Publicado en línea el Miércoles 23 de noviembre de 2022, por Martina Neyra

La esperada ola roja que prometía acabar con las posibilidades del Partido Demócrata de cara a 2024 no se ha materializado. El Partido Republicano, sin embargo, ha alcanzado a recuperar el control de la Cámara de Representantes, limitando, al menos formalmente, a Joe Biden por lo que resta de su periodo.

Comúnmente, el valor de los procesos intermedios se ha fincado en su capacidad de ratificar o sancionar el ejercicio de gobierno del partido en el poder. Cuestión en la que estas elecciones ofrecen poca luz. El valor de las mismas, me parece, radica en las lecciones que al interior de los partidos puedan extraerse para los próximos comicios.

El Partido Republicano ha alcanzado una victoria pírrica en un contexto dominado por el malestar y la incertidumbre económica derivada de la inflación. Resulta difícil pensar en un mejor escenario para hacerse de la preferencia de los electores, pero la agenda radical impulsada por grupos extremistas, como ejemplifica el caso “Roe vs Wade”, ha alejado a sectores más moderados de la población.

Los candidatos auspiciados por el ex presidente Donald Trump quedaron lejos de alcanzar los objetivos del partido, mientras el gobernador de Florida, Ron de Santis, su principal rival para la candidatura presidencial de 2024, ha refrendado su estatus con resultados favorables. El carisma disruptivo de Trump ha comenzado a dar señales de desgaste, su estridencia ha empezado a preocupar a sectores moderados que no pueden dejar de asociar el asalto al Congreso con un ataque directo sobre la democracia.

El éxito de los demócratas en las elecciones intermedias precisamente responde en buena medida a su capacidad de asimilar la marca Trump, con el fin del sistema de pesos y contrapesos que es la democracia estadunidense. No obstante, a pesar de los malos resultados, el ex presidente Trump ha anunciado su intención de contender por la candidatura republicana, prefigurando lo que los medios anglosajones han calificado de una guerra civil dentro del partido.

Como ha reportado La Jornada, la batalla por el control del partido entre Trump y De Santis ha comenzado a producir fracturas; por lado de Trump, parece tener un control de las bases, mientras De Santis podría estar ganando el favor de antiguos aliados, como Rupert Murdoch, dueño de la cadena Fox y antiguo aliado Trump.

Satisfechos por el relativo éxito en las pasadas elecciones, los demócratas han apostado por la división del Partido Republicano para salir avantes en el próximo proceso electoral. El partido del presidente Biden tendrá que hacerlo sin la experiencia y resiliencia de Nancy Pelosi como portavoz de la Cámara de Representantes. Su ausencia como líder no sólo será significativa en el contexto de investigación en contra de Biden, anunciada por el líder del comité de vigilancia de esa Cámara, el republicano James Comer, sino que se hará notar, también, en la administración de las disputas entre los sectores progresista y centrista en su propio partido. La polarización no es exclusiva de los republicanos, sino del sistema en su conjunto.

El principal riesgo que enfrenta la ideología demócrata no puede reducirse al resultado de una disputa dentro del Partido Republicano. La derrota de Trump no necesariamente significa la derrota de su praxis e ideología política. Así como el asesinato de Julio César se tradujo en la institucionalización de la figura del César, el Imperio Romano y el fin del Senado (Hegel dixit), la muerte política de Trump puede muy bien significar la institucionalización del trumpismo, esto es un trumpismo sin Trump.

Ron de Santis, encumbrado como la alternativa republicana al radicalismo, como lo indica la ley antiwoke, ha demostrado compartir algunas de las pulsiones de su rival. Además, la victoria marginal del grupo moderado en la Cámara de Representantes coloca a los márgenes radicales en una posición inmejorable para la negociación, amplificando su voz y obligando a los moderados, con ambiciones políticas, a realizar concesiones.

Los comicios intermedios en Estados Unidos y la derrota de Jair Bolsonaro en Brasil han mandado el mensaje de que las formas políticas importan, de que es posible obtener victorias desde una postura conciliadora y cercana al centro. Lula, desde el punto de vista de quien esto escribe, resultó elegido por ser un político más tradicional, con capacidad de negociación y más alejado del populismo reaccionario de Trump y Bolsonaro, no necesariamente por ser un presidente de izquierda. Cabe recordar que los márgenes de ambas elecciones, no obstante, resultaron muy estrechos.

La política monetaria de la Reserva Federal de Estados Unidos anticipa que los siguientes años serán complicados económicamente. De resultar así, las oportunidades para figuras políticas polarizantes serán numerosas, por lo cual la victoria de los demócratas, e incluso la de De Santis, pueden no ocurrir. En 2024, la democracia más vital, la estadunidense; la más antigua, la británica; la más numerosa, la india, y por supuesto, la nuestra, celebran comicios. Frente a ese año trascendental, los institutos políticos de los diversos países deben reflexionar y descifrar qué les ha dicho el electorado, de lo contrario, puede ser muy tarde.

Fuente: https://www.jornada.com.mx/2022/11/21/opinion/018a1pol


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