Publicado en línea el Lunes 31 de octubre de 2022, por Bea Morales

Despreciar la diplomacia, buscar la victoria

Desde que empezó la guerra de Ucrania el 24 de febrero de 2021 la respuesta de la OTAN, articulada e implementada materialmente sobre todo por Estados Unidos, ha sido arrojar enormes cantidades de aceite a las llamas del conflicto hostigando a Rusia y a su líder, aumentando la escala de la violencia y la magnitud del sufrimiento humano, e incrementando peligrosamente el peligro de unas consecuencias desastrosas. Washington no solo movilizó al mundo para denunciar la “agresión” rusa, sino que suministró a los ucranianos un flujo continuo de grandes cantidades de armamento moderno para resistir al ataque ruso e incluso contraatacar. Estados Unidos hizo cuanto pudo en la ONU y en otras partes para reunir una coalición de castigo contra Rusia, pero lo acompañó de una serie de sanciones y de la criminalización de Putin como un eminente criminal de guerra incapacitado para gobernar y que merece ser incriminado y procesado. Un autocensurado filtro mediático occidental que a diario retrató gráficamente los horrores de la guerra que padece la población civil ucraniana transmitió fielmente esta perspectiva de propaganda de Estado, algo que se evita cuando se trata de las intervenciones de Estados Unidos para cambiar un régimen o de la violencia que Israel inflige al muy castigado pueblo palestino.

Un recién descubierto y escorado hacia Occidente entusiasmo por la Corte Penal Internacional (CPI), que urge al tribunal a recoger la mayor cantidad de pruebas de los crímenes rusos y lo antes posible acentúa este comportamiento provocador. Esta postura centrada en el derecho esta reñida con la fuerte oposición que hubo en el pasado a los esfuerzos de la CPI por reunir pruebas para investigar los crímenes de guerra de países no signatarios (entre los que se encuentra Rusia) respecto al papel de Estados Unidos en Afganistán o el de Israel en la Palestina ocupada. Esta presentación parcial de los hechos era de esperar, e incluso se justificaba, hasta cierto punto, pero su intensidad respecto a Ucrania se ha entremezclado peligrosamente con una irresponsable guerra geopolítica emprendida torpemente por Estados Unidos contra Rusia e indirectamente contra China. Es una guerra en la que hay mucho en juego, porque determina la estructura del orden mundial tras la Guerra Fría y el ascenso de China como un rival verosímil del dominio estadounidense. Esta guerra geopolítica se libra haciendo caso omiso de los intereses humanos más amplios que hay en juego y, en un sentido profundo, en contra del bienestar y el destino de Ucrania y su pueblo.

A pesar de estas características de la guerra de Ucrania, la mentalidad occidental sigue viendo el conflicto de forma parcial. Incluso Stephen Walt, un comentarista moderado y generalmente sensato de la política exterior de Estados Unidos y, hoy en día, un crítico prudente y persuasivo del fracaso de Biden a la hora de hacer todo lo posible por llevar el sangriento enfrentamiento en Ucrania del campo de batalla al ámbito diplomático, se une, sin embargo, al coro belicista al afirmar engañosamente y sin reservas que “la invasión rusa de Ucrania es ilegal, inmoral e injustificable”. No es que esta caracterización sea incorrecta en sí misma, pero a menos que vaya unida a una explicación del contexto, da credibilidad a la mentalidad belicosa y con pretensiones de superioridad moral mostrada por la presidencia de Biden, al tiempo que protege del escrutinio sus dimensiones de guerra geopolítica. Quizá Walt y otros con un punto de vista similar adoptaron esta postura de aceptar la interpretación de Washington de la crisis de Ucrania como una concesión táctica necesaria para llegar a un acuerdo faustiano y poder sentarse a la mesa con el fin de que sus advertencias y su defensa de la diplomacia puedan al menos ser escuchadas por los expertos en política exterior que asesoran a Biden y Blinken.

Para ser claros, aunque se pueda argumentar que Rusia/Putin han emprendido una guerra que es ilegal, inmoral e injustificada, el contexto geopolítico más amplio sigue siendo fundamental si se quiere restaurar la paz y evitar la catástrofe. Por una parte, el ataque ruso puede ser todo lo que se aduce y, sin embargo, forma parte de un modelo geopolítico de comportamiento comprobado que el propio Estados Unidos confirmó en una serie de guerras, empezando por la guerra de Vietnam y, más recientemente, con la guerra de Kosovo, la de Afganistán y la de Irak. Ninguna de estas guerras fue legal, moral y justificable, aunque cada una de ellas gozaba de una justificación geopolítica que hacía que a las élites de la política exterior estadounidense y a sus socios aliados más cercanos les parecieran deseables. Por supuesto, un error no se subsana cometiendo otro, pero en un mundo en el que los actores geopolíticos disfrutan de una licencia para perseguir intereses estratégicos vitales dentro de las esferas de influencia tradicionales no es objetivamente defendible condenar con pretensiones de superioridad moral a Rusia sin tener en cuenta lo que Estados Unidos ha estado haciendo por todo el mundo durante varias décadas. Antony Blinken puede decir a los medios de comunicación que las esferas de influencia pasaron a la historia tras la Segunda Guerra Mundial, pero ha debido de estar dormido durante décadas para no darse cuenta de que el Acuerdo de Yalta sobre el futuro de Europa firmado en 1945 entre la Unión Soviética, Estados Unidos y Reino Unido se basaba precisamente en la afirmación explícita de dichas esferas que, en retrospectiva, por muy desagradable que resulte su aplicación, merecen que se le reconozca el haber evitado que la Guerra Fría se convirtiera en la Tercera Guerra Mundial. Esta soberanía acordada de estos países fronterizos es descriptiva de las prerrogativas reivindicadas por las llamadas Grandes Potencias a lo largo de la historia de las relaciones internacionales, en particular por Estados Unidos a través de la Doctrina Monroe y sus ramificaciones. En este sentido, Ucrania se encuentra en la nada envidiable posición de México y, de hecho, de toda América Latina. Hace muchos años, el famoso escritor mexicano Octavio Paz afirmó que la tragedia de su país era “estar tan lejos de Dios y, sin embargo, tan cerca de Estados Unidos”. <https://www.counterpunch.org/wp-con...> Foto: Churchill, Roosevelt y Stalin en la Conferencia de Yalta, febrero de 1945.

La propia ONU es más un medio de la geopolítica que del derecho internacional

En un tanto perspicaz arranque de frustración tras no conseguir que el Consejo de Seguridad de la ONU autorizara en 2003 el uso de la fuerza no defensiva contra Irak para cambiar el régimen de este país George W. Bush declaró que la ONU perdería su “relevancia” si no estaba de acuerdo con el plan de acción imperialista de Estados Unidos, y así fue. La ambigüedad respecto al derecho internacional proviene del propio equívoco de la Carta de la ONU al afirmar que está prohibido todo uso no defensivo de la fuerza, una postura que refuerza el Estatuto de Roma enmendado que rige la Corte Penal Internacional al considerar la “agresión” un crimen contra la paz, al mismo tiempo que concede a los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU el derecho de veto. ¿Cómo se puede conciliar este derecho de veto concedido a estos cinco Estados, cuyo efecto es impedir cualquier decisión del Consejo de Seguridad contraria a sus intereses estratégicos, con la Carta y la prohibición de agredir del derecho internacional?

Este derecho de excepción tal como se recoge en el marco constitucional de la ONU no es una rara anomalía. Lo anticipó la experiencia del derecho penal internacional posterior a 1945 que desde Nuremberg hasta nuestros días ha eximido de toda responsabilidad a los actores geopolíticos dominantes, incluso por actos tan increíbles como lanzar de bombas atómicas sobre objetivos claramente civiles al final de la Segunda Guerra Mundial. Este terreno poco definido que separa el derecho del poder sigue siendo el terreno de juego aceptado de los actores geopolíticos, nunca tan peligroso como cuando sus prerrogativas y limitaciones cambian constantemente. Así pues, los retos ruso y chino se pueden entender como intentos de restaurar la bipolaridad o tripolaridad geopolítica que quedó desplazada tras el colapso de la Unión Soviética y que llevó a Estados Unidos a cubrir el vacío resultante con una forma militarista/neoliberal de gestión geopolítica. Aparte de preocuparnos por cómo y cuándo terminará la guerra en Ucrania, la pregunta es si se confirmará o alterará el orden geopolítico mundial basado en la primacía de Estados Unidos.

La práctica geopolítica: prudente o irresponsable

Hemos mencionado aquí estas consideraciones no para defender ni mucho menos para exonerar a Rusia, sino para mostrar que el contexto del orden mundial de la guerra de Ucrania es profundamente problemático respecto a las reivindicaciones de autoridad normativa por parte de Estados Unidos y la OTAN, especialmente cuando se esgrimen de esta forma tan partidista. A diferencia de lo que ocurre en las relaciones normales de Estado a Estado o internacionales, en las relaciones geopolíticas contemporáneas, generalmente los precedentes ocupan el lugar de las normas y del comportamiento regido por reglas. Lo que hace Estados Unidos generalmente lo pueden hacer otros Estados soberanos, especialmente los que tienen derechos geopolíticos. Blinken ha vuelto a enturbiar el discurso internacional al afirmar erróneamente que, a diferencia de sus adversarios China y Rusia, Estados Unidos respeta el comportamiento regido por normas los mismo que los “Estados normales” en lo que se refiere a la paz y la seguridad .

Antes de condenar acríticamente la anexión rusa de cuatro partes del este de Ucrania tras unos referendos que hay que admitir que fueron dudosos y para tener una perspectiva más clara y objetiva, parece apropiado recordar la guerra a todas luces ilegal de la OTAN de 1999 que fragmentó Serbia al conceder a Kosovo la independencia política y soberanía territorial. De nuevo es importante reconocer que puede haber casos en los que sea justificable por motivos humanitarios la fragmentación de Estados existentes y otros en los que no lo sea, pero afirmar en un contexto en el que en casos similares el poder ha determinado sistemáticamente el comportamiento y los resultados políticos que Rusia sobrepasó los límites de la ley es preparar a la opinión pública para una guerra más amplia en vez de llevarla a buscar un compromiso diplomático y a aceptarlo pragmáticamente. En efecto, estoy abogando por la sabiduría y la virtud de lo que se podría describir como humildad geopolítica: no exijas a los demás lo que tú mismo has hecho. Dentro de la complejidad de las luchas internas de las minorías resulta útil admitir que Moscú y Washington “ven” de forma contradictoria las mismas realidades de Donbass.

En mi opinión, es muy pertinente entender la guerra de Ucrania dentro de su contexto, porque hace que la moda actual de acumular argumentos legales, morales y políticos de condena distraiga de una forma de actuar racional, prudente y pragmática que desde el primer día del ataque apoyó firmemente que convenía hacer un esfuerzo global para llegar a un alto el fuego inmediato, seguido de negociaciones destinadas a obtener compromisos políticos duraderos, no solo entre Rusia y Ucrania, sino también entre la OTAN/Estados Unidos y Rusia. Simplemente el hecho de que hasta ahora el gobierno estadounidense nunca haya manifestado públicamente ningún interés de este tipo y, mucho menos, se haya comprometido a detener la matanza y la devastación fomentando la diplomacia ante los cada vez mayores costes y riesgos de escalada de una guerra prolongada en Ucrania debería escandalizar la conciencia de las personas pacifistas y defensoras de la humanidad de todo el mundo.

Al margen de las zonas inmediatas de combate, muchas sociedades vulnerables de todo el mundo padecen actualmente unos costes catastróficos debido a los efectos indirectos de las sanciones a Rusia y al impacto que tienen en el suministro y los precios de los alimentos y de la energía. Esta deplorable situación, que probablemente empeorará a medida que la guerra se prolongue e intensifique en los próximos meses de invierno, también hace ahora más probable el peligro cada vez mayor de que se utilicen armas nucleares, puesto que las alternativas de Putin se pueden estar reduciendo a reconocer la derrota o a caer él mismo del poder. Aunque Biden no cede ni un ápice a la hora de utilizar un planteamiento agresivo para cumplir las ambiciones de victoria de Ucrania, él mismo reconoce que cualquier uso en Ucrania de un arma nuclear, incluso táctica, llevaría con casi toda seguridad al Apocalipsis. Esta doble valoración (que combina intensificar la guerra y la ansiedad de hasta dónde puede llevar) parece más la aceptación de la locura geopolítica que un reconocimiento ponderado de las sombrías realidades que hay en juego.

Como siempre, los hechos son más elocuentes que las palabras. Blinken responde con sus evasivas de costumbre al cada vez mayor clamor público a favor de negociar. En este caso, Blinken responde afirmando que, puesto que Ucrania es la víctima de la agresión rusa, solo ella tiene autoridad para buscar una resolución diplomática y que Estados Unidos seguirá apoyando los objetivos de guerra máximos de Ucrania, supuestamente durante todo el tiempo que sea necesario, lo que recientemente incluso incluye extender los objetivos bélicos de Ucrania a recuperar Crimea, que desde 2014 se acepta comúnmente que es parte de Rusia.

El contexto también es importante respecto a cómo se ha llevado la guerra. Su mayor escalada se ha producido en el mes del sabotaje de los gaseoductos Nord Stream1 y 2 hacia Europa, un acto de sabotaje fuera de la zona de guerra que Blinken consideró una vez más “una magnífica oportunidad” para debilitar a Rusia y obligar a Europa a redoblar sus intentos de lograr independencia energética. En un primer momento Estados Unidos atribuyó, de forma inverosímil, esta operación a Rusia, aunque más tarde reconoció más o menos que forma parte de la expansión de la guerra recurriendo a tácticas “terroristas” de combate.

La última expresión de este terrorismo de Estado es el ataque suicida del 7 de octubre contra el estratégico puente sobre el estrecho de Kerch, que une Crimea y Rusia, y que es tanto un importante logro de infraestructura del período de Putin al frente de Rusia como una expresión simbólica de la revinculación de Crimea a Rusia, además de una línea de suministro para las tropas rusas que operan en el sur de Ucrania. Estas expansiones de la zona de combate más allá del territorio de Ucrania llevan la huella de la CIA y parecen destinadas a estimular la determinación ucraniana de ir a por todas para lograr una victoria decisiva y a enviar a Putin señales inequívocas de que Estados Unidos sigue siendo tan poco receptivo como siempre a una geopolítica responsable de compromiso, al negarse incluso a responder favorablemente a la propuesta de Putin de reunirse en el encuentro del G-20 en Indonesia. La respuesta característica de Biden fue esta negativa, solo sujeta a un cambio si la reunión se limitaba a tratar la liberación de un jugador profesional de baloncesto estadounidense detenido en Rusia acusado de tráfico de drogas. La ira de Estados Unidos contra Arabia Saudí por recortar su producción de petróleo es una señal más de compromiso con un escenario de victoria en Ucrania y también una reacción ante la resistencia saudí a la geopolítica hegemónica de Estados Unidos en su cogestión de la OPEP+ con Rusia. Con semejantes provocaciones no es de extrañar que, aunque sea extremadamente ilegal e inmoral, Rusia haya tomado represalias desencadenando su versión de [la Operación estadounidense contra Irak en 2003] “Conmoción y espanto” contra los centros civiles de diez ciudades ucranianas. ¡Así es el curso de esta despiadada escalada y también la irresponsabilidad del precedente sentado por Estados unidos en Irak!

Observaciones finales

Siempre merodeando entre bastidores y a expensas de Ucrania y del mundo está el oportunismo geopolítico de Washington, esto es, tratar de derrotar a Rusia y de disuadir a China de que ose desafiar la unipolaridad hegemónica conseguida tras la desaparición de la Unión Soviética en 1992. Esta descomunal inversión en su identidad militarista como único “Estado global” es lo que mejor explica este planteamiento de cowboy consistente en asumir riesgos nucleares y las decenas de miles de millones gastados para empoderar a Ucrania en un momento de sufrimiento interno en Estados Unidos que coexiste con este costoso modo de extralimitación internacional.

Este trágico drama político tiene lugar mientras los pueblos del mundo y sus gobiernos, junto con la ONU, observan este horrendo espectáculo, según parece testigos impotentes no solo de la matanza, sino también del peligro de consecuencias indirectas y de un Apocalipsis, e incluso de que sus propios destinos nacionales puedan quedar profundamente dañados.

Richard Falk es Profesor Emérito Albert G. Milbank de Derecho Internacional de la Universidad de Princeton, catedrático de Derecho Global de la Universidad Reina Mary de Londres e investigador asociado del Centro Orfalea de Estudios Globales de la UCSB.

Fuente: https://www.counterpunch.org/2022/10/21/ukraine-war-evolves-slouching-toward-armageddon/

Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y Rebelión como fuente de la traducción.


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