Publicado en línea el Sábado 17 de diciembre de 2022, por Bea Morales

Hipnotizados, vascólogos y especialistas en epigrafía paleohispánica llevan más de un año con los ojos en llamas intentando completar el intrigante rompecabezas que plantea el hallazgo de Irulegi. Un grafiti tallado hace 2.100 años sobre una fina lámina de bronce con forma de mano derecha donde aparece una sucesión de signos escritos. Cuatro líneas pero una sola palabra levemente familiar, la que encabeza el texto: “Sorioneku” (“Afortunado” en lengua vasca prerromana) caligrafiada por un anónimo autor como si cumpliera un servicio postal histórico. “Es un documento valiosísimo porque nos lleva a un tiempo anterior a los romanos, a su lengua, a su escritura, a aquel mundo”, explica el catedrático de Lingüística Indoeuropea de la UPV, Joaquín Gorrochategui. Bautizada por los arqueólogos de la Sociedad de Ciencias Aranzadi como ‘La Mano de Irulegi’, en honor al monte situado en el Valle de Aranguren donde la encontraron, la pieza ha desatado un terremoto sin precedentes en el mundo académico, ya que puede modificar la historia hasta ahora conocida sobre el origen de los vascos y del euskera. Un descubrimiento fantástico a diez kilómetros de Pamplona que el Heritage Daily, cabecera de referencia de la arqueología mundial, sitúa entre los diez más importantes del año .

Un tesoro. Algunas de las respuestas a los enigmas que plantea pueden encontrarse en su vibrante jeroglífico. Un hito que alienta a los arqueólogos a seguir rastreando el Valle de Aranguren en busca de nuevas pruebas que iluminen los caminos por los que transitó la alfabetización de los vascones, pero que ha reavivado un viejo debate en Navarra, siempre dividida entre dos fidelidades: la que ratifica que aquí se encuentra la cuna de la cultura vasca y la que sólo ve usos partidistas en este insólito hallazgo.

Los investigadores no albergan dudas. “Como explicó el catedrático de Filología Latina de la Universidad de Barcelona, Javier Velaza, el texto tiene una interpretación clarísima e inmediata desde la lengua vasca. No entendemos la polémica. Sobre las otras líneas y el signatario utilizado tenemos alguna hipótesis pero aún estamos a oscuras”, responde Gorrochategui fascinado. La pieza presenta muchos desafíos científicos. Uno de ellos es revertir la tesis asentada de que los vascones de la edad del hierro eran analfabetos, puesto que se las ingeniaron para representar los sonidos de su lengua. El misterio es descifrar de dónde sacó aquel escriba de Irulegi los recursos expresivos. Y ahí se extiende una espesa zona de sombra. Sospechan que pudo adaptar a su universo indígena algunos caracteres que los íberos ya cultivaban en la ribera sur del Ebro hace dos mil años. Mestizaje en la antigüedad.

Sopla un viento racheado, frío y húmedo, en el Valle de Aranguren. Finalmente el sol se abre paso entre las nubes y su luz ilumina el castillo medieval allá en lo alto del monte con cierta melancolía hamletiana. Parece un lugar fuera de tiempo. Salvo para el arqueólogo Mattin Aiestaran, director de las excavaciones que Aranzadi desarrolla en esta zona. Ahora está enfrascado en el estudio del yacimiento sito a los pies de ese castillo y lo cuenta con la misma emoción que otros pudieron sentir al pisar la Luna. “Es excepcional. Desde su catalogación hasta las primeras menciones que hacen de él en 2005 como uno de los poblados más importantes de la cuenca de Pamplona”, comenta. Aiestaran habla de la mano como se habla de un maravilloso misterio, pero no de una forma irracional. Su trabajo le exige esfuerzos detectivescos. Entonces, surgen las preguntas. Y esas preguntas plantean dilemas profundos que necesitan conocimiento para ser esclarecidos. “Sorioneku”. ¿A quién iba dirigido ese mensaje? “Al principio pensamos que podía ser el adorno de un casco, como las alas de Astérix, pero por la disposición de los restos no tenemos duda de que se trata de una especie de talismán clavado en la puerta de una de las cabañas con la misión de atraer la buena fortuna”, explica.

Ahora imaginen por un instante. Están en Irulegi, entre los años 82 y 72 antes de Cristo, en un poblado de chozas rodeadas de ovejas, vacas y burros que pastan en la base de una colina estratégica para vigilar una vasta extensión del territorio. Todos los habitantes del castro conocen las tensas relaciones políticas que vive la región. Aquí se libra una guerra civil durísima entre un romano insurrecto llamado Quinto Sertorio y el general Pompeyo enviado por Roma al mando de seis legiones para aplastar la revuelta. El poblado vascón apoya al rebelde y termina arrasado hasta los cimientos. Dos mil años después se han recuperado pequeños fragmentos de cerámicas y una mano de bronce con una inscripción de buena fortuna que, irónicamente, ofrece el relato de aquel mapa dividido. “El fuego hizo que se derrumbaran los edificios y que las cosas quedaran como estaban en aquel momento. Es un contexto que denominamos primario, inalterado, sin moverse”, añade Mattin Aiestaran. <https://ctxt.es/get_img?ImageRatio=...> Foto: Imagen aérea del yacimiento del poblado de la Edad del Hierro donde se encontró la mano. Al fondo, el castillo medieval de Irulegi. Foto cedida por la Sociedad Aranzadi.

Queda aún mucho terreno que excavar, demasiados datos por descubrir. Arqueología fina que la Sociedad de Ciencias Aranzadi y el Gobierno de Navarra a través de la Institución Príncipe de Viana seguirán realizando en los próximos años gracias, en parte, a los 300.000 euros que EH Bildu y el ejecutivo de Pedro Sánchez acordaron destinar a este proyecto en las negociaciones de los presupuestos. Pero hay algo vital para garantizar el futuro de este yacimiento: el trabajo colaborativo que Aranzadi mantiene con el Ayuntamiento de Aranguren para evitar a toda costa que la repercusión del hallazgo termine convirtiendo la zona en un imán del turismo masivo. Sería una grave amenaza para el patrimonio arqueológico y un trastorno para la vida agraria de los pueblos del valle. Siempre hay un término medio. Estudiantes, científicos y vecinos voluntarios se aplican periódicamente para sacar este modelo adelante.

El secretario general de Aranzadi, Juantxo Agirre Mauleon, recalca que la filosofía de trabajo de la sociedad científica siempre es ayudar a las comunidades locales rurales que están sufriendo la despoblación. “Y son ellas las que nos solicitan ayuda como entidad científica para conocer su patrimonio y enriquecer sus relaciones internas”, añade. El ejemplo más claro es el Ayuntamiento del Valle de Aranguren. Se trata de un caso único en la organización municipal de Navarra. Fue fundado tras una derrota. Hace 29 años, los vecinos declararon una guerra pacífica contra la instalación de un vertedero en el pueblo de Góngora. De aquella resistencia general brotó una cepa de solidaridad indestructible. Reconstruyeron el municipio, ladrillo a ladrillo, pueblo a pueblo, conciencia a conciencia, hasta aglutinar ocho pequeñas localidades dispersas. Desde entonces, gobierna la Candidatura Popular del Valle de Aranguren (CPVA) con un alcalde como Manolo Romero, nacido en Badajoz y con alma de albañil libertario. Con él volvieron a empezar. Romero es hoy es una leyenda del movimiento vecinal del valle con una visión de la vida profundamente ética. Agirre le admira. “Aranzadi ha encontrado en este ayuntamiento el mejor compañero de viaje que podía imaginar para desarrollar estas investigaciones arqueológicas”, sentencia. Los 300.000 euros de los presupuestos son para el pueblo, no para Aranzadi. Para que no dejen de mirar sus cosechas mientras siguen el rastro de una mano de bronce que ha abierto el libro secreto del reino de Vasconia.

Fuente: https://ctxt.es/es/20221201/Politica/41574/mano-de-irulegi-valle-de-aranguren-euskera-aranzadi.htm


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