Publicado en línea el Viernes 29 de octubre de 2021, por Miguel Arróniz

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Con perspicacia –quizá con un dejo de talante paranoico– alguien dijo al inicio de la pandemia de Covid-19 en los primeros meses del 2020, cuando comenzaban los confinamientos y toques de queda, y en muchos casos con ejércitos custodiando las calles, que la maniobra en juego era fabulosa, pues “sin disparar un solo tiro lograron desactivar todas las manifestaciones del 2019”.

Sin dudas, todo lo acontecido con la crisis sanitaria permite interminables análisis. Por supuesto, ya se han hecho, y seguramente se seguirán haciendo, pues habrá elementos que dan para continuar investigando con profundidad, dado que algunos de ellos no dejan de ser sugestivos. La militarización que se vio en un inicio de la pandemia obliga a preguntar si eso era necesario. Quizá se infundió un miedo excesivo, con soldados patrullando (¿y los leones que soltó Putin en las calles de Rusia?). Tal vez no había otro modo de mantener a las poblaciones en sus casas. Pero no deja de ser sugestivo todo el revuelo; de ahí que la presunción indicada arriba tiene sentido. Por lo pronto: las movilizaciones del año anterior, al inicio de la crisis del coronavirus se esfumaron como por arte de magia.

Lo cierto es que, por un momento, la efervescencia que se había dado en el transcurso del 2019 bajó repentinamente. Diversos países en todos los continentes se habían movilizado en ese año, con masivas concentraciones populares, logrando distintos objetivos: se derrocaron presidentes, se derogaron leyes, se abrieron asambleas constituyentes, se insufló esperanzas en las luchas populares. En América Latina explotaron Chile, Colombia, Ecuador, Haití, Honduras. En el continente asiático se registraron masivas movilizaciones en Irak, El Líbano, India, Indonesia. Otro tanto se dio en África con Egipto, Argelia, Sudán en masivas protestas populares. Europa se vio movilizada igualmente en Francia con los chalecos amarillos, en Catalunya (España), Alemania, Italia, en República Checa.

Evidentemente todo ese descontento generalizado de las poblaciones del mundo tiene causas bien evidentes, concretas e identificables: el sistema capitalista es el origen de las penurias históricas en que viven las grandes mayorías populares, potenciadas en forma monumental por los planes neoliberales (capitalismo salvaje sin anestesia) que se vienen aplicando desde hace cinco décadas en todo el mundo.

Todas esas explosiones de profundo malestar que se vieron en el 2019 son un indicativo de que el capitalismo no ofrece salidas, y que las políticas fondomonetaristas son un cáncer maligno para las poblaciones. Decir que el neoliberalismo fracasó es incorrecto pues, como correctamente expresa el economista argentino Julio Gambina: “Nunca ha sido la “progresividad” el objetivo de la política económica en el orden capitalista. El objetivo histórico apunta a la producción de valor y plusvalor, de ganancia y acumulación, de valorización del capital invertido para una acumulación ampliada que asegure la dominación del capital sobre la sociedad en su conjunto”. A los capitales, sin duda, les va muy bien. En ese sentido, el neoliberalismo no ha fracasado.

Pero sí dejó postrada a cada vez más gente, condenándola a salarios crecientemente más bajos renunciando a históricas conquistas del siglo XX, sin servicios públicos –porque todo se privatizó– y en el medio de una marea de libre mercado que solo beneficia a grupos minúsculos, que exhiben sus riquezas de modo ostentoso, rayano en lo impúdico. Es por ello, ante el triunfo apabullante de esas políticas para millonarios y de represión de los bolsillos –la de los cuerpos ya se había hecho antes– que en el 2019 se desató esa fiebre mundial de protestas.

No hay dudas que, a veces, se crean climas colectivos: en la década de los 60-70 del pasado siglo existía un auge antisistémico, contestatario, incluso revolucionario. Ahí estaban las guerrillas en pie de guerra, movilizaciones por doquier y sindicatos que aún combatían contra las patronales. El neoliberalismo –montado sobre sangrientas dictaduras en el caso de Latinoamérica– vino a neutralizar ese clima, a silenciarlo a punta de torturas y masacres, desaparición forzada de personas y pedagogía del terror. Siguieron así años de silencio en las protestas, de miedo, de despolitización. El malestar social y su consiguiente movilización popular fue controlado con mucho fútbol por televisión, iglesias neopentecostales en la región latinoamericana y fundamentalismo islámico en Medio Oriente y buena parte del África. Pero después de décadas de quietud, las contradicciones vuelven a surgir (¿alguna vez habían terminado?). En el 2019, ese clima colectivo de malestar dio lugar a estas movilizaciones. Las distintas poblaciones rápidamente replicaron lo que veían en sus vecinos, y así el planeta parecía incendiarse.

Con mayor o menor cobertura mediática, criminalizando siempre la protesta, o reprimiéndola sangrientamente en muchos casos (“¡disparen a los ojos!” era la consigna de los carabineros chilenos), el año anterior al inicio de la pandemia mostró la situación real del mundo, de un extremo a otro del planeta: las grandes masas populares no aguantaban más la frustración, la pobreza, el lujo rimbombante de unos pocos millonarios ensoberbecidos. Por eso salieron a la calle.

Luego de ese incendio del 2019 llegaron los confinamientos. Pero incluso durante la misma pandemia, en el 2020, las protestas continuaron. En Colombia siguieron los enfrentamientos, en Guatemala la población volvió a salir a la calle, en Estados Unidos se dieron expresiones de furia popular con enormes movilizaciones. En esta circunstancia lo que encendió la ira fue el histórico antirracismo de esa sociedad, luego de la muerte icónica de George Floyd (Black Lives Matter). Ello se anuda, igualmente, en el empobrecimiento creciente de inmensos sectores, entre los cuales la población negra es el más golpeado.

El 2021 no ha mostrado ese clima de protesta, lo cual no significa que todo esté tranquilo. La pandemia dejó más miseria y postración, por lo que sigue habiendo causas que justifican las movilizaciones (nos referimos a movilizaciones espontáneas, reales, no como las manipulaciones de Bolivia anti Evo, las de Hong Kong para provocar a Pekín, las de Cuba y Venezuela para intentar hacer caer a la revolución, procesos donde hay mano de la CIA comprometida). El mundo no ha cambiado luego de estos estallidos populares genuinos. Haber logrado una asamblea constituyente en Chile es un paso; importantísimo sin dudas, pero ahí no terminan los cambios. ¿Podrá cambiar el capitalismo en su conjunto por medio de estas movilizaciones callejeras?

Sin un proyecto político, es probable que no se altere la estructura de base. Las explosiones espontáneas, por sí solas, no son la revolución (para ello se necesita proyecto político claro y conducción. Hoy las izquierdas aún siguen buscando su camino). Pero esas movilizaciones, si algo tienen de importante, es que marcan el camino, dan fuerza, enseñan que solo la gente en la calle –y mostrando los dientes– puede lograr cambios. Por tanto: ¡que la calle no calle!


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