Publicado en línea el Sábado 23 de octubre de 2021, por Franck Gaudichaud

Que un émulo de Jair Bolsonaro, un amigo político del agresivo derechista argentino Javier Milei, un admirador de Donald Trump, un defensor de posturas negacionistas en el plano del cambio climático y opositor declarado al movimiento de mujeres y de sus derechos, un homofóbico, además de ser impulsor de medidas destinadas a coartar la libertad de investigación en ciencias sociales (quiere eliminar la Flacso) y xenófobo que niega el deber de hospitalidad a inmigrantes se haya instalado en la competencia electoral no es un hecho trivial. Y que en una semana, el candidato Kast haya obligado a las direcciones de los partidos tradicionales de la derecha conservadora y neoliberal a entregarle su apoyo de manera implícita, y lo más probable, que dentro de poco, de manera explícita, después del derrumbe definitivo de Sebastián Sichel, el candidato oficialista, tampoco es anodino.

¿Qué ha pasado para que José Antonio Kast se posicione como el candidato presidencial de las derechas tradicionales en los comicios del 21 de noviembre con un discurso, temas y mensajes de connotación fascista y con críticas a esta misma derecha lightque le sirven para definirse como el líder de la derecha pura, dura y sin complejos? Solo en parte este viraje se explica por la victoria del ahora débil Sichel sobre los candidatos más clásicos como Desbordes, Briones y Lavín, y por la sintonía entre el discurso de los dirigentes Chahuán y Hoffmann de Renovación Nacional y de la UDI respectivamente, con el ex diputado y ex UDI, hoy líder del Partido Republicano. El repentino desplome del ex Demócrata Cristiano Sichel, delfín de Piñera, después de antecedentes de corrupción y de contradicciones entre su proceder y su discurso en los retiros de dineros de las AFP, no se explica solo por estas causas, pues J.A. Kast también tiene un prontuario que infringe la probidad pública con sus movidas de dineros y sociedades pantallas en el exterior, tal cual fue revelado en la investigación de los Panamá Papers.

El discurso del orden neoliberal, conservador y autoritario estaba en la boca de todos los candidatos de derecha de manera más o menos desembozada. Tampoco podemos olvidar que en la Convención Constitucional está presente el negacionismo respecto de las violaciones de los derechos humanos durante la dictadura, resultado de ese fondo duro de pinochetismo que existe en el electorado. Se lo calcula en un 20 %. A aquellos que se reivindican del legado del tirano. Fue después de la derrota de la derecha, en la elección de delegados a la Convención Constitucional, que se acentuó la tendencia en las filas parlamentarias UDI y RN, de la coalición derechista Chile Podemos Más, de arrimarse a Kast.

Un elemento de respuesta consiste en constatar que la deriva autoritaria de la gobernanza del neoliberalismo la introdujo un liberal de tomo y lomo como Piñera durante la represión sin control ni límites de los aparatos policiales impuesta por el presidente de la oligarquía empresarial durante las movilizaciones sociales a partir del 18/O del 2019. Los rasgos autoritarios de este gobierno muestran cómo el llamado Estado de derecho puede ser incapaz de imponerse límites en el ejercicio del monopolio de la violencia del que dispone y, al contrario de su figura liberal de “garante de la Ley”, servir para legitimar la represión, la tortura y las muertes de manifestantes. A lo que se agrega, como vimos, la impotencia del poder judicial y del poder legislativo para actuar de contrapeso al poder del Estado en estos casos.

Podemos decir entonces que el gobierno de Piñera ha sido un facilitador del fortalecimiento de las posturas ultraderechistas y neofascistas del candidato Kast, pues este gobierno ha hecho gala de un uso desmedido de la fuerza, creando condiciones de recepción para el discurso autoritario con los temas fascistas de Kast, sobre todo del uso de la fuerza para imponer “Orden”. El actual Estado de Excepción en el Wallmapu, decretado por el Gobierno de Piñera confirma la tendencia del Gobierno neoliberal a actuar de manera autoritaria al echar mano del dispositivo policial para responder a la exigencia de militarización en territorios donde operan las grandes empresas forestales. Tendencia que favorece a Kast y que corresponde a los intereses capitalistas de las organizaciones “gremiales” de la oligarquía como la Sofofa y la CMPC, en las que ya en las elecciones presidenciales pasadas había una clara tendencia pro Kast.

La casi nula reacción de los intelectuales a las provocaciones fascistas de J.A. Kast es un fenómeno de “adormecimiento de la razón, que como Goya decía engendra monstruos”. La condescendencia que los medios periodísticos televisivos tienen con los dichos de Kast trivializa el discurso donde proliferan temas del neofascismo contemporáneo, tanto sudamericano como europeo. El cuerpo de Reportajes de El Mercurio del domingo 17-10 mostraba, con una densa cobertura, el vuelco de preferencias del diario de referencia de la oligarquía empresarial por el candidato del Partido Republicano. Y por supuesto que hay una cierta tensión en la derecha después de las derrotas electorales en torno a qué proyecto político recomponerse.

Pero cabe ir más lejos y sin temor a lo que el pensamiento revela cuando se escruta la historia política reciente. En el más someroanálisis sobre la situación política actual habría que partir de una evidencia política causal inobjetable: si Sebastián Piñera, cuyo gobierno quedará como uno de los más represivos y corruptos de la historia de Chile, resultó elegido el 2017 con un 26 % del universo electoral, fue debido al fracaso político de la Nueva Mayoría (Concertación+PC). Con Michelle Bachelet de presidenta (2014-2018), la Nueva Mayoría defraudó las expectativas que el pueblo puso en su Gobierno. No hay que olvidar que quienes hoy son oposición (DC, PS, PPD, PR, PC) fueron elegidos Gobierno con un signo de centro-izquierda, es decir la NM se presentó con un programa de reformas tibias, de ajustes al modelo, pero al fin y al cabo, con la promesa de limar las aristas agudas de un sistema social y económico que producía abusos, injusticias y corrupción de manera recurrente. No era mucho lo que se exigía en aquel entonces. Era simplemente reparar daños extremos y un enmendar del rumbo país. Y aún así defraudaron. Y las frustraciones acumuladas, basta con leer la literatura sobre el tema, son también un terreno de cultivo para las políticas de derecha y/o de corte fascista. Fue en este gobierno que el ministro Jorge Burgos DC y otros conspicuos dirigentes desarrollaron temas propios de la antipolítica: que los programas de gobierno eran un estorbo, que la política se hacía al tanteo. Solo había que administrar lo realmente existente: el neoliberalismo. Y si agregamos la cocina entre Larraín (RN), Zaldívar (DC) y el ministro de Hacienda de la época Alberto Arenas PS, el ingrediente “desprestigio” de la política pica fuerte.

Es en este contexto de desconfianza en la política partidaria, de crisis de la institucionalidad, de incertidumbre con respecto a la situación económica, de permanencia de las luchas sociales y ecológicas; elementos todos de crisis que podríamos caracterizar como orgánica o de hegemonía, según la clásica definición de Gramsci. Son momentos en que aparecen fenómenos mórbidos en los claroscuros de la situación, como lo es la dinámica fascizante que el candidato Kast le impone a la derecha. En estos momentos la hegemonía de la clase dominante vive reacomodos y puede sufrir quiebres y brechas. Es en este campo de fuerzas sociales y políticas que el ascenso del “líder” es un síntoma de algo: por un lado, de su capacidad de imponer los temas de corte fascista en la derecha neoliberal, representada por Renovación Nacional, y en la derecha de corte autoritario como la UDI y, por otro, es también síntoma del temor de las derechas a un escenario político impuesto por la Rebelión popular y ciudadana. Aquí hay un proyecto democrático donde cuenta la astucia del actor popular, pues lo promisorio y esperanzador es ese mundo de nuevas significaciones sociales imaginarias y de afectos ciudadanos por un Chile digno e igualitario que el movimiento del 18/O despertó y potencia, y del que es portador.

Cabe entonces insistir en la importancia que tiene un programa de cambios y de transformación social. Y está demás decir que un futuro gobierno del PC/FA debe estar atento a no defraudar esta vez las expectativas ciudadanas y populares. Si lo peor ocurre, si no produjera los cambios esperados, un retorno, esta vez de una derecha fascista, es del orden de lo posible pues la burguesía industrial extractivista, (forestal, de la energía, pesquera) ve con temor el alza del movimiento ambientalista en el contexto del escándalo de corrupción de Dominga (habría que preguntarse si hay algo peor que Piñera). En el mismo sentido, la responsabilidad ante el futuro de Chile de parte de la Convención Constitucional es grande: producir una Carta fundamental que impida la deriva autoritaria fascista del Estado de Chile. Sin olvidar que los fascismos del siglo XX llegaron al poder por elecciones. Y que otros, como en Francia por ejemplo (el periodista neo fascista, outsider de la política Éric Zemmour) aspiran hacerlo así, con el apoyo de los medios de la burguesía.

Mantener y potenciar el espíritu del movimiento del 18/O, en la unidad de las luchas, con su diversidad de demandas y dándole una sensibilidad anti fascista, es una tarea de primer orden. Pues las condiciones donde la derecha chilena se puede reconfigurar en torno a una figura que encarna un proyecto de corte fascista están. No se trata de terminar este escrito con un toque retórico llamando a los y las trabajadores y el movimiento sindical, sino a la necesidad de tomar consciencia del peligro que para las libertades y derechos sindicales y de los otros movimientos sociales representa la candidatura de J.A. Kast. De ahí la importancia que el programa de quienes se consideran “fuerzas de transformación” avance en la resolución de los problemas urgentes de las amplias mayorías ciudadanas, de las pacientes y de las rebeldes. El chantaje y la presión de las fuerzas reactivas y conservadoras neoliberales y capitalistas será enorme para impedir los cambios y para crear un sentimiento de desilusión en la política transformadora. Sería el peor escenario en el campo de izquierda.


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