Publicado en línea el Viernes 27 de mayo de 2016, por amalia

León BendeskyLa Jornada

La crisis económica de 2008 puso a prueba la resiliencia del sistema capitalista de producción. Desde entonces, éste ha sido incapaz de recuperar su estado inicial, antes de la crisis y sus antecedentes en 2001, ya que no han cesado las perturbaciones a las que está sometido. Esta condición no equivale a su resistencia, en el sentido literal de su duración.

El debate en torno a estas cuestiones ha ocupado una parte de los debates sobre la crisis y la evolución del sistema. De alguna manera recuerda aquel que se dio alrededor del marxismo en las décadas finales del siglo XIX y principios del XX sobre el derrumbe del capitalismo, aunque con menor intensidad y convicción. Este asunto es en sí mismo significativo.

El escenario actual, a ocho años de las emblemáticas quiebras de Lehmann Brothers y General Motors, está marcado por la profunda intervención de los gobiernos para mantener a flote el sistema financiero global y sigue siendo muy inestable.

Los bancos centrales se convirtieron en los actores principales para prevenir el desplome. Operan de manera muy activa en los mercados para incidir y apuntalar el entramado del endeudamiento público y privado que caracteriza a la economía. Esto ha llevado primero a que las tasas de interés se fijaran prácticamente en cero y que ahora estén en niveles negativos como sucede en Europa y Japón.

Este hecho es anormal y no se prevé cuándo puede remontarse. Entretanto provoca distorsiones en la asignación de los recursos, especialmente en materia de inversiones. Los capitales se colocan con criterios esencialmente especulativos, lo que afecta de modo adverso su uso productivo.

El auge inmobiliario que estaba en el centro de la crisis en 2008 expresaba ya el conflicto, pero sigue reproduciéndose como mecanismo de generación de ganancias. Lo mismo ocurre con los movimientos de los capitales que afectan a las economías cuando los reciben y cuando se van.

Los efectos se desplazan de ahí al mercado laboral en el que se abulta en desempleo, la desocupación y la caída de los ingresos salariales, además de crear mayor precariedad del trabajo.

La separación entre los procesos de producción y distribución del ingreso es artificial y reivindica el origen mismo de la disciplina de la economía cuando una y otra se postularon como dos caras de la misma moneda. La teoría económica, tal y como se practica hoy persiste en la disociación de estos procesos. La cuestión se aprecia incluso en muchas de las discusiones sobre la desigualdad creciente en todas las sociedades, sean atrasadas, emergentes o desarrolladas.

La situación se ha complicado, además, con otros fenómenos como la gran expansión de la economía de China y su participación en los mercados mundiales. Esa expansión se ha ido frenando y expone contradicciones de esa sociedad a lo que se suman elementos de fragilidad financiera cada vez más notorios.

En Estados Unidos la recuperación económica no se consolida y persisten las condiciones de lo que se ha denominado como un estancamiento crónico. La Reserva Federal no consigue elevar las tasas de interés para normalizar la situación en los mercados financieros y recomponer la estructura del empleo y la generación de ingresos de una gran parte de la población.

La caída del precio del petróleo es un signo de cambio estructural en la manera en que se produce la energía. Esto se expresa inicialmente en la reducción de los ingresos de los países productores, pero se extiende de nuevo a los patrones generales de producción, el empleo y la distribución. La transformación en curso significará un reacomodo económico con impactos relevantes en la tecnología, como es el caso de la electricidad (Tesla) y su uso industrial (automotriz).

Está, igualmente, el desarrollo de la robótica y su repercusión en la demanda de trabajo en un entorno de sobreoferta de mano de obra. El replanteamiento de la organización social que esto implica es enorme y crucial; recuerda los antecedentes del Ludismo en 1800.

Las materias primas (commodities) son el origen principal del ingreso de muchas economías, entre ellas las de países de América Latina. Sus precios fluctúan considerablemente y provocan ajustes recurrentes en la producción y las finanzas públicas. Los ciclos de aumento y caída del producto y los ingresos no se disocian de los conflictos políticos, tal y como se precia en los cambios que ocurren hoy en esta región. Su inestabilidad repercute en la distribución de los recursos y la condición de desigualdad y pobreza prevalecientes. Son causa de la dualidad económica que no se supera.

La crisis ha incitado grandes tensiones en la integración europea, con el resurgimiento de las políticas de corte nacionalista, sobre todo en la parte oriental de la Unión. Esto se agrava con la guerra y las corrientes de migrantes del Medio Oriente y África, que no han surgido por generación espontánea. La posibilidad de la salida de Gran Bretaña de la Unión expresa el fallo de las severas medidas de ajuste y el desgaste social que provoca. Esto no es solo una cuestión técnica, sino una manifestación más intensa de la confrontación social. Otra forma de esta pugna es la crisis política en España. Y está, por supuesto, la situación electoral en Estados Unidos y la polarización que significa el candidato Trump.


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