Publicado en línea el Jueves 15 de julio de 2021, por Caty R

No hay nada que deje indiferente al leer o releer este gran clásico de Engels, la mejor forma de adentrarse en mi opinión, mejor incluso que el Manifiesto o la Crítica al Programa de Gotha, en las inquietudes, categorías, finalidades y propuestas de la tradición marxista. Nada, absolutamente nada. Desde las palabras iniciales de la dedicatoria “A la clase trabajadora de Gran Bretaña”: “A vosotros dedico una obra en la que he intentado poner ante mis conciudadanos alemanes un fiel retrato de vuestra situación, de vuestros sufrimientos y luchas, de vuestras esperanzas y perspectivas. He vivido bastante entre vosotros para conocer algo de vuestra situación; a vuestro conocimiento he dedicado mi mayor esfuerzo; he estudiado, cuando me fue posible, los varios documentos oficiales y no oficiales…”, hasta sus palabras finales “Las clases se separan más claramente, el espíritu de resistencia penetra de más en más en los obreros, el resentimiento crece, la escaramuzas aisladas se transforman en batallas importantes y un pequeño hecho cualquiera será suficiente para poner en movimiento la avalancha. El grito de batalla resonará entonces, ciertamente, por el país, “¡Guerra a los palacios, paz en las cabañas!”, pero será demasiado tarde para que los ricos puedan todavía ponerse en guardia”.

La situación clase obrera en Inglaterra, que probablemente ya inspirado a Éric Vuillard en La guerra de los pobres, fue escrita por Engels en Barmen, en casa de sus padres, en apenas cinco meses, desde noviembre de 1844 a marzo de 1845. Se editó en Leipzig dos meses después. El autor no había cumplido 25 años. Componen esta edición de Akal, la citada dedicatoria, los prefacios a la primera y segunda edición (que incluye un grandísimo artículo publicado en la revista londinense Commonweal el 1 de marzo de 1885), la introducción, los once capítulos del libro (“El proletariado industrial”, “Las grandes ciudades”, “La inmigración irlandesa”, “El proletariado de las minas”, “La posición de la burguesía frente al proletariado”, etc.), su prefacio a la edición norteamericana de 1887 y dos apéndices: I. Canción de la camisa, y II. El epílogo a la edición norteamericana de 1887.

Engels expone así el proceso de elaboración del libro: “Tuve, durante 21 meses, ocasión de conocer de cerca, por observaciones y vinculaciones personales, al proletariado inglés, sus esfuerzos, sus dolores, sus alegrías, y después pude completar lo que había observado mediante el uso de las necesarias fuentes auténticas. Todo aquello que he visto, oído y leído está elaborado en este escrito”.

¿Por qué este libro de juventud, se pregunta Michael Krätke, muy elogiado cuando se publicó por economistas alemanes muy alejados de la tendencia socialista de Engels, sigue despertando tanto interés 175 años después? Me apoyo en el pensador alemán para la respuesta: el análisis de la situación, de las condiciones de vida y de trabajo de la entonces nueva clase obrera, y el análisis del movimiento social y política que fueron capaces de levantar en durísimas, en impensables condiciones, es la columna vertebral del La situación de la clase obrera… un libro que puede leerse también, en algunos pasajes, como una novela realista, como una novela social.

Para Krätke hay tres capítulos clave “que hasta el día de hoy siguen siendo desconocidos y a menudo leídos superficialmente”, y que. sin embargo, contienen, opinión que yo comparto, las afirmaciones teóricas más importantes del libro, afirmaciones que “en absoluto han envejecido”. Los siguientes:

“La competencia”, el tercer capítulo, donde Engels, que para el sociólogo y economista alemán es mucho más que un segundo violín, establece por primera vez, antes que Marx, “el carácter singular del moderno trabajo asalariado, las relaciones específicas de la dependencia salarial y la dependencia del mercado laboral, que determinan las condiciones de vida de la clase obrera así como la relación única e históricamente nueva entre los trabajadores asalariados y los capitalistas como clases sociales”. Krätke destaca que el joven Engels presentó aquí, por primera vez, antes que su amigo y compañero, la teoría marxiana del “ejército industrial de reserva”, así como las oscilaciones entre la ocupación, el desempleo y el subempleo en el proceso del ciclo industrial.

En el capítulo V, “Consecuencias”, donde cita por extenso al conservador Thomas Carlyle, Engels describe con detalle las consecuencias de las condiciones de vida y de trabajo de los modernos trabajadores para su constitución corporal, su salud, su mortalidad, su desarrollo intelectual y condición moral. Engels “intenta aclarar el carácter social particular de la clase obrera y fundamentar por qué puede surgir de numerosos trabajadores asalariados que compiten entre sí algo así como una clase social, y por qué incluso ese será el caso”. Una de las descripciones engelsianas: “Se da a esta gran masa de obreros habitaciones húmedas, sótanos que desde abajo, o desvanes que desde arriba, no son impermeables. Sus casas están hechas de modo que el aire húmedo no puede ser eliminado. Se les dan trajes pésimos, harapientos o que están por romperse; alimento en malas condiciones y difícilmente digerible. Se expone a esta multitud de pobres a los más bruscos cambios en el trato y a las más violentas vicisitudes de angustias y esperanzas; se la cansa como al salvaje, no se la deja jamás en paz, en el tranquilo goce de la vida. Se le sustraen todos los goces, excepto los del sexo y la bebida; al mismo tiempo, se le debilita diariamente hasta el completo relajamiento de las fuerzas físicas y, en consecuencia, se excita de continuo hasta el más desenfrenado exceso en los dos únicos placeres que le restan. Y si todo esto no fuera bastante, después de hacerlo soportado cae víctima de una crisis de desocupación, en la que le será arrebatado aún lo poco que hasta entonces se le había dejado.”

En el VIII capítulo “Movimientos obreros”, Engels explica cómo y por qué los nuevos trabajadores asalariados tienen un papel muy diferente en la vida pública y la política al de las clases subalternas hasta entonces. Se aborda aquí un análisis del movimiento que habría de llegar a ser el movimiento social más importante del XIX.

Marx cita en siete u ocho ocasiones este clásico engelsiano en el primer libro de El Capital. En la nota 48 (capítulo VIII, “La jornada del trabajo”) comenta: “Sólo de vez en cuando me refiero al período que va desde el comienzo de la gran industria en Inglaterra hasta 1845, y remito al lector a Die Lage der arbeitenden Klasse in England de Friedrich Engels”. En la nota 190 (capítulo XIII: “Maquinaria y gran industria”) recuerda este pasaje de Die Lage: “La esclavitud en la que la burguesía ha encadenado al proletariado se manifiesta más claramente que en ninguna otra parte en el sistema fabril. En este punto toda libertad concluye jurídica y fácticamente. El obrero tiene que estar en la fábrica a las 5 y media de la mañana; si llega con un par de minutos de retraso se le castiga; si llega con 10 minutos de retraso no se le deja siquiera entrar hasta después del desayuno, y pierde un cuarto de jornada de salario. Tiene que comer, beber y dormir a la voz de mando… La campana despótica lo arranca de la cama y lo arranca de la mesa en el desayuno y en el almuerzo. ¿Y cómo son las cosas ya en la fábrica? En ella el fabricante es legislador absoluto… Estos trabajadores están condenados a vivir bajo la férula espiritual y corporal desde el noveno año de vida hasta la muerte”.

“Engels es un gigante del siglo XIX”, señaló el profesor Manuel Monleón Pradas el año del bicentenario. Tiene razón, lo es, aunque en ocasiones lo hayamos situado (injustamente) en un segundo plano. Poco antes de publicar el primer libro de El Capital, Marx lo expresó así: “Volver a leer tu escrito me ha hecho notar con pesar cómo envejecemos. ¡De qué manera más fresca, apasionada, valientemente anticipatoria, sin reparos académicos, está tratado el tema! Y la ilusión misma de que mañana o pasado la historia pueda alumbrar el resultado… Todo ello le confiere calidez y un humor lleno de vitalidad” (carta a Engels, 9/04/1867). Tenía razón el compañero de Jenny von Westphalen. La mejor manera de introducirse en la obra de este gigante del pensamiento y la acción política.

Fuente: El Viejo Topo, junio de 2021.


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