Publicado en línea el Viernes 19 de noviembre de 2021, por Martina Neyra

Los rusos son eslavos, descendientes de guerreros vikingos, que se cristianizaron el 988, luego del bautizo del Príncipe Vladímir. La simbiosis de las culturas eslava y bizantina, llevada a cabo por los santos Cirilo y Metodio, caracteriza al Imperio Ruso y a la Rusia moderna. A partir de la derrota de los mongoles, en la batalla de Kulikovo de 1380, el Principado de Moscú conformó el Imperio Ruso, que se extendió desde Polonia y Finlandia hasta el norte de California y Alaska. Desde la caída de Bizancio en 1453, Rusia es el mayor Estado Cristiano de Europa.

Rusia es el país más extenso de la Tierra, con once husos horarios desde Europa hasta Asia, por lo que para ser dirigida necesitó de un mando vertical, esto explica, tal vez, que haya tenido gobernantes como Iván IV, que consolidó el Estado Ruso; Pedro I, el Grande, que fundó San Petersburgo y, para culturizar Rusia, creó la Academia de Ciencias, con este fin contrató científicos de la talla de los hermanos Bernoulli y Euler; Catalina II, la Grande, quien continuó la obra de Pedro I, convirtió a Rusia en una potencia europea y protegió a los más grandes pensadores de su época, uno de ellos Voltaire, a quien propuso que publicaran la Enciclopedia en Rusia en el caso de que fueran censurados en Francia, y mantuvo amistad con Miranda, que creó las banderas de Venezuela, Colombia y Ecuador inspirándose en la rusa.

Napoleón invadió Rusia en 1812 y fue derrotado luego de la batalla de Borodinó; en suelo ruso perdió casi el 90% de sus fuerzas. Los oficiales rusos, que ocuparon París, llevaron a Rusia ideas liberales y en diciembre de 1825 se rebelaron contra la autocracia zarista. La fuerte represión a este levantamiento frenó el desarrollo de Rusia. Alejandro II decretó en 1861 la abolición de la servidumbre y emprendió reformas que facilitaron la industrialización de Rusia. Después de la Revolución de 1905, Nicolás II nombró Primer Ministro a Stolypin, quien inició una reforma agraria que abasteció a las ciudades con productos baratos y redujo las importaciones; su muerte en un atentado terrorista en 1911 frenó estas reformas.

Los músicos, artistas, escritores, poetas, científicos y pensadores rusos son tantos que sólo se mencionará a unos pocos: Mijail Bulgakov, autor del Maestro y Margarita, novela que dio pauta a lo que sería el realismo mágico; los bailarines del Teatro Bolshoi, Nijinsky, Pávlova, Ulánova, Vassiliev, Maxímova y Plisetskaya, tal vez la mejor diva de la historia; el teatro no sería lo que es sin Meyerhold, cuyas teorías teatrales influyeron en el cine de Eisenstein; Stanislavski, autor del método de la actuación realista; Lomonosov, creador de la moderna gramática rusa y de la primera universidad rusa; Pushkin, Lermantov, Nekrasov, Gogol, Turgieniev, Tolstoy, Chéjov, Dostoyevsky, Bunin, Nabókov, Pasternak, Ajmátova, Shólojov… son escritores cuya fructífera obra literaria inspira al género humano; Vissotsky, para los rusos su máxima gloria como cantante, compositor, poeta y actor de teatro y cine; el pintor de iconos Rubliov; Kaldinsky, quien decoró la Ópera de París; compositores de la talla de Tchaikovsky, Rachmáninov, Shostakovich, Prokofiev, que tanto aportaron al arte musical; Tarkovsky y Eisenstein, maestros de los más afamados directores del cine; Tsiolkovsky y Koroliov, fundadores de la moderna cosmonáutica; Michurin, creador de las técnicas de selección artificial en la agricultura científica; Lobachevsky, matemático que aplicó un tratamiento crítico a los postulados fundamentales de la geometría euclidiana; Mendelieyev, autor de la tabla periódica de los elementos; Pávlov, autor de la teoría de los reflejos condicionados, Lipunov, gracias a quien se conoce la estabilidad de los sistemas dinámicos; el célebre matemático Markov, cuyos resultados son fundamentales para comprender los procesos de cambio de la naturaleza, e innumerables científicos que han aportado conocimiento en todas las ramas de la actividad humana.

El socialismo se consolidó en Rusia luego de que los comunistas, o bolcheviques, vencieran a los ejércitos blancos, comandados por el barón de Wrangel, el Almirante Kolchak y los generales Yudiénich y Denikin. La mayoría de los derrotados emigraron de Rusia, pero jamás perdieron el profundo amor por su patria ni la traicionaron. A Denikin los nazis le ofrecieron todo para que los apoyara, pero él siempre les contestaba: “No quiero a los rojos, pero amo mucho más a Rusia”.

Es necesario aclarar ciertas confusiones que a menudo se escuchan: la Revolución de Octubre se dio el 7 de noviembre de 1917, se realizó no contra el zar, que había abdicado previamente, sino que la llevaron a cabo los bolcheviques, una rama Socialdemócrata de Rusia, contra los mencheviques, otra rama de ese mismo sector político ruso. La Revolución Rusa es una de las secuelas de la Primera Guerra Mundial, porque Rusia era el eslabón más débil de la cadena de potencias imperiales de esa guerra. La revolución fue prácticamente incruenta, no así la Guerra Mundial y la Guerra Civil, que se dio a partir de la Revolución Rusa, que desangraron a Rusia.

Los acontecimientos revolucionarios se dieron de la manera siguiente: la poca preparación de Rusia para la guerra le significó una serie de reveses y derrotas; se generalizaron el hambre y el descontento colectivo, comenzaron las manifestaciones políticas, las huelgas ininterrumpidas y los asaltos a los locales comerciales; las fuerzas populares se organizaron en los Soviets, a los que se unió una parte de los miembros de la Duma, ya disuelta por el zar, y juntos lo derrocaron en abril de 1917.

Terminó así la dinastía de los Romanov, que había gobernado Rusia los últimos tres siglos, y se instauró el Gobierno Provisional presidido por el Príncipe Lvov y Kérensky. Las diferencias entre este Gobierno y los Soviets se hicieron patentes a propósito de la continuación de Rusia en la guerra; los órganos de poder fueron captados por los bolcheviques, que exigían la salida de Rusia del conflicto, la paz inmediata y la profundización de las conquistas populares. Poco después del regreso de Lenin del exilio, los destacamentos de obreros y soldados asaltaron el Palacio de Invierno, lo que fue el inicio de la primera Revolución Socialista de la historia. Este hecho cambió el curso de la vida de todos los habitantes del planeta.

La muerte de Lenin provocó la lucha política entre los partidarios de Stalin y de Trotsky, por captar la dirección del Partido Comunista Ruso. Según Stalin, el socialismo podría ser construido en Rusia, por tratarse de un país gigantesco y con todos los recursos necesarios; en cambio, Trotsky postuló la tesis de la revolución permanente, según la cual, la revolución en un país atrasado, como Rusia, no podría sobrevivir a menos que la revolución triunfara en los países más avanzados del mundo.

Trotsky creía que la historia le había jugado una broma pesada a la humanidad al crear condiciones revolucionarias en un lugar donde las bases materiales para dar cuerpo a las ideas socialistas no se habían alcanzado y que lo pasado en Rusia era el preámbulo de lo que debería suceder en Alemania o Estados Unidos; le pareció imposible pretender la edificación del comunismo en la Rusia Soviética por carecer ésta de una clase obrera desarrollada. También sostuvo que Stalin había sustituido la frase “El Estado soy yo, del rey Sol, por la sociedad soy yo”, y lo acusó de abandonar la revolución mundial por algo imposible, por la construcción del socialismo en un solo país, para lo cual, según Stalin, era necesaria la dictadura del proletariado. No pensaba así el marxista Plejánov, quien escribió que la dictadura de un partido terminaba siempre en la dictadura de una persona; por eso, para Trotsky, la de Stalin debía degenerar hasta constituirse en la negación misma del comunismo.

Trotsky era un judío impaciente que se dejaba arrastrar por su inmodestia y no lograba ocultar sus ambiciones personales, lo que le granjeaba el rechazo de muchos de sus camaradas. Proclamaba que el capitalismo jamás permitiría edificar una nueva sociedad y que sus ataques derrumbaría lo poco que se lograra erigir; asimismo, manifestaba que los rusos eran tan atrasados que, en el mejor de los casos, lo único que podrían establecer sería una caricatura del comunismo. Pero, a pesar de que era un conocedor erudito de la cultura europea y de su enorme preparación intelectual, fue derrotado por Stalin, que controlaba el Partido Comunista.

Stalin no era eslavo sino georgeano y, según un decir ruso, por donde pasa un georgeano un judío no tiene nada que hacer. También fue un típico capricorniano: tan testarudo y diamantino de voluntad, que sus mandatos eran casi inamovibles; le sobraba astucia para urdir todo tipo de intrigas; tenía la paciencia de una araña que espera a su víctima en un rincón; no se conocía ni lo que pensaba ni lo que deseaba y, según él afirmaba, desconfiaba hasta de sí mismo; dominaba el don de la ubicación, siempre estaba en mayoría y en los lugares y momentos precisos. Mientras que sus camaradas dirigían el ejército, la seguridad y los sindicatos, creyendo estar más próximos al poder, tomó un puesto que todos despreciaron, la Secretaria General del Partido Comunista de Rusia y, a través de sus organismos, controló todos los resortes del Estado Soviético. Supo sacar ventaja de las debilidades y aspiraciones de sus adversarios: se unió con Zinóviev y Kámeniev, para vencer a Trotsky, y con Bujarin, para derrotar a Zinóviev y Kámeniev. Después no le costó trabajo ganarle la partida a Bujarin, que quedó totalmente aislado.

Finalmente triunfó Stalin, y Trotsky, luego de ser expulsado del Partido Comunista, se exilió y, a través de una facción de la III Internacional, organizó la “Oposición de Izquierda Internacional”. Después de que Hitler llegara al poder en la Alemania Nazi y de la persecución de los comunistas en Europa, Trotsky formó la IV Internacional y se exilió en México, donde fue asesinado por Ramón Mercader, un personaje oscuro de la historia, de quien se cree que era agente de los servicios secretos soviéticos.

Lo cierto, y más allá de toda duda, es que Stalin era el único dirigente comunista que no soñó con la Revolución Mundial, pues tenía los píes bien asentados sobre la tierra, y manifestó que comprometerse en organizarla “era un error tragicómico”. En 1931 sostuvo que en el plazo de diez años la Unión Soviética, o la URSS, -así pasó a llamarse Rusia Soviética- iba a ser invadida por el mundo occidental, se equivocó en unos pocos días. Comprendió que, para subsistir, la revolución dependía de sus propias fuerzas, para lo cual la URSS debía industrializarse, lo que se hizo mediante planes quinquenales, que convirtieron a ese país en la segunda potencia mundial.

Pese a que Rusia se transformó en una moderna sociedad industrial, estuvo al borde de desaparecer derrotada por la coalición militar más poderosa de la historia, que en 1941 aglutinó a toda Europa continental bajo el mando de Hitler. Sin embargo, luego de heroicas batallas y de liberar a muchos países del yugo nazi-fascista, las tropas soviéticas entraron a Berlín y el 2 de mayo de 1945 izaron la bandera roja en el Reichstag, el parlamento alemán. Una semana después, el 9 de mayo, el nazismo capituló ante los Aliados, y ese mismo día, las últimas tropas alemanas se rindieron en Praga ante el General Kóniev.

Gracias a la valentía y al enorme espíritu de sacrificio del pueblo ruso y de las demás naciones que conformaban la URSS, la humanidad se libró de ser esclavizada por el nazi-fascismo, pues en las entrañas de este gigantesco país fue destrozado el 75% del más potente complejo militar bélico creado por la especie humana, la Werhmacht, las Fuerzas Armadas de Alemania Nazi, que solo conoció victorias cuando, de manera arrolladora e invencible, marchó a lo largo y ancho de Europa, esclavizando a sus pueblos y apoderándose de sus industrias y riquezas. Hoy, ante tanta falsificación de la historia, vale la pena recalcar que la Segunda Guerra Mundial fue una conflagración que se desarrolló, en lo fundamental, en el frente soviético-alemán, donde se libraron las más decisivas batallas, que significaron el viraje radical de la guerra y resquebrajaron la espina dorsal de la Werhmacht.

La guerra ocasionó a la Unión Soviética la muerte de 27 millones de sus ciudadanos y la destrucción de bienes materiales por un valor cercano a los tres billones de dólares; el pueblo ruso, sin ayuda de nadie, reconstruyó su país. Fue Rusia la que llevó el fardo más pesado de esta contienda, merced a la valentía de su pueblo se salvó la vida de millones de europeos y estadounidenses. Edward Stettinus, Secretario de Estado de EEUU durante la Segunda Guerra Mundial, reconoció que los norteamericanos deberían recordar que en 1942 estuvieron al borde de la catástrofe. Si Rusia no hubiera sostenido su frente, los alemanes hubieran estado en condiciones de conquistar Gran Bretaña y apoderarse de África y América Latina.

Stalin gobernó la URSS desde 1922, cuando enfermó Lenin, hasta su muerte en 1953, y dirigió la construcción del socialismo, sistema que garantizó los mismos derechos para todos sus ciudadanos; donde las clases sociales dejaron de ser antagónicas y la tierra y los medios de producción fueron comunes; donde el trabajador era justamente remunerado y perdió el miedo a la enfermedad y el desempleo; donde la salud, la cultura y la educación eran gratuitas; donde cada ciudadano tuvo la oportunidad de desarrollar sus capacidades artísticas, científicas o espirituales; donde las mujeres tenían los mismos derechos que los hombres; donde la única “clase privilegiada” fueron los niños; donde no hubo ni racismo, ni discriminación racial, ni religiosa; en fin, donde fue eliminada la explotación del hombre por el hombre, raíz de todos los males sociales.

Los detractores de Stalin critican estas conquistas por su alto costo humano, pero no toman en cuenta ni la época ni las circunstancias en que gobernó y responsabilizan únicamente a él por los excesos e injusticias cometidas, o sea, individualizan lo que fue responsabilidad colectiva. Así, por ejemplo, Kruschev, quien era más estalinista que el mismo Stalin, durante el XX Congreso del Partido Comunista de la URSS descargó toda su culpa y la ajena sobre los hombros de Stalin, gobernante que no debe ser ni santificado ni demonizado sino valorado con objetividad, igual a lo que se hace con Isabel I de Inglaterra y Napoleón Bonaparte de Francia.

A partir de la muerte de Stalin surgieron las componendas políticas en el gobierno y en la sociedad. En la Unión Soviética, la expansión del mercado negro se dio en correspondencia con la escasez de productos básicos, consecuencia de los gigantescos destrozos causados por la guerra. A este país le correspondió el 30% de los costos de la destrucción causada por la Segunda Guerra Mundial; para reconstruir la URSS no hubo Plan Marshall y pagó con oro la ayuda militar que llegó de sus Aliados.

El mercado negro posibilitó, según la definición de Mijail Djilas, la formación paulatina de “la nueva clase”, compuesta por seres humanos carentes de principios morales, éticos y religiosos que, luego de instituir sus propias reglas de propiedad, tomaron el control del aparato productivo y los bienes de la sociedad; se trata de los chanchitos de “La rebelión en la granja”, de Orwell, convertidos en hipopótamos.

El deterioro del Estado Soviético desembocó en la “perestroika”, reforma que, en el fondo, consistió en entregar la soberanía de la URSS por la promesa de que sus habitantes iban a gozar algún día del bienestar que se disfruta en ciertos países de Occidente, engañabobos que nunca se cumplió. Por escuchar cantos de sirena, la URSS se desintegró y aparecieron quince nuevas repúblicas, destinadas a ser pulverizadas más aún.

El 8 de diciembre de 1991, Gorbachov anunció la disolución de la URSS, que en poco tiempo generó la desintegración del sistema socialista en el este de Europa, una de las mayores calamidades del siglo XX, pues causó la eliminación física de millones de sus habitantes, debilitó la organización obrera del mundo, rompió el equilibrio geopolítico del planeta mantenido desde la derrota del nazi-fascismo y posibilitó la actuación de los países imperialistas con la absoluta desfachatez actual.

La desintegración de la URSS fue acompañada de la destrucción de sus fuerzas armadas, de la seguridad social y educación, de su industria y de la disminución del nivel de vida que gozaba su población. En particular, Rusia se volvió paupérrima, su mortalidad creció tanto que en menos de diez años su población disminuyó en más de diez millones de habitantes. Y no sólo eso sino que, de un día para otro, más de treinta millones de rusos se volvieron extranjeros en países de la ex URSS, donde habían nacido; extranjeros que en adelante fueron tratados como parías sin derechos, sin que ningún organismo internacional, de esos que abundan y reclaman donde menos se espera, velaran por sus vidas, realmente amenazadas.

El colapso del socialismo a nivel europeo no fue casual sino organizado por las potencias de Occidente, en contubernio con testaferros internos camuflados de libertadores. El grueso de la suma, con la que iniciaron sus incursiones en el naciente sistema financiero, provenía de europeos, israelíes y norteamericanos, que invirtieron una pizca de sus capitales, para sacar buena tajada de las fraudulentas oportunidades que durante el derrumbe del socialismo ofrecieron las privatizaciones.

Los nuevos patrones insistían en que la redistribución de las riquezas y la economía moderna eran incompatibles, y a los obreros, que se quejaban por las malas condiciones de trabajo y los bajos salarios, les amenazaban con que si protestaban, serían despedidos y se irían a casa a rascarse la barriga con las manos vacías. Les pagaban en especies porque dizque no tenían liquidez y les bajaron tanto los salarios que muchos trabajadores se comían a los perros callejeros. Como era de esperar, el capitalismo sólo trajo miserias y angustias a la población de esos países.

La nueva clase en el poder fue fruto de la decadencia moral de los herederos de la vieja guardia bolchevique; sus intereses de rapiña coincidían con los de los corruptos funcionarios de las más altas esferas del Estado, de la delincuencia común y del crimen organizado. Con el pretexto de las privatizaciones, obtuvo por una bagatela las riquezas de la sociedad, en una época dorada para los intereses de esos buitres hambrientos. El ciudadano común y corriente fue engatusado por sus “libertadores”, que se adueñaron del producto del sacrificio de una gran parte del mundo, que alguna vez soñó con tomar el cielo entre sus manos. ¡Para qué realizar una revolución sangrienta! ¡Para qué ganar la más cruenta guerra de la historia! ¿Para que unos cuantos vivos se levanten con el santo y la limosna? Es inconcebible que los nuevos dueños del sistema productivo se repartieran el resultado del esfuerzo y el sudor de millones de trabajadores, que se sacrificaron durante una buena parte del siglo XX.

Todo lo pasado explica porque en la actualidad Rusia es hoy lo que es. Sucedió que un sector de Occidente declaró una guerra que debía concluir con la muerte de Rusia y el reparto de sus despojos entre las hordas vencedoras. Casi logran esta finalidad con la desintegración de la URSS, pues Rusia pasó a ser gobernada por títeres que respondían a intereses foráneos. Parece que en un momento de sobriedad, Yeltsin, molesto ante tanto engaño, recuperó la cordura y delegó el poder a Putin. Pocos cayeron en cuenta del significativo cambio que este paso representó para Rusia y el mundo, aunque sus primeros movimientos, decisivos y firmes, indicaban que todo era para el bien de la humanidad.

En su discurso del 10 de febrero de 2007, durante la Conferencia de Seguridad de Múnich, señaló que las cosas iban en serio. No le hicieron caso y continuaron actuando como si nada hubiera ocurrido: rodearon a Rusia con casi cuatrocientas bases militares; apoyaron a los movimientos terroristas y separatistas; en contra de lo que habían prometido, durante la reunificación de Alemania, no mover a la OTAN ni una sola pulgada, la acercaron casi hasta las mismas puertas de Moscú; en Ucrania dieron un golpe de Estado fascista, seguros de que desde ese país podían extender aún más sus dominios. Pasó lo contrario, Crimea retornó al seno de su madre patria.

Trataron de acabar con Rusia. Desde hace mucho tiempo que sus abundantes recursos naturales eran un apetitoso bocado para las potencias de Occidente, además posee los más extensos bosques y las mayores reservas de agua dulce del planeta, lo que nadie le puede arrebatar por la fuerza y que para obtenerlos se debe convivir con ella, algo que no desean porque la tratan como al odiado enemigo de antaño.

Lo cierto es que cuando en Occidente se critica a Rusia por su falta de libertad, democracia y autonomía judicial, en realidad se está conspirando para robarle sus riquezas. Desintegrar Rusia -lo que hicieron con Yugoslavia y la URSS- es la finalidad del engranaje de una rueda macabra construida para lograr su destrucción, pues su sola existencia obstaculiza la hegemonía que pretenden para sí mismos. Desaparecería entonces el único competidor serio que frena sus pretensiones de dominio universal.

Cuando Putin asumió la presidencia de Rusia, recuperó los sectores estratégicos de la economía, que luego de la caída de la URSS habían sido privatizados, mejor dicho, robados por los mafiosos devenidos en oligarcas. Él y su equipo evitaron que Rusia desapareciera en esa vorágine, y el meollo de su éxito es haber logrado el desarrollo sostenido de Rusia, en ser el portaestandarte de la ideología rusa, que restaura los más altos valores nacionales, morales, religiosos, culturales, artísticos y filosóficos, que constituyen la civilización rusa, y en haber fortificado a las Fuerzas Armadas para que defiendan su soberanía, sus riquezas, su libertad y su independencia.

En Putin, las fuerzas imperiales de Occidente encontraron la horma de su zapato, pues él, para evitar que su país se desmoronara, creó al todopoderoso Ministerio de Seguridad, su bastión básico de apoyo. Desde ahí profundizó la persecución a los oligarcas, aliados de las mafias extranjeras, que desde la Perestroika habían saqueado y hambreado a Rusia. Durante algún tiempo, los rusos habían imaginado que la tan cacareada libertad de los países occidentales era un estrato político superior, que valía la pena probar e instaurar en su país; la consiguieron, la saborearon y comprobaron que su propio mejunje es mucho mejor. Putin gobierna con mucho tino y el ciudadano medio no quiere volver a vivir bajo un régimen oligárquico mafioso, semejante al que casi lo deja sin resuello. Actualmente, las inmensas riquezas naturales, intelectuales y espirituales de Rusia permiten prever que la sociedad rusa superará las dificultades que todavía subsisten en su seno.

Finalmente, si Rusia zarista fue la tesis y Rusia soviética su antítesis, la Rusia de hoy es la síntesis que tiene el potencial político y espiritual, las tradiciones religiosas y culturales, la experiencia acumulada, la mentalidad nacional y el alto grado de cohesión social, necesarios para convertirse en el paladín de las causas más nobles.


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