Publicado en línea el Sábado 25 de junio de 2016, por ANRed- E (redaccion@anred.org)

El apenas esperado acontecimiento de la salida del Reino Unido de la Unión Europea puede comprenderse como una de las posibles consecuencias no deseadas por quienes impulsaron la consulta y las luchas tacticistas entre las élites, y más en particular aquí, las contradicciones en el marco de la disputa por el poder entre las fuerzas de derecha británica. Por Daniel Albarracín/ El Salmón Contracorriente. Foto: Mick Baker rooster cc

Si bien, detrás de este desencaje de piezas, se mueven varias placas tectónicas de carácter socioeconómico y político, que han acabado por desplazar del continente europeo a las Islas Británicas un poco más de lo que ya lo estaban. Se ha mostrado al mismo tiempo la crisis del modelo de integración fallido como es el de la Unión Europea y el divorcio evidente con la población británica, algo que podría replicarse en otros países si se facilitaran nuevas consultas.

El proceso político de desvinculación

Ahora se abre un complejo proceso político institucional. Debemos conocerlo para disponer de los tiempos en los que se va a mover el curso de lo que está por venir, en el que hay muchas cosas todavía por definir. El único precedente conocido es el de la salida de Groenlandia en 1982, una región autónoma de Dinamarca con apenas 50.000 habitantes.

El Referéndum no es vinculante. Se han abierto dos maneras de gestionarlo. Bruselas quiere activar el artículo 50 de los Tratados Europeos, invocado de inmediato para reducir la incertidumbre mientras que el gobierno británico no quiere darse tanta prisa. Pero, aunque pueda retrasarse, no parece que pueda evitarse el proceso de desvinculación relativa que supone su concreción política. Cualquier acuerdo habrá de ratificarse en el Consejo y en el Parlamento en Estrasburgo. El resto de los 27 países que aún permanecen tienen derecho de veto para establecer un modelo de salida. Luego se daría el paso a la ratificación por los parlamentos nacionales y cualquier país puede obstaculizar el proceso.

Sin duda, los funcionarios británicos en Whitehall van a tener que asumir retos de envergadura. Varias competencias antes reservadas a la UE, como salud, seguridad, servicios financieros o aspectos de política de empleo, regresan al país; habrá que redefinir o redactar numerosas leyes, para evitar vacíos regulatorios o de gestión política. Un reto fundamental será la negociación de nuevos tratados comerciales, así que el Ministerio competente se sobrecargará de tareas.

Activado el artículo 50 se abre un periodo de dos años de negociaciones donde aún se seguirán cumpliendo los tratados y leyes de la UE, pero el Reino Unido no podrá incidir más en sus cambios. Habrá que concretar bajo qué términos se regulará financieramente la ciudad de Londres, los aranceles a aplicar o los derechos de circulación de personas de ciudadanos comunitarios y del Reino Unido.

Las posibles repercusiones económicas

Los mercados financieros han sobrereaccionado cayendo más de un 15%. Está cundiendo la alarma por las potenciales repercusiones económicas. Estas se materializarán, pero más allá del histrionismo de corto plazo de los mercados financieros, no tendrán un alcance mayor. No al menos por esta causa. No nos olvidemos que vivimos una crisis global como pocas veces hemos atravesado y eso sí que es el problema. La libra esterlina se va a devaluar, ya lo está haciendo en torno a un 10% respecto a otras grandes monedas. Podría hacerlo próximamente hasta el 20%, aunque a medio plazo se reestablecerá parcialmente. Ha perdido parte de su atractivo como moneda refugio, pero la economía británica es poderosa, con la principal industria financiera y con un aparato productivo sólido, con influencia comercial en varios espacios económicos internacionales. No sólo el norte de la UE (Dinamarca, Holanda, Alemania, Irlanda, etcétera) sino también en los Estados Unidos y la Commonwealth. No es un país aislado ni débil. Y puede jugar aún sus bazas como gran plaza financiera. Aunque el peligro es que caiga en la tentación de emprender una partida arriesgada: una carrera de devaluación competitiva.

A corto plazo, algunos sectores se verán afectados, porque la ventaja de la industria financiera, que le aporta excedentes rentistas, para poder abordar sus transacciones internacionales, puede verse durante un periodo perjudicada por el deterioro de la libra y la retracción del inversor internacional. Así, que, mientras no se disipen algunas dudas, puede haber un impacto recesivo en Reino Unido.

Como siempre, la incertidumbre afecta a la histeria de los rentistas, pero parece que los bancos centrales europeo, suizo o japonés, proveerán nueva liquidez para dar estabilidad a los mercados financieros. Si persiste la crisis, como decimos, será más bien fruto de la decadencia del capitalismo que por esta reordenación económico-comercial.

La desvinculación formal de Gran Bretaña de la UE es relativamente sencilla, dentro de su complejidad regulatoria. Más complicado será acordar una nueva relación comercial, estableciendo lo que se permiten los aranceles y otras barreras a la entrada, y ponerse de acuerdo sobre las obligaciones tales como la libre circulación. Tal proceso podría tomar al menos cinco años.

La opción por defecto es establecer el comercio con la UE en virtud de las normas de la Organización Mundial del Comercio como Estados Unidos, China o cualquier otro país. Se baraja que los productos británicos se encontrarían con la posible desventaja de tener que hacer frente a un 10% de aranceles en sus exportaciones. Pero lo más presumible es que UK buscase un status comparable al de Noruega, que es miembro del Espacio Económico Europeo (EEE), a cambio de lo cual se requiere para contribuir al presupuesto de la UE y permitir la libre circulación de personas. Aunque caben otras opciones como las que ofrecen el caso suizo o turco. Pero hay que constatar que cualquier acuerdo comercial tarda muchos años en alcanzarse.

Quizá un status como el de Noruega sería una base quizá insuficiente para las aspiraciones británicas. Aún hay que ver si el Reino Unido quiere asomarse al TTIP o si opta por esperar a que Trump pudiera alcanzar la Casa Blanca, y hacer migas con él. Los conservadores británicos saben que si Trump ganase la Casa Blanca, éste pondría al Reino Unido como prioridad, justo lo contrario de lo que harían China o Canadá.

El atractivo financiero británico se va a ver deslucido, porque el capital que allí buscaba su refugio y un buen negocio rentista tendría que restar de sus cálculos los beneficios indirectos del acceso al mercado único europeo.

Un nuevo marco

Ni que decir tiene que esta experiencia va a dar razones añadidas a aquellos que persiguen una restauración de los refugios nacionales y exaltará viejos prejuicios patrióticos.

La Unión Europea, se encuentra atravesada por diferentes movimientos contradictorios. Mientras se consagra una Unión intergubernamental con múltiples acuerdos fuera de los tratados europeos, en los que las relaciones asimétricas otorgan cada vez más poder a Alemania, la Comisión Europea insiste en poner sobre la mesa un nuevo proyecto federalista, tecnócrata, intervencionista y, al mismo tiempo, neoliberal, como es el que se idea en el Informe de los 5 presidentes. Sin embargo, el actor decisor radica en el Consejo, y el bloqueo político allí es más que evidente. Para casi todo se necesita unanimidad. Y por eso, el monstruo de la Unión Europea se ve esclerotizada. Al mismo tiempo, han crecido a su alrededor multitud de acuerdos e instrumentos económicos entre grupos de países que, bajo la alfombra y de manera más bien siniestra, pueden estar sentando las bases para futuros acuerdos que dejen obsoleta la institucionalidad existente. Ese proceso “constituyente” lo están desarrollando las élites, mientras que las clases populares se dirimen entre el escepticismo, el aburrimiento, o la ingenuidad respecto a lo que es el devenir supranacional, un debate poco formado y maduro entre las mayorías sociales, y completamente endogámico en el marco de las instituciones europeas.

Daniel Albarracín Blog


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