Publicado en línea el Jueves 19 de enero de 2023, por JDF

(Bertrand Russell: Las funciones de un maestro)

En ocasiones quiere la fortuna que uno tropiece con tesoros enterrados del pasado. No me estoy refiriendo a nada material; no pensemos en esos cofres de las películas de piratas ocultos en alguna isla sita en el Caribe. Me temo que lo más parecido a eso en la actualidad correspondería a los catalogados como «paraísos fiscales», que desde luego tienen mucho que ver con los piratas, aunque no de índole tan romántica como los del parche en el ojo y la pata de palo. Me refiero a un tesoro hecho de palabras que encarnan ideas. Éstas pueden ser tan valiosas como las riquezas materiales más ambicionadas.

Actualmente tenemos más información que nunca, pero al mismo tiempo los factores agresores del conocimiento son un peligro en nuestros días que no debemos soslayar. Entre ellos, la infodemia, es decir, el inundar a la ciudadanía de información para que se ahogue en ella. Un exceso de información puede provocar la inhibición del intelecto y así atorar el mecanismo que permita a los sujetos hacerse un juicio bien fundado sobre la realidad de las cosas, el cual exige ante todo un ejercicio de discriminación y jerarquización sin el que el conjunto de datos y mecanismos recopilados y servidos por las diversas fuentes de información quedan reducidos a mero ruido. Y por un paradójico efecto rebote la inteligencia se puede volver en contra del valor de las más racionalmente avaladas evidencias y dar lugar a esa plaga que diríase ya crónica del negacionismo.

Se halla uno, pues, ante el peligro cierto de desorientación, de pérdida del criterio que lo mantenga dueño y señor de su entendimiento para no perder pie con la realidad. Las ideas son insustituibles a tal respecto; son los verdaderos tesoros de la civilización. Las hay valiosísimas, que quedan enterradas por la avalancha de lo nuevo, que por nuevo puede caerse en el error de creer que es más cierto que lo alumbrado en el pasado. Pero no cabe comprensión del presente sin el conocimiento de las ideas pretéritas.

El tesoro que yo he descubierto recientemente y por pura casualidad consiste en una serie de ideas expuestas en un discurso del que fuera Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica Jimmy Carter, que desempeñó el cargo entre el veinte de enero de 1977 y el mismo día de 1981. Desde luego un político de menos fama que el que fuera su sucesor, Ronald Reagan. Cuando Carter desempeñó su mandato yo era un crío. Recuerdo de por entonces su imagen en la televisión en blanco y negro, la de un hombre de campo dedicado al cultivo del cacahuete, y su rostro, que a mí me parecía –y me sigue pareciendo– el de un una persona bondadosa. Recuerdo asimismo lo que supuso para su presidencia la revolución islámica en Irán, la primera crisis energética importante, la del petróleo, asociada a una coyuntura económica en general nada favorable. En fin, no lo tuvo nada fácil el entonces elegido del Partido Demócrata para gobernar a un país aún conmocionado tras el desenlace de la Guerra de Vietnam unos pocos años antes, y por el escándalo del caso Watergate, que obligó a dimitir al Presidente Richard Nixon. Se puede decir sin miedo a exagerar que los Estados Unidos de Norteamérica en aquel tiempo era una nación desmoralizada.

Me reencontré con él, como ya he dicho, por casualidad, gracias a una película de hace unos años emitida en televisión recientemente. Su título, Mujeres del siglo XX (20th century women) dirigida por Mike Mills y estrenada en 2016. Cuenta una historia que se desarrolla en 1979. En un momento dado de la misma unos personajes ven en la televisión un discurso (real) que da el entonces Presidente Jimmy Carter, ya en el penúltimo año de su mandato. A través del fragmento reproducido en el filme descubrí un mensaje lleno de inteligencia, honestidad intelectual y empatía. Las palabras de aquel gobernante de hace décadas, que salió de la Casa Blanca en las siguientes elecciones, eran las de alguien que no le perdía la cara a la verdad y al ideal del bien común.

Tengo que decir que me pareció raro, incluso ingenuo, desde la perspectiva actual, ya viciada la sensibilidad política por una práctica de la cosa pública que no respeta la verdad, que busca ante todo hacer daño al adversario con la única meta del éxito electoral a corto plazo, aunque eso conlleve un menoscabo del interés general.

Cito el fragmento que escuché por completo porque merece la pena: «como saben hay un creciente desprecio hacia el gobierno, por las escuelas, los medios de comunicación y otras instituciones. Este no es un mensaje de felicidad o de tranquilidad. Pero es la verdad y constituye un aviso. Es una crisis de confianza. Vemos esa crisis en la duda creciente sobre el sentido de nuestras vidas, y en la pérdida de unidad sobre el propósito de nuestra nación. Demasiados de nosotros tendemos a venerar la autocomplacencia y el consumo. Pero estamos viendo que los bienes materiales y el consumo no bastan para dar sentido a nuestras vidas. Siempre habíamos creído que formábamos parte de algo superior, la humanidad misma, comprometida en la lucha por la libertad. Estamos en un momento crucial de nuestra historia. Y ante un camino que conduce a la división y al egoísmo. Ese camino responde a una concepción errónea de la libertad. Y es una ruta que sólo lleva al fracaso». Julio de 1979.

Palabras proféticas donde las haya, cargadas de honestidad, es decir, de reconocimiento abierto de la verdad, y pronunciadas con el ánimo sincero de comunicar y empatizar con los que eran sus destinatarios, los ciudadanos. Un discurso que puede ser tomado –y así lo hace la mayoría de los personajes que en la mencionada película lo escuchan– como una muestra de debilidad o incluso de derrota política (de hecho, ese fue el sambenito con el que cargó Jimmy Carter desde el mismo inicio de su mandato, su debilidad); pero, en cualquier caso, muy acertado en el análisis sobre el que se sustenta. Discurso a la vez testimonio de un momento histórico clave, ciertamente, punto de inflexión que tiene lugar como consecuencia del final de la década utópica de los sesenta en la que se pidió lo imposible (como se proclamó en el mayo del sesenta y ocho, y se materializó con la lucha por los derechos civiles), en la que se soñó con proezas con las que se identificaba toda la humanidad como ir a la Luna –no importaba el coste económico ni las dificultades técnicas–, en la que se culminaba el éxito de las tres décadas gloriosas de crecimiento económico sostenido y convergencia social gracias al reparto keynesiano de la riqueza. Todo eso se lo llevó por delante la crisis del petróleo de 1973, la decadencia de la URSS que parecía exigir despertar del sueño utópico, la cultura posmoderna que tachó el ideal de progreso de la ilustración de dogma eurocéntrico que debía ser extirpado de la cultura finisecular junto con la confianza en la existencia de verdades objetivas y universales que podían y debían ser el objetivo del conocimiento y condición necesaria para una vida en libertad y con sentido. La política dejó de ser una actividad en la que importaban los ideales y la visión de futuro para ser un ejercicio cortoplacista que solo ambiciona resultados en términos de cuotas de poder. En aras de ese éxito la verdad ha sido sacrificada al dictado del márquetin electoralista y se ha conferido legitimidad al bulo y a los «hechos alternativos». Todo un paradigma histórico, el construido a partir de las ruinas que dejó la Segunda Guerra Mundial, se fue por el sumidero de la historia en esa segunda mitad de la década de los setenta en la que a la vanguardia social el yuppie reemplazó al hippie. Una década crítica que golpeó fuertemente la autoestima de la metrópoli del imperio yanqui, y que sintió en sus entrañas el líder por entonces del así llamado «mundo libre».

Lo detecta certeramente Carter cuando apunta a la degeneración del ideal de libertad. El camino histórico que a futuro él vislumbra, y que advierte que conduce al fracaso, parte de una «concepción errónea de la libertad». Hoy lo sabemos, tras cuatro décadas largas del absoluto dominio del neoliberalismo. Ahora tenemos ante nosotros la evidencia de lo que el Presidente norteamericano supo ver de forma prodigiosamente visionaria. Él sabía que se encontraba en un cruce de caminos decisivo. No sé si cabía en su imaginación la aparición de personajes como Donald Trump, Jair Bolsonaro o nuestra ínclita Isabel Díaz Ayuso, a cual más antitético de lo que él representaba como político. Todos ellos tres unidos por ese ideal corrompido de libertad que la reduce a carecer de un sistema nacional de salud verdaderamente universal para que cada cual escoja «libremente» la atención médica que se le antoje (como la educación), o a portar armas, o a consumir cervezas en una terraza tras una agotadora jornada laboral. Degeneración de la libertad reducida a consumo; degeneración de la condición de ciudadano reducida a la de consumidor.

Merece la pena escuchar y ver al completo (porque el rostro de su locutor y el tono de su voz son tan expresivos como sus palabras) ese discurso de Jimmy Carter, que se conoce y se puede encontrar en internet bajo el título de Discurso de la crisis de confianza. Lo he dicho y lo repito: una joya del pasado que rezuma autenticidad, tan rara en la producción oratoria de nuestros próceres actuales, que derrochan, en general, impostura por los cuatro costados. Se percata uno de esa crisis de confianza a la que alude el político estadounidense dado que él hace un esfuerzo dialéctico por que quien le escucha se la otorgue. Por lo que dice demuestra ser muy consciente del valor de la confianza en la democracia, porque la democracia, que es puro artificio, es un sistema que solo puede funcionar correctamente si los ciudadanos que la sustentan creen en sus instituciones. Lo hemos comprobado hace un par de días con lo sucedido en Brasil tras la llegada a su presidencia de Lula da Silva, réplica del seísmo antidemocrático desencadenado por el trumpismo en los Estados Unidos de Norteamérica hace dos años.

Esta del valor de la confianza para el mantenimiento de la buena salud democrática es una de las cuestiones que aborda Diego Sánchez Ancoechea, catedrático de Economía Política del Desarrollo de la Universidad de Oxford, en su libro El coste de la desigualdad, publicado el año pasado en castellano. Como en el propio subtítulo de la portada se apunta se trata de un análisis de la desigualdad en América Latina del que se extrae lecciones y advertencias para el mundo entero, y particularmente para Europa en tanto en cuanto ésta constituye un modelo social, económico y político raro por representar sus países más señeros el baluarte de un estado del bienestar tan joven en términos históricos como frágil tras décadas de hallarse expuesto al huracán de las políticas económicas inspiradas por la ideología neoliberal fundamentadas en el paradigma neoclásico de la escuela de Chicago. La confianza democrática tiene sus raíces económicas que no se deben ignorar.

Precisamente en estos días que somos testigos a través de los medios informativos de los inquietantes acontecimientos que suceden en Brasil es pertinente recoger uno de los datos ofrecidos por Sánchez Ancoechea en su libro procedente del informe de 2018 del Latinobarómetro. En él se evidencia el alto coste social que conlleva la elevada desigualdad económica en los dos gigantes iberoamericanos, Brasil y Méjico, en los que solo una de cada diez personas cree que el Gobierno trabaja en beneficio de todos. No es, por tanto, de extrañar que un gran número de ciudadanos brasileños sean susceptibles de manipulación por quienes, en procura del mantenimiento de sus privilegios –lo que implica la prolongación sine die de un estado de injusticia–, avivan la llama de esa desconfianza para deslegitimar el procedimiento democrático por el que el candidato de la izquierda ha accedido al gobierno del país. Y sirva de lección y advertencia –como reza el subtítulo del libro mencionado– para cualquier país, incluido el nuestro («el que tiene oídos para oír, oiga»), donde el Gobierno actual viene siendo tachado de ilegítimo día sí y día también por la oposición conservadora que, además, impide cumplir con el mandato constitucional de renovación de los cargos del Consejo General del Poder Judicial.

Otra referencia de El coste de la desigualdad que merece la pena reseñar es la que hace a una investigación realizada por el BID, el Banco Interamericano de Desarrollo (IADB por sus siglas en inglés), principal fuente de financiación para el desarrollo sostenible, social, económico e institucional en América Latina y el Caribe. En ella se ilustra cómo la desconfianza afecta a la distribución negativa de ingresos, quedando probado su vínculo con la injusticia económica. A través de una encuesta a ciudadanos latinoamericanos investigadores del mencionado organismo preguntaron sobre su confianza en las instituciones y su apoyo a la educación pública, las políticas sociales y la distribución de ingresos. Constataron que las personas más desconfiadas eran también las menos dispuestas a apoyar políticas intervencionistas del Estado con miras a alcanzar una mayor equidad. Piensan en general que los hijos de otras familias no se esfuerzan por aprender y lograr buenas calificaciones, y como a menudo consideran que los pobres son mentirosos no están de acuerdo con los programas estatales de redistribución. Esto, lamentablemente, tiene un efecto social terriblemente corrosivo en forma de círculo vicioso tal como lo describe Sánchez Ancoechea: «la desigualdad causa desconfianza que, a su vez, impide a los ciudadanos apoyar políticas redistributivas, lo que acaba causando aún más desigualdad». Y la desigualdad en todo el mundo no ha parado de crecer en las últimas décadas.

(¿Podría ser la Comunidad de Madrid el laboratorio en el que se pone a prueba la efectividad de la desconfianza a la hora de lograr la depreciación de las políticas públicas a favor de la justicia social, favoreciendo los intereses de minorías selectas que obtienen beneficio de ello?)

También la conexión entre desconfianza y polarización política y emocional es la de un dañino círculo vicioso que, si no logramos romper, no hará sino contribuir a incrementar la injusticia social que, a su vez, traerá más desconfianza en las instituciones del Estado, sentimiento enormemente lesivo para la salud de la democracia. Por consiguiente, los partidos, medios y corrientes de opinión pública que lo fomentan apoyándose en bulos, pseudoverdades y conspiranoias, que nacen de un atávico aborrecimiento a las ideologías de izquierdas conforman, sin intención o con ella, una poderosa fuerza de agresión contra la democracia.


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