuras en
una cárcel que –al igual que todas- es indecible.

 Abrazos, risas, ideales, amor, afecto, miedos.
Fernando era todo eso, y todo eso extrañan de él, sus amigos y su familia.

Muchos dicen: “total era un pibe villero”,
“esos con gorrita que ves por la calle y te cruzas de vereda”, “seguro lo mataron
porque andaba en algo o algún ajuste de cuenta”. Yo a Fer lo conocí, tomé mates!
Tenía gorrita! Y cuando se reía era como un chico!! Me hablo de su familia,
de su mamá, de su hermano, de la villa, de la vida, de su vida. En los festivales
bailamos cumbia y nos reímos, habitamos ese espacio, creaba y creía. Lo recuerdo
sensible, lo recuerdo con cariño, lo vamos a extrañar y ojalá algunas personas
que escriben artículos en los diarios comiencen a hacerse preguntas, porque
Fernando no era un ex convicto que lo mataron a balazos. Y hay cosas que
los balazos no logran matar.

Fernando no era un ex convicto. El grito se repite,
una y otra vez. Será necesario grabarlo a fuego en la memoria. Son muchos, cientos,
los Fernandos arrojados al olvido y al anonimato. “Una muerte simbólica”, dice
la Bemba del Sur. En definitiva, “así funciona ese discurso, estableciendo
cortes y divisiones para que tengamos a quien señalar como el mal de todos los
males, también para tranquilizar a ese sector de la sociedad que festeja la
muerte de un pibe que no era un ex – convicto, era Fernando, un amigo al que
vamos a extrañar y recordar por siempre.”

Fernando tenía 24 años. Escribía. Sus notas pueden
leerse en la Revista Conexiones. Era un comunicador. “Buscando un cambio”, “Sobre
los jóvenes y la juventud”, el cuento “La habitación del dinosaurio” y su escrito
en “Fotos que hablan”; con una reflexión política titulada “Sorpresa en Rosario,
la llegada de los gendarmes”, la sección “Entrevistándonos”, el cuento “Después
del encierro” y la “Carta a alguien” , son algunas de sus notas. Fernando no
era un ex-convicto, era un periodista, “un curioso que se hacía preguntas, esas
que tantos otros parecen dejar de hacerse en el ejercicio cotidiano de su profesión.”

A Fernando lo mataron dos veces, denuncia la
Bemba del Sur. Primero con cuatro tiros y luego “con una nota periodística
miserable, hecha a medida del energúmeno de sillón que festeja la muerte
de pibes que sobreviven de condenas mayores a las de la cárcel. Fernando
compartió con los talleristas momentos, recuerdos y deseos, como cualquier pibe
de 24 años que quiere zafar de las etiquetas ajenas y ponerse una propia. La
etiqueta del diario no es una que se borra con dos sesiones de terapia, es la
que se convierte en obituario común de una generación de jóvenes en Rosario.”

Fernando no era un ex convicto. Y ese grito es
hoy, una bandera que atraviesa muchas otras vidas.

Una consigna que se resiste a naturalizar las
muertes de pibes que jamás serán anónimas.: “Sentimos la necesidad como
colectivo de ponerle rostro y relato a esta noticia tan triste, porque sentimos
que perdimos a Fernando pero también que perdimos la forma de comprender lo
que está pasando en la calle.”

Documento completo de La Bemba del Sur


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