Publicado en línea el Miércoles 3 de noviembre de 2021, por Bea Morales

EL DIABLO DEMOGRÁFICO. Tengo malas noticias, “la España vacía” va a seguir vacía, incluso se va a vaciar más en las próximas décadas. Sergio del Molino nos mostró que ese emperador llevaba despelotándose o vaciándose o despoblándose unos cincuenta años. La gente que vive en esos territorios y paga idénticos impuestos que los de “la España llena” protesta, se manifiesta, se indigna, se desespera, recoge firmas, monta algún partido y “existe”. Pretenden que en sus pueblos siga habiendo centros de salud, escuelas, cajeros automáticos, internet, trabajo y todas esas cosas necesarias, muchas veces vitales, que hay en las ciudades. Pero no se les hace caso ni se les va a hacer, salvo inventarnos la Secretaría de Estado para el Reto Demográfico y proponer muchas medidas encerradas en palabras bonitas para luchar contra la presente despoblación cuya utilidad es cero. Los datos demográficos describen que los cinco mil pueblos de menos de mil habitantes siguen vaciándose. Y dentro de 30 años estarán más vacíos y vivirán más personas ancianas, más aisladas, más desprotegidas. Ahora vive en ellos el 2% de la población y votan muchos menos. Eso pesan, eso valen en el juego de las mayorías. La movilidad del campo a la ciudad ya no es movilidad sino una carrera de Fórmula 1 imparable que ya comenzó con el Seat 600. Hay excepciones, casi milagros, pueblos que han frenado su caía demográfica como Sarrión, en Teruel, gracias a la agricultura de la trufa negra. Otros se vacían los días de diario pero vuelven a la vida los fines de semana porque las casonas o casuchas del pueblo se han convertido en segundas residencias. Algunos han conseguido atraer a unos pocos neorurales que han revitalizado un poco la demografía sin acabar de cambiar esa tendencia porque igual que han venido se van. La mayoría languidece, pierden poco a poco a los jóvenes mientras que los más mayores resisten hasta que ya no pueden ser autónomos y acaban en una residencia aparcadero moridero lejos del pueblo, ni siquiera en una ciudad, porque cada vez hay más residencias de mayores en tierra de nadie, en sitios de las afueras de las afueras.

A los estudiantes de primero de sociología les suele encantar la asignatura de demografía. Reducimos una complicada sociedad a dos datos: la edad y el sexo. Cortamos la edad en décadas y al sexo, hasta ahora, en dos. Con el número de personas censadas que podemos encerrar en estas dos variables, convenientemente agrupadas, hacemos pirámides de población y podemos inventar una primera descripción de esa ciudad o ese pueblo explicando por qué su base es ancha, con muchos niños y jóvenes, o estrecha si hay pocos. También elaboramos tasas de natalidad, de mortalidad, de crecimiento demográfico, de envejecimiento Haciendo operaciones aritméticas muy simples, calculamos la esperanza de vida y otros parámetros descriptivos que parecen decir mucho y de los que nos atrevemos a deducir mucho más. A partir de ahí añadimos luego más datos descriptivos con variables ordinales, nominales y de escala: nivel de estudios, clase social, nivel de renta, consumo cultural, lugar de residencia por tamaño del hábitat… Luego, a medida que los aprendices de sociólogo estudiamos otras cuestiones tal vez más importantes, como: el poder, las élites, las tradiciones, las actitudes y los valores sociales, la intención de voto… asuntos más rentables o más sofisticados, la demografía se convierte en una numerería que es útil quizá para anticipar alguna inversión o gasto social en función de la dispersión o la concentración de la población, pero que, por lo demás, es muy previsible y fastidiosa. La demografía es la hermana aburrida de la sociología, pero si nos dice que “el 40% de los españoles viven en ciudades de más de 100.000 habitantes”, sabemos que ahí hay muchos votos captables. Eso pesan, eso valen, eso importan. Y se hace política pensando en los urbanícolas y no en los pueblerinos.

DEJAD QUE LOS NIÑOS SE ACERQUEN A MÍ. Sin embargo, a los políticos, sobre todo si son autócratas o dictadores, pero también a los de algunas democracias, les encanta jugar con la demografía. Intentan, y muchas veces consiguen o conseguían, intervenir en esas estadísticas. Defienden que “las mujeres tengan más hijos” porque piensan que el país necesita más trabajadores disponibles o más soldados para la guerra o para contrarrestar a la inmigración. O que tengan menos hijos porque creen que no habrá recursos para alimentarlos a todos, como la política del hijo único en la China de finales del siglo XX. O que vivan más sanos y más años porque hasta antes de ayer la esperanza de vida era un buen indicador de bienestar o que vivan menos porque una sociedad con tantos viejos implica para el Estado gastar muchos recursos para mantener con vida a unas personas que, al fin y al cabo, ya no producen, como dijo cierto ministro en Japón hace pocos años. O les parece mal que vivan tantas personas en los pueblos y las agrupa en las ciudades, como hizo cierto infame dictador comunista en Albania. O les parece regular que vivan cada vez menos personas en los pueblos y que la España rural se haya vaciado e intentan que vuelvan algunos. Entonces los políticos dan ordenes, penalizan conductas, facilitan, subvencionan, propician, estimulan, hacen de todo para lograr cambiar esa pirámide de población que amenaza con un futuro derrumbe imaginario o real de la civilización patria. No es cosa de ellos solo, claro, detrás tienen a sus Ivanesredondos, Miguelangelesrodríguez o Bardajíes que hacen sus prospectivas demográficas, proponen sus eslóganes, relatos y discursitos, y pretenden llevar a los ciudadanos al pesebre de la familia numerosa, la vida campestre o quién sabe. Alguien les lee que “el índice de fecundidad –número medio de hijos por mujer– es de 1,18 y al ser inferior a 2,1 –fecundidad de reemplazo–, la pirámide de la población envejece” y piensan que “España se extingue o que no habrá trabajadores que paguen las futuras pensiones o que nos invadirán las hordas del sur”, todos esos chantajes y falsas verdades con las que se ensucian las bocas algunos políticos que quieren asustarnos, casi siempre desde la derecha, pero también desde otros lados.

Las motivaciones para tener hijos e hijos siguen siendo muchas, diversas, misteriosas, azarosas, contradictorias, a veces no hay ninguna. En las sociedades saludables y democráticas la mayoría de los padres y madres no tienen hijos e hijas para que los descendientes paguen las pensiones futuras, ni para que las empresas tengan trabajadores suficientes o los ejércitos más soldados. Por otra parte, que la baja por maternidad y paternidad sea de catorce meses, ofrecer escuelas infantiles gratuitas, seguridad en el empleo a las madres y padres, rebajas fiscales varias, cheques bebé, pañales gratis, alojamiento público y otras pequeñas ventajas o chantajes familistas nunca cubrirán los costes de tener hijos e hijas, aunque es obvio que, al menos quienes decidan tenerlos, vivirán una situación socioeconómica mejor.

Pero en los pueblos, antes de ayer, hoy, mañana, nacen menos niños y si nacen se van a las grandes ciudades o a las capitales de las comunidades autónomas o a los pueblos grandes que circundan esas ciudades cuando el precio de la vivienda en esas ciudades es desorbitado. Ana Iris Simón contó muchas cosas en su libro Feria, como que en los pueblos se vive mejor pero allí no hay trabajo y en las ciudades hay más oportunidades pero los sueldos son una basura y el precio de la vivienda, sea en alquiler o hipotecándonos, es inaccesible. Y contó que tener un trabajo algo más seguro con un sueldo que no sea una miseria ayuda bastante a eso que llaman los demógrafos “emancipación juvenil”, y también se atrevió a explicar que la familia más o menos extensa y vulgar, da igual la forma de esa familia, en la que nos quieren y cuidan, ha sido siempre una ayuda en tiempos precarios, bélicos e incluso corrientes. A algunos no se nos olvida que fueron los abuelos quienes ayudaron con su pensión a sus hijos en los terribles tiempos de la crisis del 2009. Más tarde, con la covid-19, los abuelos que vivían en sus casas y estaban al cuidado de los suyos se murieron menos que los que estaban en las famosas residencias, sobre todo en esas de Madrid en las que quieren correr un tupido velo.

ESCUELA Y DESPENSA. Hace poco tiempo, los demógrafos que jamás deseamos ser nos topamos con el atípico ejemplo de tres pueblos que no cumplían con los tópicos de la España Vacía: poblaciones de menos de mil habitantes con aceptables accesos viarios, colegio público con todos los extras, centro de salud, internet, hospital a menos de 30 kilómetros, cajero automático y casi todo lo demás. Incluso alguno había atraído a población urbana joven, aunque el saldo demográfico seguía siendo negativo. Eran tres pueblos de una misma comarca que, además, es de las más ricas de Extremadura.

En Robledillo de la Vera, de pronto, un año, se dieron cuenta de que había ya solo cuatro niños. Pero tres de ellos pasaban ese año a secundaria y se quedaba solo una niña en primaria. La Consejería de Educación acababa de reformar el edificio escolar hasta parecer nuevecito. Era un colegio unitario que contaba con todos los profesores extra como cualquier otro, pero en el que solo iba a quedar una matrícula. ¿Qué pinta en una escuela una alumna sola? La madre se la llevó al pueblo de al lado donde había más niños con los que jugar y aprender. La escuela nueva, recién reformada ese año, se cerró. El alcalde intentó dinamizar, atraer, revivir a su pueblo. Ya era tarde. Esa lucha debería haber comenzado diez años antes. Talaveruela de la Vera tiene ahora diez alumnos y alumnas. Guijo de Santa Bárbara, veinte. Todos los años ambos pueblos pierden escolares, se van al instituto los mayores y no hay nuevos nacimientos. En pocos años –¿quince?– se cerrará la escuela. Tres crónicas de una muerte anunciada.

El indicador visible de que la cosa va mal –que en menos de quince años los pueblos tendrán solo vecinos ancianos, cero servicios, que el número de habitantes caerá en picado hasta que sean solo pueblos fantasma– es cuando en un curso escolar se hace el recuento de las matriculaciones y salen menos de diez niños y niñas. Entonces ese pueblo está sentenciado. Si no hay niños y niñas se cierra la escuela. Luego se restringe el horario del Centro de Salud porque, todos los padres y las madres lo sabemos muy bien, vacunaciones, mocos, fiebre, sarpullidos, revisiones, diarreas dan mucha vidilla a los médicos de familia y a los pediatras. Además, los progenitores jóvenes son más exigentes con la sanidad, protestan, piden, exigen, denuncian y no se conforman, como los ancianos, con las recetas del mes. Sin escuela y con el centro de salud abierto “de diez a doce, lunes y jueves”, se va cayendo todo lo demás. Incluido el poco ocio que hubiera o hubiese o cualquier posibilidad de ligoteo cuando la oferta disponible es tan escasa incluso por Tinder. Pero los niños y niñas no desaparecen porque las parejas del pueblo tengan pocos bebés o ninguno, sino porque hay poco o nada de trabajo en esos lugares. La realidad es que en los pueblos no hay trabajo y en las ciudades sí, más trabajos y más variados, aunque sean “trabajos de mierda”, como decía el amigo David Graeber o la amiga Ana Iris. El Instituto Nacional de Estadística nos explica que son “las razones laborales y económicas” las que marcan la gran diferencia entre tener y no tener. Eso dicen el 90,5% de las mujeres de entre 30 y 34 años que no han tenido hijos. También es la primera razón entre las de 35 y 39 años. Ya sabemos que no es solo esta la causa, que hay también otras, pero no tener posibilidades laborales en el pueblo y tenerlas en una ciudad, aunque sean mediocres y precarias, es una buena razón para dejar el pueblo vacío, vaciado o las dos cosas.

Además, las ideas de cómo hacer volver a la gente al pueblo suelen partir de lumbreras que viven en las ciudades y que escriben de “nichos o micronichos de empleo” que nos suenan siempre a otro tipo de nichos camposantianos y hasta a urnas cenicero, o defienden “potenciar el turismo rural” que nos recuerda mucho a la anciana de la fabada Litoral; o el “trabajo agrícola y ganadero”, ahora que un señor encima de un tractor lo hace todo y en la granja intensiva de bichos varios el ordenador dirige la ceba mientras el supervisor se aburre; o defienden la oportunidad pandémica y celeste del “teletrabajo” ahora que a los funcionarios y a muchos oficinistas les dicen que nanay de trabajar en pijama y sin peinar; o argumentan que hay que publicitar a tope las “ferias, fiestas, paisajes y paisanaje” y llenar el pueblo hasta los topes los puentes y domingos; o “atraer el talento” cuando todo el talento y los hijos y nietos talentosos se han fugado hace décadas incluso fuera de España; o potenciar a los “emprendedores rurales” precisamente en un país que no nos permite levantarnos de un pequeño fracaso financiero, ni hay capital riesgo.

Escuchábamos el otro día al presidente de los jóvenes empresarios, Fermín Albaladejo, confesar lo que muchos saben y no se atreven a decir: “No todas las zonas rurales van a sobrevivir, pero pretendemos que aquellas con mayores posibilidades salgan a flote y sirvan como motor y foco de atracción”. Sí, aquellas con mayores posibilidades de soportar granjas porcinas intensivas –seis cerdos por habitante hay en Aragón y en algunos pueblos 40 cerditos por vecino–, proyectos mineros contaminantes –230 nuevos proyectos mineros en Extremadura–, campos solares y eólicos gigantes –200 parques en Castilla León y otros tantos más en proyecto– o cientos de hectáreas de maíz que se están bebiendo todos los acuíferos hasta su agotamiento y envenenando el suelo con pesticidas o embalses nuevos, encenagando el territorio vacío para producir más energía eléctrica para Antonio Miguel Carmona & Company; o también, en aquellos restos del naufragio rural que siguen siendo cuquis y que aún mantienen buenos paisajes de postal, se pueden hacer resorts rurales para los pijourbanitas con todas las comodidades y clichés campestres, pero sin olor a bosta de vaca o kirikikies a las cuatro de la mañana. El resto del campo, el agro, lo rural, será desierto o selva enmarañada o aldea en ruinas a precio de saldo o, como mucho, escenario y fuente de inspiración para Almodóvar.

EL CAMPO ES MÍO. Sin embargo, puede resultarnos paradójico que los portales inmobiliarios saquen de cuando en cuando esas ofertas monstruosas de pueblos enteros que se venden a buen precio. También las grandes fincas y dehesas privadas de miles de hectáreas, con grandes casonas nobles, se cotizan en alza. Este tipo de propiedades rurales son también, en otros países del mundo, muy perseguidas porque los muy ricos, los ricos de verdad, preparan sus paraísos-bunker lejos de las aglomeraciones proletarias y las ciudades contaminadas. Las urbanizaciones periféricas ya no les sirven. En esas grandes fincas privadas o neoaldeas preparadas para el colapso pueden disfrutar de la soledad sonora, organizar sus pequeños reinos trufados de tecnología de seguridad punta y sus milanas bonitas sin que nadie les moleste.

Desde el otro lado y por razones opuestas, hay quienes piensan a lo grande y defienden la necesidad de los vaciamientos a lo bestia, echar a las personas de grandes área del planeta para parar el colapso climático, evitar la extinción masiva de especies y el agotamiento definitivo de esos “recursos” vivos. Son pensadores, biólogos, charlatanes, geoingenieros más o menos grillados, más o menos brillantes como Benjamin Bratton, Aaron Bastani, James Lovelock, McKenzie Wark o el admirado Edward O. Wilson que, en su ensayo Medio Planeta. La lucha por las tierras salvajes en la era de la sexta extinción, plantea y defiende dejar medio mundo a la naturaleza salvaje y que los humanos solo ocupemos el otro medio. Estupendo, en España ya estamos dejando hace décadas media meseta vacía sin nadie que nos empuje u obligue.

Pero habría una vuelta de tuerca aún más negra e inquietante. Se trata del expolio, invasión o nuevo uso de los recursos y el territorio de la España Vacía que solo puede entenderse por la enorme rentabilidad de estos nuevos negocios extractivos a corto y medio plazo. Una enorme rentabilidad desde la filosofía del “toma el dinero y corre” o su versión de “toma el dinero y enmierda, destroza, arrasa” que nadie va a protestar, o los que protestan son, al fin y al cabo, apenas el 2%. Basta leer entre líneas el último informe anual World Energy Outlook 2021 de la Agencia Internacional de la Energía para entender por qué los precios de la energía eléctrica y la energía proveniente de los combustibles fósiles va a seguir disparándose –en el caso de España no solo por la situación de oligopolio puertagiratorio del sector eléctrico–, y se explica bien cómo y por qué van a seguir disparándose los precios de neodimio, litio, disprosio, plata, uranio, cobre y demás materias primas más o menos raras e imprescindibles para el gigantesco despliegue de las llamadas ‘renovables’. En este contexto la cadena de la dependencia afectará al turismo y a la agricultura, al precio de mover cosas –mercancías o personas– y al de producir alimentos. El “apocalipsis en diferido” o “colapso lento” que gritan los prospectivistas más pesimistas se va a quedar corto en quince o veinte años. Desde esta amenaza se entiende bien la prudencia de los muy ricos buscando sus paraísos blindados y también la puesta en valor, por ahora solo simbólica, que ha tenido lo rural, el pueblo, el campo, para los más avisados cuando se ha vivido en vivo y en directo un confinamiento o la amenaza de un desabastecimiento que, al final, no fue pero que podría haber sido. A medida que se acerque este “colapso lento” los muy ricos, los medio ricos y la clase media más desahogada comenzará a explorar, comprar y cambiar su lugar de residencia buscando la proximidad de los alimentos, la seguridad grupal de la aldea y la sensación de alejarse del desastre en un medio bucólico. Se producirá entonces una repoblación de las partes de la España Vacía que se hayan salvado de las minas, los embalses, los generadores eólicos y las apestosas granjas porcinas.

Así que todo son malas noticias, malas soluciones, malos futuros: envejecemos, tenemos pocos hijos, seguimos huyendo a la ciudad o a sus periferias y abandonando los pueblos. Lo repito, la España Vacía será más amplia y estará más vacía, nada cambiará esta tendencia. Quienes se queden en los pueblos, los resistentes, asumirán la enorme injusticia de pagar lo mismo teniendo menos o cero servicios públicos, siendo invadidos, llenados, por molinos eólicos que generan una energía que gasta la ciudad, aceptando la macrogranja, el maizal transgénico, los molinillos antiquijotescos, el turisteo invasor de fabada de lata o de hotel con encanto. Aunque la verdad es que los del pueblo no pedían mucho, apenas lo justo.

Siento ser tan pesimista, funebrista, poco posibilista. Me gustaría otro futuro sostenible, de “economía circular”, con la revolución tecnológica empujando a favor de la justicia, la igualdad, la democracia, la redistribución de la riqueza. Pensar y creer que nuestros gobiernos, empujados por el criterio y el voto de sus ciudadanos, puede reformar esta deriva, que la Secretaría de Estado para el Reto Demográfico puede hacer algo, que Teruel Existe ganará algún pulso importante o que pararemos este nuevo llenado de la España Vacía con todo lo que necesitan las ciudades, los fondos de inversión, las grandes empresas y que nadie querría a la puerta de su casa. La verdad es que una parte de esa España Vacía se está llenando de chatarra, escoria y mierda. Me vienen entonces las palabras de Chirbes en sus diarios –más pesimista que ningún pesimista bien informado– hablando de su tierra y sus playas, pero que sirven muy bien para nuestro rural: “Qué respeto puede merecer un pueblo que ha convertido el paraíso que le regalaron (lo era en su pobreza, lo conocí) en un albañal infecto”.

Fuente: https://ctxt.es/es/20211101/Firmas/37642/rural-vacia-pueblos-alquileres-ricos-ramon-j-soria-demografia.htm


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